Subsidios/Escritos de Luis Fernando/

En camino a Aparecida

¿Qué discipulado?

Desde los tiempos de la evangelización constituyente la Iglesia que peregrina en América Latina ha ido avanzando, venciendo numerosos desafíos y obstáculos para anunciar a Cristo, Redentor y Reconciliador de la humanidad. Desde los primeros concilios de los Pastores de América del Sur y de América del Norte, con sus centros en Lima y México, el camino recorrido es en verdad impresionante. La gesta evangelizadora ha llegado a tantos millones de personas en estas tierras que, desde la mirada de quien tiene fe, se viene llamando Continente de la Esperanza.

El cambio que van trayendo los tiempos nuevos ha llevado a que los Obispos de América Latina se reúnan en varias ocasiones para compartir su fe, su celo evangelizador, su análisis de los desafíos y de cómo superarlos. Así tenemos que bajo el impulso del Papa León XIII, en tiempos en que se reflexionaba con intensidad sobre la identidad de América Latina, se produjo en Roma el gran encuentro episcopal latinoamericano. Se trató del Concilio Plenario de América Latina. Fue éste un hito decisivo que recogió la savia viva de la fe que fluía en tierras latinoamericanas y la compartió con la Iglesia universal. La conciencia de ser América Latina caló hondo en los Obispos. El sentido de comunión en la Iglesia que se vivió en ese Concilio fue tal que sus influjos se extendieron a todos, por ejemplo a través de la influencia de numerosas de sus disposiciones en el Código de Derecho Canónico de 1917.

Avanzando el tiempo se produjo una diversa modalidad de encuentro. Se llamaron las Conferencias Generales del Episcopado. Desde la primera en Río de Janeiro (1955), la segunda en Medellín (1968), la tercera en Puebla de los Ángeles (1979) y la cuarta en Santo Domingo (1992), cada una ha tenido sus grandes riquezas y sus aportes que ofrecer a la marcha de la Iglesia en América Latina. En estos inicios del tercer milenio, se prepara una nueva Conferencia que se realizará en Aparecida (Brasil), en el 2007.

El Papa Benedicto XVI, preocupado por los muchos y graves desafíos que se ciernen sobre la Iglesia en estas tierras, ha dado su aprobación para que se realice un nuevo encuentro de los Obispos de América Latina. Con notable fineza teológica y sensibilidad pastoral el Sumo Pontífice ha planteado que la V Conferencia General se aboque a profundizar en el tema: «Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. 'Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida' (Jn 14, 6)». Todo implica la centralidad del Señor Jesús y sus enseñanzas, como fuente y culmen de la vida.

Un título que marca un horizonte

El Documento de Participación del CELAM ha buscado centrarse en las palabras del tema señalado por el Papa. Al lado del medular capítulo III, «Discípulos y misioneros de Jesucristo», el capítulo final, aunque corto y que «deja el documento abierto», accidental o intencionalmente empalma con la evocación de los «discípulos y misioneros santos», del primer anexo. Lo inacabado del desarrollo del tema «para que nuestros pueblos en Él tengan vida», en el Señor Jesús, que es la Vida misma, se explaya en quienes como discípulos y misioneros se adhirieron a Jesús con tanto celo que abriéndose a la gracia, recorriendo los caminos de la Vida que trae el Señor, alcanzaron el don de que su terrena existencia sirviese como estímulo a los hermanos y hermanas de la Iglesia peregrina. Se corona así, en cierta forma, la meta de ese discipulado, que es seguir a Jesús, avanzando por el camino de la configuración con Él, vivir de su Vida alcanzando la santidad. El breve elenco de santos canonizados habla al creyente de los millones de millones más que, sin estar canonizados, están participando en la Comunión de Amor. La vida cristiana y la meta de santidad aparecen nítidas en el horizonte.

Permanentes correctivos

Desde la realización del Concilio Vaticano II, Aparecida será la cuarta conferencia. Medellín, el verdadero y no el inventado, continuó explícitamente con la cosecha de la Conferencia de Río, que a su vez recogía de los desarrollos del Concilio Plenario de finales del siglo XIX. Se sellaba así en Latinoamérica una tradición de «renovación en continuidad», que por lo demás es típica en la vida de la Iglesia y se expresó en forma magnífica en el Concilio que convocó el Beato Juan XXIII. Hace poco el Papa Benedicto XVI la ha recordado con enfática claridad contraponiéndola a la «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura» (1).

