Subsidios/Escritos de Luis Fernando/

¡Ante el umbral!

 

La humanidad se encuentra sumergida en acuciantes interrogantes. Llegado al umbral del siglo XXI, el mundo es más "global" y tecnológico, pero maravillosos avances científicos y técnicos no han respondido a graves problemas que aún aquejan a millones de personas, y de desligarse de su recto fundamento y orientación se pueden convertir en una amenaza para el mismo ser humano. Las rupturas interiores, las teorías que alejan a la persona de su mismidad, injusticias no resueltas, una pobreza que se acrecienta, guerras y conflictos étnicos y políticos, relativismos de todo tipo, agnosticismos incluso ante la existencia de la verdad, en fin, todo tipo de rupturas, muestran una cultura que ha olvidado conceder al ser humano el lugar que su naturaleza y dignidad exigen. Claro que hay muchas cosas buenas, no todo es malo, pero la imagen de un mundo en "mítico" desarrollo no convence a los que tanto sufren en tantos países, aunque el maquillaje de un optimismo ligero encubra para muchos el rostro de una humanidad desconcertada y sufrida.

Se escuchan cantos de sirena con sus hechizantes melodías. Se escuchan también voces que expresan frustraciones y lamentos de millones. Y en medio de ese variopinto concierto, resuena el impacto de un hecho de hace dos mil años. Algunos, a fuerza de no asumirlo o de rutina, lo han amordazado. Pero es un acontecimiento que reclama la centralidad que le corresponde y que ofrece el único horizonte de esperanza. Se trata del Señor Jesús, quien es la luz que ilumina el misterio del ser humano, su dignidad y su altísima vocación.

Pregunta clave

En el umbral del tercer milenio, incluso entre los que se califican de creyentes, cabe escuchar y responder a la pregunta de Jesús de Nazaret en Cesarea de Filipo: "Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?". Para quien mira el panorama de la humanidad de este final de siglo, la pregunta del Maestro no sólo no ha perdido su rico horizonte, sino que constituye una urgente interpelación a hombres y mujeres de todos los pueblos y culturas.

Hay quienes desdeñosamente la ignoran desde la vacuidad de la "idolatría" de un mítico progreso que los tiene como hipnotizados, dejando de lado las preguntas fundamentales del ser humano. Quienes no sucumben a esa idolatría, ni tampoco a otras, que los dejarían sin ojos para ver ni oídos para oír, son capaces de escuchar la pregunta.

Varias respuestas

Pero, como hace unos dos mil años, hoy son muchas las respuestas equivocadas o incompletas, que a veces parecen opacar la correcta. Así, suele estar muy difundido un reconocimiento de Jesús de Nazaret como un notable exponente del género humano. Al ser tomada como un absoluto, la parte de verdad de tal visión se vuelca en una que mutila la realidad del Señor. Al lado de esta perspectiva de un humanismo reductivo, se encuentra otra. Esta vez de cariz "religioso", aunque también incompleta. Jesús es reducido a un gran profeta o maestro espiritual. En los descreídos discípulos que luego de la Crucifixión iban a Emaús, se puede ver una actitud semejante, antes del encuentro que los reevangeliza y los lleva a proclamar su fe. Considerar al Señor sólo como un ejemplo de hombre espiritual o incluso como una de las vías de acceso a Dios son enfoques reductivos que presentan una edulcorada desfiguración del rostro del único Salvador. Incluso entre lo que se dicen creyentes, hay quienes optan por una "selectividad", víctimas de un subjetivismo de malsanos frutos, cayendo en una también lamentable desfiguración del rostro de Jesús. Estas visiones parciales del Señor, por más que a algunos puedan entusiasmar, no son el reconocimiento pleno de Dios Amor que se hace Hombre y sale al encuentro del ser humano para redimirlo y reconciliarlo, señalándole el camino de su realización y plena felicidad.

Palabra escuchada

El Padre profiere su Palabra Eterna que se hace Hombre, por obra del Espíritu Santo, en el vientre inmaculado de la siempre Virgen María. Quien se deja impulsar por la gracia puede, con fe, confesar como San Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Y es que la plenitud del rostro del Señor sólo se percibe a la luz de la fe. La Iglesia conserva todo el alcance de esa profesión de fe y por su docencia la transmite a través de los siglos. El mismo Gran Jubileo, que se acaba de iniciar y se presenta como un nuevo don, recuerda en su lema que Jesús es el Señor, y es el mismo ayer, hoy y siempre. Se trata de una invocación a descubrir la dimensión de la permanencia del amor de Dios que redime, de la fiel constancia con que sale al encuentro del ser humano y que coexiste con el cambio de los tiempos y situaciones. Descubrir, aceptar y testimoniar que Jesús es el único Señor y Reconciliador ilumina con esperanza el horizonte que se abre de cara al tercer milenio.

 

Luis Fernando Figari

 


 

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