Subsidios/Escritos de Luis Fernando/

Santos, hoy

 

Las numerosas canonizaciones que se han producido en este final del siglo XX, constituyen un recordatorio de la llamada a la santidad que viene haciendo la Iglesia. El Concilio Vaticano II resaltó la vocación universal a la santidad. Recordó a los hijos de la Iglesia que cada uno, en su propio estado y circunstancias, está llamado a vivir coherentemente la vida cristiana.

El camino a la santidad no es solamente para algunos, es para todos. Esto no es novedad. Se puede leer en la 1 Tesalonicenses: "Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación". En estos días que de manera especial tenemos conciencia del Año Santo, es bueno recordar que el Verbo Eterno, al hacerse hombre en el vientre inmaculado de la siempre Virgen María, viene a nosotros como el Camino a la plenitud de vida, como paradigma de magna santidad. Él nos da "ejemplo de la santidad en la vida cotidiana", y así invita a todos a vivir día a día según el Plan de Dios.

 

Los santos

Los millares de santos, que en un sentido amplio podemos llamar canonizados, como lo vienen siendo desde hace varios siglos, no constituyen el número total de los santos. Esto debe quedar claro. Los procesos de beatificación y de santificación tienen un sentido específico y ciertamente valioso para la vida de la Iglesia. Si tengo bien los datos, desde que a fines del siglo XVI el Papa Sixto V creó una Congregación para ver las causas de los santos, hasta este año en que comienza el Gran Jubileo, habrían sido proclamados 1,742 beatos y 591 santos. A ellos se suman los reconocidos eclesialmente antes de esa fecha.

Pero, todos estos santos públicamente reconocidos no son tantos, y eso desalienta a algunos. Mas, como decía un autor, son como una "selección entre los muchos santos". El Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una importante entrevista, decía: "el número de los santos es, gracias a Dios, incomparablemente mayor que el grupo de las figuras que sobresalen mediante la canonización". Y añadía con eclesial realismo: "hay muchos más santos de los que es posible canonizar". Aplicando el principio, con un ejemplo que citaba, señalaba que Santa Teresita de Lisieux es un prototipo de "un movimiento de pequeños santos". Así, pues, los que alcanzan los altares son un ejemplo de que la santidad es posible, son un aliciente para recorrer el camino de la coherencia en la vida cristiana, son un recordatorio luminoso de los incontables millones de santos que existen.

 

Vida cotidiana

Un gran teólogo del siglo XX, Romano Guardini, trataba en una conferencia de "El santo en nuestro mundo". Hablaba en ella del "santo de lo extraordinario" y también del "santo de lo invisible", que con toda justicia podría referirse a muchos hombres y mujeres desconocidos que viven con coherencia su vida cristiana. Señalaba como característica, "el conjunto de la vida misma", signado por una "pureza cada vez mayor del amor, con el cual se ha de hacer lo que requiera la situación cada vez". Partiendo de la conciencia de la fe y del camino que ella ilumina se trata de vivir y actuar coherentemente con la fe, esto es "tal como lo quiere Dios", dice. Se refiere Guardini a lo que hoy llamaríamos dócil respuesta al Plan de Dios en la vida cotidiana.

El Cardenal Ratzinger parece estar refiriéndose a algo semejante cuando habla del "milagro de toda una vida junto a Dios", "milagro que Dios obra siempre de nuevo". Y es que la invitación a la santidad que puede alcanzar dimensiones extraordinarias en un número de casos, suele la gran mayoría de las veces ser un desplegarse en la "invisibilidad" de la vida cotidiana dando con ello gloria a Dios. Es un pensar, vivir y actuar en las circunstancias normales de la vida según las luces que nos da la fe de la Iglesia, inapreciable tesoro para el recto peregrinar.

 

El desafío

Guardini recordaba el sentido que en tiempos del Apóstol de Gentes tenía el referirse a los cristianos como "los santos". Y es que el ser cristiano era una opción que irradiaba a toda la vida de la persona y que la ponía en oposición a opciones que prescindían del Plan de Dios, al igual que la oponía a una cultura que no respondía a ese Plan. Era pues una opción radical, llena de consecuencias, que iba hasta las raíces de la persona y su despliegue. Tras el hambre de Dios, era un acoger al Señor Jesús, vivir como Pueblo de Dios, y responder a su llamado día a día. Tenemos así una opción cotidianamente ratificada por ser fiel al llamado de Dios a la coherencia de la vida cristiana.

Hoy, los tiempos son como aquellos. Hay una cultura cada vez más secularizada, una cultura de muerte cuyos parámetros se meten en uno y lo confunden. La opción por la vida cristiana, por la coherencia, requiere una conciencia clara de la fe, de la identidad cristiana y una respuesta a la gracia para vivir coherentemente según la magna lección que el Señor Jesús nos ha dado y que la Iglesia prolonga con las orientaciones de su Magisterio. Se trata de vivir cotidianamente en Cristo y según Él. Ese es el camino a la santidad.

 

Luis Fernando Figari

 


 

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