El lenguaje de Medellín fue por momentos novedoso. Pero su sentido se entiende muy bien en la globalidad del mensaje de los Obispos. Fruto de la subordinación a un sincretismo ideológico se olvidó el Medellín histórico, auténtico, y se inventó uno falso que fue ampliamente publicitado. Algunos párrafos sacados de contexto y una propaganda audaz y organizada llegaron al punto de confundir a muchos. Se ha laborado intensamente para mostrar el Medellín real, y no es poco lo que se ha avanzado con carácter irreversible para mostrar su verdadero rostro.

Por ello llama la atención que en vísperas de Aparecida partidarios del liberacionismo que inventó el falso Medellín, a pesar del camino recorrido y las esclarecedoras iluminaciones del Magisterio, así como de Puebla y Santo Domingo, vuelvan sobre las mismas ideas. Un importante exponente de estas corrientes ha puesto «como palabras de orden rescatar y resistir» (2). Surge la interrogante: ¿de qué habla? La respuesta ya ha sido dada: «Lo que nos interesa aquí no es el 'Medellín histórico': lo que pasó de hecho en la Asamblea del CELAM de 1968; sino el 'Medellín kerigmático': lo que representa en términos históricos» (3). No interesa el Medellín real, no interesa lo que realmente plantearon los Obispos, sino una visión subjetiva de lo que llaman «Medellín kerigmático». La misma formulación transcrita revela lo lejos que se puede llegar del realismo y la objetividad, y lo fácil que, usando palabras extrapoladas de realidades mayores, se enuncia una lectura arbitraria. ¿Es la falsificación lo que desean «rescatar»? Otro conocido difusor de esas corrientes erradas hace unos tres años oponía al Papa Juan Pablo II a lo que denominaba «el espíritu que impregnó América Latina en las décadas de los sesentas y setentas» (4), y éste sería el de ese Medellín inventado. Hoy, desde su enfoque, critica el Documento de Participación, así como su presentación del discipulado. Otros, desde perspectivas semejantes, critican la dimensión misional. Con dolor se constata que hay quienes se aferran a una visión reductiva aunque haya sido corregida reiteradamente por enseñanzas de los Sumos Pontífices y de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, incluyendo la del Medellín real.

Discipulado auténtico

El discipulado y la misión han de ser siempre planteados desde la fe de la Iglesia. En ningún sentido se pueden legítimamente centrar en reductivos compromisos intramundanos, ruinosos para la fe y la vida cristiana, escapistas ante la realidad, militantes de ideologías o sincretismos. No es el caso, pues, dejarse atrapar por una retórica que tras ciertas afirmaciones aceptables, mediante un método de deslizamientos, transmite contrabandos ideológicos que culminan por desacreditar el sentido misional del discípulo, y la misma naturaleza de éste. El discípulo es quien se interroga por quién es Jesús, y se abre a su ser profundo en una dinámica de encuentro que asume vitalmente sus enseñanzas. «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15) es la clave que da el mismo Señor. Esa conversión por el camino de la fe, avanza por el sendero de la «cuádruple reconciliación» (5) traída por Jesucristo hacia la superación de las diversas rupturas que aquejan al ser humano. La caridad transformante que nutre e impulsa este proceso ha de mostrarse en la vida y en las obras buenas como la señal que distinga a los discípulos del Señor Jesús. De ese ser discípulo brota el compromiso misionero que plasma el mandato misional de Jesús, de ir a todos evangelizando, anunciándoles quién es el Redentor, el Reconciliador, y haciéndolos discípulos suyos (6).

