Jóvenes dan lección al mundo
El mes de agosto en Roma ha sido testigo del peregrinaje de centenas de millares que han acudido al llamado del Santo Padre. Llegan a celebrar el Año Santo que recuerda el aniversario de la venida amorosa del Verbo Eterno a la humanidad, concebido en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. La característica de los grupos que en esta ocasión llenan la ciudad es la juventud. Según cifras que han dado las autoridades civiles, serían dos millones de jóvenes los que se han lanzado sobre Roma para participar en el Jubileo de los Jóvenes, que se ha llamado XV Jornada Mundial de la Juventud.
¡Hambre de Dios!
Los medios laicistas de comunicación vienen mostrando su desconcierto ante el fenómeno de masas que se ha producido. Mayor es su confusión cuando se enfrentan con el hecho de que se trata de tal cantidad de jóvenes. Al parecer les resulta inexplicable que una juventud sometida sistemáticamente a un bombardeo de los medios de comunicación, cuyo mensaje, precisamente, no alienta la fe, responda con tal decisión y entusiasmo a la convocatoria del Sucesor de Pedro. Otros, simplemente desconfían de la juventud.
El hecho es que de diversos lugares del mundo, por diversos caminos y medios de locomoción, han llegado estos enormes grupos de peregrinos a vivir el Jubileo en Roma, la Sede de Pedro, la ciudad donde San Pedro y San Pablo fueron ajusticiados, al igual que una legión de mártires cuyas huellas perduran hasta hoy. Roma es una ciudad que por sí misma habla de fe al creyente. Por doquier se ve la huella de los santos que a lo largo de los siglos han recorrido sus calles y han predicado su fe en Cristo Jesús, quien ha fundado la Iglesia sobre Pedro. Los siglos y los momentos que reflejan la fe y la fidelidad de millones parecen recoger un silencioso eco que se hace audible a los oídos de fe: "Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".
Las interrogantes de los laicistas y los argumentos que dan parecen "vanas piruetas de racionalismo". Hay un hecho incontrovertible y no será posible burlarlo. Los jóvenes han acudido al llamado de Juan Pablo II para peregrinar a Roma y vivir así la experiencia jubilar. La respuesta desde la fe es clara, y no desentona con lo que se descubre en la realidad de esos corazones hambrientos de Dios.
El testimonio de los jóvenes es un clamor que grita alto y fuerte: ¡Tenemos hambre de Dios! Y hoy como ayer, haciendo con sus gestos y acciones un eco vivo a la pregunta punzante que lanza el Señor a los Apóstoles, podremos decir que saben dónde encontrar el alimento para esa hambre. "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna".
Testimonios de fe
Mirar la avenida della Conciliazione llena por una larga columna de peregrinos es impresionante. Lo es más cuando se divisa que se dirigen en grupos a pasar por la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro.
La Puerta abierta por el Papa Juan Pablo II en la pasada celebración de la Navidad, además de su significado propio, es todo un gran símbolo de lo que implica vivir el Jubileo. Ella, como las puertas de toda iglesia, representa el umbral que da paso a la humanidad a Dios, que sale a su encuentro en el Señor Jesús, en los misterios de la fe, en la escucha de la Palabra, en los sacramentos, y sobre todo en la Eucaristía. Con razón, se la puede llamar "Puerta de la Vida". Ella da paso a los fieles hacia la vida. Transponer el umbral es ingresar a la "Casa de Dios".
La Puerta Santa está abierta de par en par señalando la iniciativa de Dios Amor que llama a la conversión. El mensaje de la infinita misericordia del Altísimo se hace puerta que invita a ingresar a todos los arrepentidos, aceptando así el don del perdón que Dios a través de la Iglesia alcanza a cuantos cumplen con las condiciones jubilares.
El ver a esas multitudes avanzar ordenadamente hacia la Puerta Santa, viviendo la celebración jubilar, es una lección de fe muy difícil de olvidar. Antes de entrar, los peregrinos rezaban una oración del Papa: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo. Tú, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, ¡guíanos!... Sé para nosotros la Puerta que nos introduce al misterio del Padre. ¡Haz que ninguno quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz! Por Ti, con la fuerza del Espíritu Santo, queremos entrar en el tercer milenio. Tú, oh Cristo, eres el mismo ayer, hoy y siempre".
Luego iban avanzando al Altar de la Confesión para expresar su adhesión a la fe de la Iglesia. Todo en un ambiente de hondo recogimiento y oración.
Tras visitar San Pedro los peregrinos iban en especial a las basílicas de Letrán, de Santa María la Mayor y de San Pablo Extramuros. Otros llegaban a las basílicas menores como la Santa Cruz de Jerusalén, San Lorenzo, San Sebastián, que conforman el grupo de siete basílicas que era costumbre visitar en los jubileos.
