Hay una interrogante que resulta ser fundamental en la aproximación al misterio del Señor Jesús. En la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" "¿Quién dicen ustedes que soy?" La pregunta se repite a lo largo de la historia e interpela a hombres y mujeres de todos los tiempos, pueblos y culturas.
Por inspiración de lo Alto, con San Pedro, los creyentes confiesan con fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". El contexto de la pregunta y de la respuesta es de fe, y también es eclesial. El Señor dice: "Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia". Y, es "in ecclesia" que la confesión de Pedro se prolonga en el recto reconocimiento de Jesús, como el Señor. La fe de la Iglesia conserva todo el alcance de esa confesión que señala la centralidad del Señor Jesús en la historia de la reconciliación. A través de su vida, celebración y docencia la prolonga por los siglos confesando el misterio de Dios, Uno y Trino, así como ese magno acto de amor por el que el Verbo Eterno se hace Hombre en la siempre Virgen María, redimiendo al ser humano y mostrándole su realidad, su dignidad y vocación. Quien entiende de qué se trata ve cómo el destino del mismo mundo está ligado a lo que San Pedro y con él los hijos de la Iglesia profesan.
Actualidad
La pregunta mantiene toda su actualidad. Pues, como nos testimonia la Sagrada Escritura que entonces ocurrió, de cara al milenio adveniente, son muchas las respuestas equivocadas o incompletas que procuran responderla. ¡Y esas respuestas no carecen de efecto! Si reflejan una visión incorrecta, desde ella influencian la marcha del mundo. Y, como resulta lógico, al estar mal, su influjo no será bueno. Me parece ver una cierta correlación entre el rechazo en los orígenes del Amor divino y de su Plan para el ser humano, y el rechazo a Dios que en Jesús sale amorosamente al encuentro de la humanidad.
Hoy está muy difundido un reconocimiento de Jesús como prohombre del género humano. Ello parecería enaltecedor, pero no lo es, pues es una visión no sólo incompleta, sino que desfigura el rostro del Señor. Es la perspectiva de ciertos humanismos incompletos, de ese secularismo hoy tan difundido y que en una de sus vertientes amenaza renunciar a toda objetividad y reconocer sólo la vigencia de la subjetividad. Al lado de ella es también hoy frecuente encontrarse con lo que se puede calificar como una visión "religiosa", también gravemente incompleta. En ella la verdadera naturaleza del Señor Jesús es reducida a la de un gran profeta, un maestro espiritual, o incluso a una de las vías de acceso a Dios. Versiones de la llamada "New Age", o concepciones gnósticas, así como "revolucionarias" y aquellas de corte orientalista están signadas por un carácter reductivo que desfigura el misterio del Verbo Eterno hecho Hombre en el vientre purísimo de María, por obra del Espíritu Santo. A estas visiones incompletas o del todo erradas se juntan algunas fruto de la fantasía que en este mundo de fines del segundo milenio parecen no respetar nada. Así, obras literarias y hasta películas presentan un rostro del Señor totalmente irreconocible y en algunos casos hasta irrespetuoso y sacrílego. Ya en su tiempo, Víctor Andrés Belaunde destacaba la imagen de Jesús desde la fe frente a ciertas peligrosas simpatías estéticas, "que despojan a Cristo de su divinidad y a su obra de eficacia permanente". También en las visiones erradas o incompletas de hoy se trata de un despojo. Aquel ilustre pensador católico arequipeño no conocía el concepto de "cultura de muerte", pues en tal caso seguramente lo habría usado. Pues, todas estas parcialidades y errores forman parte de ella, ya que al negarse a reconocer a Dios y su Plan vivificante terminan por ir contra la vida y dignidad del ser humano.
Atención
Hoy en día se presentan muchos contenidos bajo la palabra Jesús. Es necesario estar atentos a ello, conscientes de la fe que uno profesa, para no caer en percepciones confusas. Por ello, es importante avanzar a partir de una primera aceptación de Cristo, a través de un proceso de conversión de la mente y el corazón, profundizando en su misterio de amor, adhiriéndose de una manera clara a lo que ello implica según lo enseña la fe de la Iglesia, y poniendo coherentemente por obra esa adhesión global en la vida cotidiana. Es toda una maduración en la verdad del Señor Jesús, proceso que lleva a la adhesión y a la configuración en Él.
"No todo el que dice 'Señor, Señor' se salvará". Es una sentencia clara que invita a la coherencia entre lo que se cree y la vida. Para ello, hoy es indispensable permanecer atento a las luces de la fe, y no sucumbir al subjetivismo y al relativismo que pulula en el medio. No toda presentación de Jesús ofrece el verdadero rostro del Señor. Por ello, para encontrarse con el Señor Jesús es necesario que la búsqueda del encuentro plenificador vaya de la mano de la fe iluminadora de la Iglesia y del espacio que ofrece. En ella se encuentra la confesión plena y la vida.
Luis Fernando Figari
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