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Roma: Juvenil capital de la fe

 

Desde temprano, un soleado día del verano romano preanunciaba con su esplendor y calidez que sería una jornada inolvidable. Al romper la mañana, grupos de entusiastas jóvenes empezaron a poblar las calles del centro histórico de Roma. El día en que la Iglesia toda celebra la Asunción de la Santísima Virgen María, el Papa Juan Pablo II ha convocado a juventudes católicas de los cinco continentes a hacerse presentes en Roma.

Es el Año del Gran Jubileo. El Pueblo de Dios peregrino celebra entusiasmado en la fe el gran año de la misericordia de Dios Amor. La memoria viva mira hacia el acontecimiento de la Anunciación Encarnación, de la venida del Verbo Eterno de Dios, hecho Hijo de María, para redimir y reconciliar a la humanidad. Se recuerda el nacimiento del Señor Jesús, y de su Cuerpo Místico, la Santa Iglesia. El acontecimiento histórico que se prolonga en los siglos, se vive en efectivo presente en el hoy de la Iglesia.

El Papa ha convocado al Jubileo de los Jóvenes. Se ha llamado Jornada Mundial de la Juventud, y, efectivamente, sobre Roma se han volcado jóvenes representantes de todo el mundo, convirtiéndola en la capital cristiana de la juventud.

Al encuentro de Pedro

Decenas de millares de jóvenes fueron avanzando hacia los dos grandes lugares de concentración. El primero era la Basílica, usualmente llamada de Letrán. La Catedral del Papa. La primera iglesia, "Madre y Cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo". El segundo era la Basílica de San Pedro.

Tal era la multitud que se esperaba que en ambos lugares se habían preparado amplios ambientes con la fachada de las dos grandes basílicas romanas sirviendo de trasfondo. Los jóvenes acudían al llamado de Pedro, a reunirse y testimoniar la fe ante un mundo incrédulo.

En Letrán estaban los jóvenes que empezaban a llegar de los lugares más recónditos de Italia para esta gran jornada de fe; en la Plaza de San Pedro, acogidos por las columnatas de Bernini que expresan el cobijo de la Iglesia, en la Plaza de Pío XII y prolongándose por la vía de la Conciliación hasta llegar prácticamente al famoso Castillo de Sant'Angelo, las decenas de millares de jóvenes venidos de los cinco continentes.

Las multicolores banderas que caen adornando la sobria columnata de San Pedro se veían reproducidas por millares en esa gran masa humana que respondía con su presencia y su fe al llamado del Papa Juan Pablo II.

Entusiasmo desbordante

Imposible relatar en una líneas el día de la Asunción en Roma, en el Año del Gran Jubileo.

La llegada del Santo Padre a su Catedral despertó una ardiente corriente de entusiasmo que rivalizaba con el calor del sol, que aún a las seis de la tarde brillaba esplendoroso. Era una reunión de jóvenes que cotidianamente, en los diversos lugares de donde provienen, viven inmersos en el mundo y bombardeados por la propaganda sensual y agnóstica de los medios. Era una reunión de jóvenes que con su presencia afirman ante el mundo que la fe en Cristo Jesús es la respuesta al hambre interior, al deseo de felicidad, al más profundo clamor de realización humana.

Paseó en el papamóvil, entre los entusiastas gestos de adhesión de los romanos a su Obispo. Precisamente, por ser Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, Juan Pablo II es el Papa, Pastor Universal. Todos se sumaban a ese entusiasmo expresado en las barras y porras que se alzaban al cielo con su estruendo.

"¡O Roma feliz!", empezó diciendo Juan Pablo II, recordando a la multitud de peregrinos que con esa exclamación millones de peregrinos a través de los siglos se han encaminado a visitar las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo. Roma feliz, porque en su historia y en sus iglesias se encuentra el testimonio de multitud innumerable de santos y mártires. Roma feliz, porque es la capital de la fe en el mundo, vivo testimonio de la fe en el Verbo Eterno "que se hizo hombre y puso su morada entre nosotros". El Papa aludió al pasaje del Evangelio de San Juan que es lema de este multitudinario peregrinaje de los jóvenes del mundo a Roma buscando celebrar su fe en el marco del Gran Jubileo.

Las palabras del Papa invitando al servicio solidario, a brindar amistosa acogida a las decenas de millares de visitantes de otros pueblos en donde se encuentra esparcida la Iglesia, fueron cálidamente acogidas por la juventud.

El Papa Joven

En ese ambiente de fiesta familiar, al escuchar tantas veces el "Viva el Papa", Su Santidad con su buen humor dijo: "(El Papa) vive ya ochenta años". Y luego, quizá respondiendo a un gran cartel que decía: "El Papa, un joven como nosotros", dijo: "los jóvenes lo quieren siempre joven, ¿cómo hacemos?". Y la multitud estalló en respuestas filiales de júbilo, de cariño, de entusiasmo por quien es hoy Pedro, Juan Pablo II. Fue un signo claro de que la alegría brota espontánea de los corazones con fe. Tras varios minutos de expresivo júbilo, el Papa, dirigiéndose a la gran masa juvenil, que más adelante le cantará a voz en pecho: "quédate con nosotros", les dice: "Gracias por su catequesis".

Hacia el Vaticano

El Santo Padre atravesó la ciudad en un veloz papamóvil, acompañado por el Vicario para Roma, Cardenal Camillo Ruini y el Cardenal J. Francis Stafford, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, quienes estuvieron a su lado en Letrán y estarían en el Vaticano. A todo lo largo del trayecto fue vitoreado por una continua fila en la que destacaban los chalecos azules, que marcaban la presencia de los voluntarios del Jubileo. Finalmente llegó a las vecindades de la avenida de la Conciliación, donde pasó a un vehículo descubierto.