Por todas partes
Día a día se ha visto por la ciudad grandes grupos avanzando, rezando, cantando. Había lugares de mayor concentración, como la Escalera Santa, las catacumbas, la antiquísima iglesia de San Clemente Romano, la pequeña de Santa Praxedes. Eran visitas religiosas. Eran ocasiones en que los jóvenes establecían contacto con la historia de lo que aquellos grandes monumentos expresaban, con quienes habían procurado expresar con su arte la belleza de las verdades de la fe, con quienes allí habían orado. La silente elocuencia de la Roma Católica se torna audible, y más aun un clamor de fe para los jóvenes que así se evangelizan. Y, con su peregrinar, sus mismos pasos, gestos y oraciones, su presencia se convierte en un clamor evangelizador para el mundo.
Las catequesis, pronunciadas por Pastores venidos de diversos lugares del mundo, formaban el marco reflexivo sobre las verdades de la fe de la Iglesia. Mientras esas decenas de millares de jóvenes se reunían a recibir luces para la vida cristiana, daban a su vez una gran lección al mundo con su apertura a vivir la reconciliación traída por el Señor Jesús. Uno de los momentos impactantes fue el de las confesiones. Centenares de confesores se ubicaron en el Circo Máximo, donde otrora fueron martirizados innumerables hermanos en la fe. Los jóvenes acudían en forma continua a recibir el Sacramento de la Reconciliación.
Al encuentro del Papa
Esta vez fueron dos millones los jóvenes que se dieron cita en el monumental campo de Tor Vergata. Allí algunos pasaron hasta dos días, luego de caminar a pie varios kilómetros para llegar a sus ubicaciones.
Lo central fue la Eucaristía dominical, presidida por el Santo Padre. La noche anterior el Papa pronunció la catequesis de la Vigilia. Empezó con el interrogante del Señor: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Jesús hace la pregunta pues quiere "que los discípulos se den cuenta de lo que está escondido en sus mentes y en sus corazones y que expresen su convicción" acogiendo la "gracia de la fe". El Papa fue desarrollando cómo la fe es un encuentro donde la iniciativa de Dios se une a la respuesta humana: "En primer lugar está la gracia de la revelación: un íntimo e inexpresable darse de Dios al hombre; después sigue la llamada a dar una respuesta y, finalmente, está la respuesta del hombre, respuesta que desde ese momento en adelante tendrá que dar sentido y forma a toda su vida".
Señaló el Pontífice que cada uno "puede analizar sus propias dificultades para creer e incluso sentir la tentación de la incredulidad. Al mismo tiempo, sin embargo, puede también experimentar una progresiva maduración de la convicción consciente de la propia adhesión de fe". El creyente "es llamado a ir contra corriente para seguir al divino Maestro". Se trata sobre todo de una "fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día".
"¿Es difícil creer en un mundo así?" preguntó el Santo Padre. "Sí, es difícil. No hay que ocultarlo". Pero la fe es más fuerte: "con la ayuda de la gracia es posible, como Jesús dijo a Pedro". La fe responde a los anhelos del ser humano, que encuentran realización en la adhesión al Señor: "En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar". Detrás del "deseo de hacer de vuestra vida algo grande" y de todos los ideales auténticos está el hambre de encuentro con el Señor Jesús. Por eso, "diciendo 'sí' a Cristo decís 'sí' a todos vuestros ideales más nobles... No tengáis miedo de entregaros a Él".
La Santa Misa
Al día siguiente fue la celebración de la Eucaristía. En su homilía el Papa habló del Sermón del Pan de Vida. Ante las palabras del Señor "el auditorio es reacio". A pesar de ello, "Jesús no está dispuesto a contemporizar... '¿También vosotros queréis marcharos?'"
Con mucho realismo el Santo Padre les repitió a los jóvenes: "¿También vosotros?". Es una pregunta que "sobrepasa los siglos y llega hasta nosotros, nos interpela personalmente y nos pide una decisión. ¿Cuál es nuestra respuesta?" La respuesta debe ser la de Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna". Solamente "Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano".
Las palabras del Papa fueron una fuerte exhortación, en muchos sentidos. Por ejemplo, fue intensa su referencia a la Presencia Real del Señor en la Eucaristía, pues en ella "el divino Maestro es accesible personalmente... en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre" y "se nos da porque nos ama… Él no nos cierra nunca los brazos de su misericordia".
Invitó a la radicalidad. En la respuesta al llamado a "Jesús no le gustan las medias tintas", sobre todo de parte de los que sienten la "llamada del Señor a darse totalmente a Él para amarlo 'con corazón indiviso'". No deben dejarse "paralizar por la duda o el miedo", sino pronunciar "con valentía su propio 'sí' sin reservas, fiándose de Él que es fiel en todas sus promesas".
Hacia el final, el Santo Padre hizo un llamado a la coherencia: "Llevaréis el anuncio de Cristo en el nuevo milenio. Al volver a casa, no os disperséis. Confirmad y profundizad en vuestra adhesión a la comunidad cristiana a la que pertenecéis. Desde Roma, la ciudad de Pedro y Pablo, el Papa os acompaña con su afecto y, parafraseando una expresión de Santa Catalina de Siena, os dice: Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!".
Luis Fernando Figari
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