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Prólogo del Card. Juan Landázuri Ricketts
al libro "Horizontes de Reconciliación" de Luis Fernando Figari

Card. Juan Landázuri Ricketts, O.F.M.Entre los hechos que más han marcado a la Iglesia en el Perú en los últimos tiempos se deben destacar las visitas del Papa Juan Pablo II. Nunca antes habían pisado tierra peruana los pies del Vicario de Cristo. Tengo un vívido recuerdo de cuando el Santo Padre, después de bajar del avión que lo trajo hasta el Callao, en un gesto suyo característico, besó por vez primera el suelo que lo acogía. Fueron días muy intensos los que vivimos entonces. La presencia y el mensaje de Juan Pablo II fueron muy importantes para nuestro pueblo.

De las muchas orientaciones y reflexiones que nos dejó en su visita de 1985, recuerdo con emoción las palabras que pronunció en Ayacucho, entonces duramente golpeado por el azote terrorista. Con voz firme y emocionada, y con gesto vibrante, el Papa llamó a la reconciliación en nuestra patria. Dirigiéndose a quienes habían optado por el camino de la violencia y la muerte, los exhortó: "Os pido, pues, en nombre de Dios: ¡Cambiad de camino! ¡Convertíos a la causa de la reconciliación y de la paz! ¡Aún estáis a tiempo! Muchas lágrimas de víctimas inocentes esperan vuestra respuesta".

Con el mensaje en Ayacucho el Vicario de Cristo confirmaba la llamada a la reconciliación que venía creciendo en ese tiempo en la Iglesia en el Perú. Se percibía entonces un profundo anhelo de reconciliación, tanto al interior mismo de la comunidad eclesial como fuera de ella. Fue creciendo en esos años el interés por desarrollar una reflexión teológica a partir del misterio de la reconciliación del Señor. En ese sentido Luis Fernando Figari, a quien conozco y aprecio desde muchos años atrás, había planteado la necesidad de profundizar en esta categoría teológica como una exigencia de los difíciles y conflictivos tiempos que nos había tocado vivir, escribiendo en diversas ocasiones desde principios de la década de los años ochenta. El Sínodo sobre la reconciliación de 1983 fue un decidido impulso para que siguiera en su empeño, así como la exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, aparecida en diciembre de 1984. El tema de la reconciliación concitaba cada vez más un inmenso interés en el Pueblo de Dios, en el Perú y en otros países de América Latina.

Así, después de la publicación de la exhortación apostólica, y en el clima de preparación para la visita del Papa al Perú en 1985, se organizó en Arequipa el I Congreso Internacional sobre la Reconciliación en el Magisterio del Papa Juan Pablo II. A éste habrían de seguir cuatro más en años posteriores, con la participación de destacadas personalidades de la Iglesia de diversos países del mundo. Con mucho gusto he asistido a diversas de sus sesiones y presidido la celebración de la Santa Misa. En ellos se desarrolló con amplitud y profundidad el tema de la reconciliación.

El autor ha venido desempeñando un papel muy importante tanto en la iniciativa de los Congresos como en la profundización y difusión del tema en América Latina. Creo importante mencionar las circunstancias a partir de las cuales propone e impulsa la reflexión de este importante tema. El país había estado pasando momentos de mucha tensión y dolor. Como Pastor de la Arquidiócesis de Lima y Primado del Perú tuve la responsabilidad de guiar al Pueblo de Dios en momentos sumamente difíciles. Me tocó acoger diversas iniciativas y orientarlas en un clima de armonía que no quebrara la comunión querida por el Señor para su Iglesia. No siempre fue un camino fácil. Éste ha sido un aspecto que me ha tocado de manera particular en los largos años de ministerio que Dios me ha concedido. He procurado que mi servicio episcopal esté siempre regido por la búsqueda de la unidad en el Señor. He tratado de poner los medios para que no se rompa la comunión, y cuando ha sido el caso alentar la reconciliación. Por eso, dentro de la pluralidad de la vida de la Iglesia, acogí con mucho interés los esfuerzos de Luis Fernando Figari en este sentido y también en otros, como fundador del Sodalicio de Vida Cristiana y del Movimiento de Vida Cristiana. En esas tareas, cumpliendo humildemente con mi responsabilidad de Pastor, he acompañado la obra que el Señor realizaba a través suyo.

Así pues, volviendo a la reconciliación como enfoque teológico, hay que reconocer que ha tenido la virtud de salir al encuentro de otros temas y perspectivas que venían siendo desarrolladas en Latinoamérica -como por ejemplo el tema de la liberación- ayudando a complementarlos y profundizarlos desde esta perspectiva tan eclesial de la reconciliación. Siempre fue claro para mí que los planteamientos de la teología de la reconciliación nunca fueron de oposición a otros desarrollos teológicos, como por ejemplo los hechos a partir de la liberación. Más aún, en cierto sentido creo que se puede afirmar que la reconciliación recoge muchos de los aspectos más valiosos del pensamiento de la liberación, para profundizarlos desde esta rica categoría inspirada en la Sagrada Escritura. La alta consideración que el autor tiene por la liberación cristiana ha quedado de manifiesto en un erudito libro suyo que aprecio mucho, como lo he dicho incluso públicamente hace algunos años, sobre la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, de la que fui uno de los Presidentes.

Los trabajos que ahora publica Vida y Espiritualidad constituyen un valioso aporte al tema de la reconciliación. En ellos se descubre una gran riqueza muy en sintonía con los desafíos del mundo actual. La propuesta de diversos elementos para una teología de la reconciliación que hace, tiene un gran valor y merece ser profundizada teniendo en cuenta el milenio adveniente.

Debo decir finalmente que acepté con cordial agrado prologar este libro porque he seguido muy de cerca el camino del fundador del Sodalicio. Desde mi responsabilidad como Pastor he sido testigo calificado de su gran amor a la Iglesia y de su fidelidad a la misma. En mi tiempo como Arzobispo de Lima acogí y bendije sus iniciativas y debo decir que me alegro de que haya sido así, pues he podido ver los valiosos frutos que ellas vienen dando a la Iglesia. Hago pues votos para que el Señor siga bendiciendo su trabajo para enriquecimiento del Pueblo de Dios.

Lima, 27 de junio de 1996.

  Juan Cardenal Landázuri Ricketts, OFM
Arzobispo Metropolitano Emérito de Lima
Presidente Honorario Vitalicio de la
Conferencia Episcopal Peruana


 

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