Subsidios/Escritos de Luis Fernando/

Iglesia y Familia

 

El tema de la familia va adquiriendo mayor centralidad en la reflexión contemporánea en la medida en que factores que la amenazan aparecen en escena. Sin duda nadie en su sano juicio puede negar que la familia es una célula fundamental y básica de la vida social. Hoy se ve claro que hay una cierta retroalimentación entre familia y sociedad. Para que se dé una sociedad sana debe haber familias sanas; pero lo contrario tiene también su alta dosis de verdad: una sociedad sana es marco social favorable para las familias sanas.

Como en muchos otros asuntos complejos una visión reductiva o unilateral no hace sino tergiversar la aproximación. En relación a la familia y su incidencia social es evidente que se hace necesario enfocar el asunto desde ambas perspectivas, reconociendo la mutua incidencia. Teniendo presente esa visión global, en esta ocasión nos referiremos a la familia en sí misma.

Sin desatender el contexto, lo lógico es empezar a mirar el asunto en sí. La familia está hoy amenazada por una crisis que le afecta desde adentro, en su autocomprensión y realización, así como desde fuera por inercias sociales y corrientes ideológicas que no la consideran como necesario elemento de una sana vida social o simplemente la ven como un obstáculo a las manifestaciones de la ley del gusto-disgusto en la vida de las personas.

La Iglesia, experta en humanidad, conocedora del Plan divino para la vida de los seres humanos, proclama la importancia fundamental de la familia en la vida humana y social. La Iglesia ve en la familia una vocación a la santidad, es decir un camino al que los esposos son convocados para realizarse humanamente como cónyuges y padres, y ser asumidos en la dinámica del amor divino y santificador del Señor.

Desde la fe, la Iglesia proclama lo sublime del camino cristiano de la vida matrimonial y la familia. Desde la visión de la obra redentora del Salvador, la enseñanza de la Iglesia no sólo valora socialmente el amor conyugal que se constituye en familia, alcanzando en el sacramento una dimensión de camino hacia la santidad, sino que entiende que los cristianos llamados a la vida matrimonial reciben de Dios una convocatoria que los invita a la perfección humana y cristiana. Precisamente, esa vocación a la santidad, universal llamado a todos los fieles, sella también la identidad del matrimonio cristiano, y abre la dimensión del amor de la pareja a un horizonte de caridad y solidaridad fraternas.

No es el matrimonio un estado de egoísmo de a dos; es más bien un llamado a superar los egoísmos para abrirse al Amor transformante del Señor, asumirlo en el núcleo familiar, y proyectarlo hacia la vida social toda. En esta perspectiva, el amor conyugal encuentra su razón de ser no sólo en sí mismo y en su dimensión social, sino que recibe su fundamento y orientación del mismo designio salvífico de Dios.

Todo lo relativo a la vida íntima de los cónyuges encuentra en ése fundamento el horizonte de su comprensión y de su despliegue. Hace poco el Papa Juan Pablo II ha pedido a los Obispos y demás hijos de la Iglesia que pueden ayudar a comprender el sentido profundo de las enseñanzas eclesiales sobre la fecundidad matrimonial, que ahonden en el sentido del matrimonio, a cuya luz se entiende bien la naturaleza y alcance de las enseñanzas del Magisterio sobre la transmisión de la vida humana y la educación de los hijos. Sin duda muchas incomprensiones y errores en torno a la vida matrimonial y la familia desaparecerán ante una profundización en ese sublime camino a la luz de las auténticas interpretaciones del designio divino que realiza la Iglesia.

El tiempo de hoy invita apremiantemente a quienes han sido llamados a la vocación matrimonial a ahondar en las características del don recibido, situando el amor conyugal y el matrimonio en la identidad profunda y en el alcance que les vienen del Evangelio, la Buena Nueva del Señor Jesús para hoy como para mañana y siempre.

1990

 

Luis Fernando Figari

 


 

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