En la zona de San Pedro la larga espera había terminado. Millares de banderas de casi ciento sesenta naciones, multiplicadas en muchos brazos, se agitaban saludando al Vicario de Cristo. Avanzando en medio de un desbordante entusiasmo juvenil, el Papa daba una vez más una gran catequesis al mundo. Es la fe en Jesús, el Señor, la que mueve a los jóvenes. Lo dirá después en palabras. Muchas veces al principio del pontificado la prensa laicista buscaba explicaciones para ese entusiasmo que despierta el Sumo Pontífice. El correr de los años de este magnífico pontificado ha consumido todas esas banales pseudoexplicaciones. Los jóvenes ven hoy como ayer a Pedro, al Vicario de Cristo, al testigo de la fe, a quien confirma en ella a los hermanos. Diversos pasajes del gran encuentro, que se prolongó hasta avanzada la noche, evidencian alto y claro este mensaje al mundo. El recuerdo del diálogo entre el Señor y Pedro, en unos pasajes intensos del encuentro, fue uno de los hermosos momentos alusivos al ministerio petrino: "Dice Jesús a Simón Pedro: 'Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?'. Le dice él: 'Sí, Señor, tú sabes que te quiero'. Le dice Jesús: 'Apacienta mis corderos'". Y hasta por tres veces.

Intensa catequesis

En Letrán el Santo Padre había recordado con energía un mensaje que, desde la primera vez que lo pronunció al inaugurar su pontificado, ha venido jalonando a lo largo de los años: "'¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!'. Abrid vuestros corazones, vuestras vidas, dudas, vuestras dificultades, alegrías y afectos a su fuerza salvífica y dejad que Él entre en vuestros corazones. '¡No tengáis miedo!'". Testimonialmente dijo: "Lo repito con la misma convicción, con la misma fuerza hoy, viendo resplandecer en vuestros ojos la esperanza de la Iglesia y del mundo. Sí, dejen que Cristo reine en vuestras jóvenes existencias". Invitó luego a dar testimonio de la fe. El tema culminaba con una alusión filial a María Santísima: "Abramos estas jornadas bajo la mirada de María Santísima, que hoy contemplamos Asunta en el Cielo: el ejemplo de la Virgen de Nazaret los ayude a decir 'Sí' al Señor que toca a vuestras puertas y quiere entrar y hacer morada en vosotros".

Pregunta fundamental

En la intervención central en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre arrancó una profunda reflexión de fe con una pregunta que interpelaba directamente a la mismidad de cada joven: "¿Qué habéis venido a buscar? … Dejad que os repita la pregunta: ¿Qué habéis venido a buscar?, o mejor, ¿a quién habéis venido a buscar?". El Papa hablaba en italiano, muchos jóvenes tenían radios sintonizando diversas emisoras que se habían repartido la tarea de traducir sus palabras para la gran masa multilingüe. Así, poco a poco se fue escuchando en diversos lugares un creciente murmullo: ¡Jesús! ¡Cristo! ¡En diversas lenguas un mismo clamor! La voz enérgica de Juan Pablo II se lanzó por los altavoces expresando lo que los peregrinos querían decir: "La respuesta no puede ser más que una: ¡habéis venido a buscar a Jesucristo!".

Ése es sin duda el mensaje central que las muchedumbres de jóvenes anuncian al mundo. ¡Hemos venido a buscar a Jesucristo! ¡Hemos venido tras las huellas del dulce Señor Jesús, junto a Pedro, su Vicario en la tierra, para que nos confirme en la fe! A modo de unificar las lenguas, una ovación sella las palabras de Pedro. Se trata de un peregrinaje de fe.

Es así que el Sumo Pontífice dice: "estos días, que pasaréis juntos en Roma en el ámbito de la Jornada Mundial de los Jóvenes, os tienen que ayudar, a cada uno de vosotros, a ver más claramente la gloria que es propia del Hijo de Dios y a la cual hemos sido llamados en Él por el Padre. Por eso es necesario que crezca y se consolide vuestra fe en Cristo".

Con marcada intensión de confesar su fe testimonialmente, para enseñar que la fe se vive día a día, el Vicario de Cristo de inmediato añadió: "Esta fe es la que deseo profesar ante vosotros, amigos jóvenes, ante la tumba del Apóstol Pedro, al cual el Señor ha querido que sucediera como Obispo de Roma. Hoy yo deseo deciros, el primero, que creo firmemente en Jesucristo Nuestro Señor. Sí, yo creo y hago mías las palabras del Apóstol Pablo: 'La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí'".

Culminó el día inaugural del Jubileo Juvenil diciendo: "Que María Santísima, que engendró a Cristo por obra del Espíritu Santo, María 'Salus Populi Romani' y Madre de todos los pueblos; que los santos Pedro y Pablo y todos los demás Santos y Mártires de esta Iglesia y de vuestras Iglesias os acompañen en vuestro camino".

Presencia, palabras y signos elocuentes que hablan al mundo se han visto y escuchado en Roma. Son una clara invitación a la fe, a la conversión, a no tener miedo, a proclamar al Señor Jesús como la respuesta a los anhelos más profundos del corazón humano. Es la voz que, encabezados por el Sucesor de Pedro, decenas de millares de jóvenes proclaman ante el siglo XXI: "Creemos en Jesús, Hijo de María Virgen por obra del Espíritu Santo". "Él es la respuesta que busca la humanidad".

 

Luis Fernando Figari

 


 

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