Subsidios/Escritos de Luis Fernando/

«Nace el Niño Manuel»
24 de diciembre de 2001

 

Cada año se celebra la Navidad. Sin embargo, no es un aniversario cualquiera. La humanidad esperó la llegada de aquel acontecimiento por tiempos interminables. Se hacía larga la espera. Pero no cedía la esperanza, confiando en las promesas de Dios. Una dulce doncella de Nazaret, de la estirpe de David, fue antes de todos los siglos elegida para ser la Madre del Reconciliador.

La Anunciación-Encarnación y la Navidad son dos acontecimientos unidos de una manera especial. Todos los misterios del Reconciliador se encuentran cercanamente vinculados. El dinamismo kenótico y el ascensional son como latido del corazón, un doble movimiento de abajamiento —dolor—, y de ascensión —alegría—. La unidad del dinamismo salvífico se expresa en la unidad intrínseca de los misterios del Señor Jesús. Pero, de una manera que, al menos a los ojos humanos iluminados por la fe, aparece más cercana, esta unidad se manifiesta en los de la Anunciación-Encarnación y de la Natividad del Niño Jesús, del Emmanuel. La continuidad se hace como más explícita. El Niño que nace en Belén de la Virgen Madre es el mismo concebido por obra del Espíritu Santo tras el «Guénoito», el Hágase, aquella respuesta pronta, sin dilación, de plena disponibilidad, abierta en el tiempo, de Santa María de Nazaret, desde su libertad poseída, al saludo y al Plan divino que le comunicó el ángel.

Al celebrar la Natividad del Niño Manuelito, como es llamado cariñosamente en nuestros pueblos, se expresa con sencillez la fe en que Dios está con nosotros, que Jesús, que nace en Belén, es el Emmanuel. La Navidad es una fiesta de fe, una magna celebración. El recordar litúrgicamente tan grande acontecimiento para toda la humanidad es un mirar a la bondad, misericordia y amor de Dios y cantar desde lo profundo «Gloria en los Cielos y Paz en la Tierra». Celebrar la Navidad es una invitación a reflexionar, a agradecer, a cantar con tonos cordiales villancicos navideños, a abrirse a la gracia de ese Nacimiento en Belén. Celebrar el Nacimiento del Señor Jesús es disponer el propio corazón para que el Niño Dios sea acogido una vez más en él, como en el pobre pesebre en que brotó con el brillo luminoso de su ser de la fuente inmaculada y toda pura. Es una invitación a acoger el don con la alegría y ternura de María y José, de los ángeles y los pastores, aquel fausto día en Belén.

Lamentablemente muchos han trivializado la Navidad. Pavo, panetón, chocolate y regalos parecen ser, para demasiadas personas, lo que significa «navidad». En un mundo sumergido en la cultura de muerte, la celebración de la auténtica Navidad constituye un «signo de contradicción». Recordar que Navidad es Jesús que viene a salvarnos les parece a algunos algo ofensivo, que hay que esconder tras la figura graciosa de Papa Noel.

Pero la realidad es muy distinta. Y el cristiano que busca ser coherente debe hacerla manifiesta de manera explícita con sus actos y oraciones. La Navidad es una celebración de la verdadera Vida. Es el Sol de Justicia que viene a disipar las tinieblas de la mentira, de la inconsistencia, de la opresión (ver Mal 3,20). Es el Pan Vivo bajado del Cielo, en ese dinamismo kenótico, para alimentar a los hambrientos, pues quien «come de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6, 51). Es el Agua Viva (ver Jn 4, 10) que se da de beber a los sedientos para saciarlos: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba» (Jn 7, 37). Navidad es una fiesta de esperanza de la humanidad. Celebrar la Natividad del Niño Dios es confesar que es Él desde su pequeñez y fragilidad quien constituye el Camino, la Verdad y la Vida para cada uno (Jn 14,6), que es Él quien da sentido e ilumina la identidad de cada ser humano. Es repetir en el corazón que realmente vale la pena ser persona humana pues Dios se ha hecho hombre abriéndonos el camino ascensional del encuentro y felicidad plena en la Comunión Divina de Amor.

No desperdiciemos la Noche Buena ni la Navidad, abramos nuestro corazón a la acción de la gracia, y comprometámonos con Jesús, que ya desde el humilde pesebre es Rey de reyes, Señor de señores, Reconciliador, clave y sentido del peregrinar de los viadores en este mundo.

Con mis oraciones por que la luz del Niño Dios brille en nuestros corazones y en el mundo entero. ¡Feliz Navidad!

 

Luis Fernando Figari

 


 

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