Subsidios/Escritos de Luis Fernando/

¡Resucitó! ¡Aleluya!

 

La convicción de que con el impulso de la gracia el cristiano recorrerá los nuevos senderos transforma el sentido de su vida y lo mueve al anuncio de la buena nueva de la resurrección del Señor Jesús

¿Quién apartará la piedra? Era la pregunta que se hacían las piadosas mujeres que se dirigían al sepulcro de Jesús. La tarde anterior no habían podido aplicar aromas ni ungüentos al cuerpo yaciente del crucificado. Habían visto rodar la gran piedra que cubría la entrada. Les preocupaba no tener la fuerza para abrir la tumba.
De pronto, a la vista del sepulcro quedaron atónitas. ¡La piedra estaba corrida! El desconcierto se juntó con el miedo. ¿Qué había ocurrido? No llegaban a entender. Su fe no era como la de María, la madre de Jesús. Ella estaba a la espera, guardaba las palabras de su Hijo en el corazón. Las mujeres galileas, desconsoladas, solo pensaban en la muerte del Maestro. Los Evangelios nos ofrecen un cuadro precioso de lo ocurrido aquel Dies Domini, el primer domingo.

No es posible presentar en pocas líneas todos los ricos elementos que llaman a la mente y al corazón a orar con maravilla y gratitud. El conjunto de los trazos que relatan la resurrección de Jesús es de una profundidad tal que no ha cesado de atraer la admiración a lo largo de los siglos.Cada nota singular, la perspectiva de cada relato evangélico va iluminando desde diverso ángulo el acontecimiento central: la resurrección de Jesús, el Señor. La tumba estaba vacía, testigo silencioso que no lograba hacer inteligible su mensaje. ¿Dónde lo habrán llevado quienes lo hicieron crucificar? La respuesta viene rápida y refulgente, sobrecogiendo a las mujeres. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Corrieron gozosas a contar la noticia a los once. Pero ellos lo tomaron como un delirio. Pedro y Juan corrieron hasta el sepulcro. Y al ingresar lo vieron vacío, salvo por los lienzos y el sudario. Así el evangelista dice que vio y creyó. ¡Ha resucitado!

Son palabras que relacionan el acontecimiento y la fe. Los Evangelios relatan pinceladas de la historia de Jesús. Muestran lo suficiente para avivar la fe, para alentar a recorrer el camino hacia la santidad. Pero no son biografías al estilo moderno. Tampoco pretenden satisfacer curiosidades. No es ese su objetivo.Por inspiración del Espíritu los autores humanos pusieron por escrito lo que Dios quería. La Iglesia afirma la historicidad de los Evangelios, como enseña claramente el Concilio. Los evangelistas transmitieron datos verídicos sobre el Señor Jesús. La Iglesia recoge en el depósito de la fe la revelación de Dios para el ser humano, en especial la luz de la resurrección.Se trata de resurrección, no de una revivificación. Es importante, hoy que hay tanta confusión, leer lo que dice San Pablo: En la resurrección de los muertos... se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. La gloriosa resurrección del Señor Jesús es la primicia de toda resurrección.No se dice cómo ocurrió. Sí que el Señor resucitado se apareció varias veces y a muchas personas, desde María, las mujeres, pasando por los apóstoles, Tomás, el que dudaba, hasta los discípulos de Emaús. El resucitado irrumpe victorioso en la historia de la humanidad. Ese conjunto de acontecimientos que desde la anunciación-encarnación, la vida, pasión, hasta la muerte del Señor conduce al movimiento ascensional de su resurrección y ascensión forma una unidad que el creyente en su encuentro con Jesús no cesa de contemplar admirado.La convicción de que con el impulso de la gracia el cristiano recorrerá los nuevos senderos transforma el sentido de su vida y lo mueve al anuncio de la buena nueva de la resurrección del Señor Jesús.

Desde ese acontecimiento decisivo en la historia mira hacia el siglo como un tiempo propicio para dar gloria a Dios, laborar en la evangelización, enarbolar la esperanza y colaborar en la construcción de una sociedad más justa, solidaria, fraterna y reconciliada: la civilización del amor.

 

Luis Fernando Figari
publicado en el diario “El Comercio” (Perú) el 20 de abril de 2003

 


 

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