El discipulado y la misión corren también el riesgo de verse amenazados por otros desafíos, que paradójicamente tienen también una aversión a lo real. El racionalismo tan difundido pretende ser funcionalmente agnóstico y frío, y eliminar la emoción. Y el sentimentalismo, potenciado por el subjetivismo, se venga alejándose de la razón. Esas perspectivas, aparentemente opuestas, se unen en plantear falsas antinomias. La razón y la emoción bien pueden concordar. Quizá fuese mejor decir: deben concordar. Y es que desde la unidad del ser humano, a pesar de las rupturas que lo aquejan (7), ambas apuntan a la conciliación. La categoría experiencia, bien entendida, ayuda a ello. Jesús, que invita al discipulado, lo hace desde su misión y la fascinación que su misterio produce. Quien se encuentra con Él experimenta el valor avasallador de la Verdad y del sentido que irradia. Tal encuentro con Él mueve tanto a la adhesión afectiva como a la de la verdad que su persona revela. Ante Jesús la razón se enciende y los sentimientos se avivan superando las rupturas y tensiones que pudiesen tener pues Él, que es el Reconciliador, ofrece al ser humano la respuesta reconciliadora a todas sus rupturas, de manera clarísima a la tensión que puedan experimentar la razón y el afecto, y que un clima cultural ha buscado exacerbar. El discipulado nace de la aceptación plena de Jesús y de lo que Él significa. No hay oposición entre Persona y doctrina; enseña con todo su ser. Su presencia y su mensaje se hacen uno, es integral. Jesús, el Cristo, apela a la mente con la Verdad, cuya belleza despierta la emoción, e invita a recorrer su sendero buscando hacer el bien, «como Él pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38). Así ha de ser la indispensable catequesis. No caben evasiones, ni reduccionismos. Tampoco caben ocultamientos ni diplomacias. El discipulado auténtico es un compromiso integral con el Señor, una comunión íntima que busca conocer sus enseñanzas y seguirlo, realizando la misión de predicar el Evangelio, como decía San Pablo. Y como él experimentar el drama que expresaba al decir: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9, 16).

«Según el corazón de Dios»

Es así como el Documento de Participación se refiere al discipulado de la Virgen María. Ella, discípula y misionera por excelencia, echa luz sobre cómo los hombres y mujeres de América Latina hemos de vivir esas dimensiones de la vida cristiana de cara a este tiempo difícil que tenemos por delante. Cuando cree a Dios y desde la fe pronuncia el Hágase sin límites en la Anunciación-Encarnación, la Inmaculada Virgen inicia un ejemplar discipulado. Su apertura a la Palabra y su internalización de la real presencia del Verbo Eterno de Dios hecho hombre en el Señor Jesús se vuelven paradigmáticos para la acción de avanzar en comunión con Jesús, a la acción misional y solidaria.

Aquella que ha recibido la Buena Noticia no se la queda para sí. Rápidamente marcha hacia su necesitada parienta Isabel, portando la Luz Eterna. Antorcha ardiente de la gracia y el misterio, irradia esa luz e Isabel percibe la realidad, y hace una confesión de fe: ¿Cómo viene a mí la Madre de mi Señor? ¡La primera gran confesión de fe! Y el niño Juan salta de alegría en su vientre, colmado del Espíritu Santo. Ése es el proceso del discipulado, ésa es la dinámica de la misión: acoger, interiorizar al Señor, dejar que su Vida se exprese en toda nuestra vida, permitir que irradie su luz y su calor a los demás, y ser nosotros cooperadores de esa irradiación, prestarle la realidad de nuestra vida, de nuestro ser, de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestro cuerpo para que se exprese y se proyecte en la realidad concreta de los seres humanos, extendiendo hasta los confines de la tierra el anuncio y explicación de la Buena Noticia, que la Iglesia atesora y comunica a todos como expresión de su vida y misión.

La obediencia amorosa de María Virgen al Plan divino es la clave del discipulado por la que se ingresa al camino de la comunión existencial, viviendo la comunión con Jesús, en Jesús que es la Vida misma, y experimentando el misterio de su presencia, anunciándolo con la vida y la palabra, al impulso del Santo Espíritu que lleva a actuar según el Plan de Dios y al hacerlo clamar con ese obrar humano «Abbá, Padre» (Gál 4, 6), dando gloria a Dios con el quehacer y aun más con la propia vida.

Luis Fernando Figari


Artículo aparecido en la Revista Humanitas, n. 45, Santiago de Chile, Enero-Marzo de 2007.


Notas

1. Ver S.S. Benedicto XVI, Discurso a los Cardenales, Arzobispos, Obispos y Prelados superiores de la Curia Romana, 22/12/2005. [Regresar]

2. J.B. Libanio, Caminando hacia la V Conferencia de Aparecida, en Christus, julio-agosto 2006, p. 20; ver también p. 11. [Regresar]

3. Clodovis M. Boff, OSM, A Originalidade Histórica de Medellín, http://www.sedos.org/spanish/boff.html/. [Regresar]

4. José Comblin, Changes in the Latin American Church during the Pontificate of John Paul II, en National Catholic Reporter, vol. 1, n. 15, 9/7/2003. [Regresar]

5. S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 8. [Regresar]

6. Ver Mt 28, 19-20; Mc 16, 15; Jn 20, 21. [Regresar]

7. Ver Gaudium et spes, 10. [Regresar]


 

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