Gran alegría me produjo el conocer la reciente noticia que anunciaba que Marcelino Champagnat (1789-1840), el fundador de los Hermanos Maristas, sería canonizado por el Papa Juan Pablo II el 18 de abril de 1999. Junto con él dos santos más llegan con toda solemnidad a los altares de la Iglesia. Giovanni Calabria (1873-1954) y la hermana Agostina Pietrantoni (1864-1894). Hace muchos años que tengo un cordial afecto por el fundador de esa importante congregación para la educación cristiana. Ante su cercana canonización he vuelto a repasar las "Crónicas Maristas" de Juan Bautista Furet. Por ser tan próximas a Champagnat, en ellas como que se comunica la vivencia cercana de Marcelino José Benito, nombres con que fue bautizado.
Canonizaciones
No todos los santos son canonizados ni beatificados. De incalculables millones de santos que han alcanzado la perfección de la caridad y tras cerrar los ojos a este mundo y abrir los ojos a la vida han escuchado aquella dulce sentencia de evangélicos ecos: "Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor", sólo una minoría recibe el reconocimiento público de la Iglesia.
Esto es obviamente lógico. Ante todo porque los santos son muy numerosos. El proceso para una canonización es sumamente largo y consumidor de tiempo y recursos. Así, pues, es evidente que muchos millones de santos que se han descubierto configurados con el Señor Jesús, no son canonizados.
Hoy, con toda razón, se habla de los santos anónimos, de los santos de la vida sencilla y cotidiana vivida con heroica fidelidad al Plan de Dios, en coherencia plena con la fe de la Iglesia. Son los millones de pequeñas antorchas, de pequeñas fogatas que con el impulso de la gracia recorren el camino de la vida iluminando desde su sencillez al mundo, sumándose a las grandes antorchas, los grandes santos y santas cuyas vidas nos edifican y alientan. Son pocos los conocidos e incluso recordados, pero todos ellos forman parte de esa manifestación de la santidad de la Iglesia. Se trata de toda una sinfonía luminosa de virtud y perfección en el amor.
Testimonio de fe
El número de canonizaciones se ha incrementado significativamente en los años del pontificado del Papa Juan Pablo II, desde 1978. ¿Qué significado se puede atribuir a esta ola de canonizaciones? Ciertamente una muy positiva. En un mundo sumergido en la "cultura de muerte", donde el relativismo, el agnosticismo funcional y el secularismo desprecian la dignidad humana y el respeto que cada cual se debe a sí mismo, los santos y santas constituyen un clamor por el sentido de la vida, por el recto encaminamiento del hambre de sentido y felicidad, por la plenitud.
Los santos cuyas virtudes han sido puestas ante el mundo presentan ante una humanidad en búsqueda un camino claro de realización humana. Una conocida cita atribuida a San Juan Crisóstomo (347-407), ofrece una imagen clara: "Los santos son como las estrellas del cielo: forman un concierto maravilloso para pregonar la gloria de Dios". Todo en la vida de cada santo, de los famosos, de los poco conocidos y de los desconocidos, apunta hacia la configuración con el Señor Jesús. Su vida se nutre de la fe de la Iglesia. Su mente lleva el recuerdo de Dios presente y de sus misericordias. Su mirada apunta a lo esencial. Su perspectiva sintoniza con la visión de eternidad. Su corazón está inflamado por una irradiante caridad que sella las acciones que realizan. Su sacrificio y mortificación son lúcida adhesión a la Cruz. Su obrar aspira encuadrarse en el Plan de Dios y corresponder al impulso de la gracia amorosa que el Espíritu derrama en los corazones. La vida de cada uno de ellos es un testimonio de fe, es una invitación a vivir el Evangelio, a seguir el dinamismo obediencial del Señor Jesús. Las huellas de un santo llevan a quien descubre en él o en ella inspiración para el propio caminar al encuentro con Jesús y a dejarse conformar a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Marcelino Champagnat
El sacerdote que supo entusiasmarse con compartir la fe a través de la educación vivía en la confianza en Dios: «Cuando se tiene a Dios consigo y en él se confía, todo resulta posible». Esa fe viva e inflamada por la caridad constituía la base de su percepción del mundo y de su conducta. La luz de la fe iba acompañada de una vida de oración. No fue escasa la dedicación que ponía en enseñar el gusto por la oración, su aprecio, convencido del valor de la piedad para obrar el bien. El amor intenso al Señor Jesús aparece en Marcelino Champagnat unido a la filial devoción a María, de cuyas virtudes de humildad, sencillez, trabajo, mortificación hacía la base de la vida comunitaria. El amor a la Inmaculada se reflejaba en la dimensión casta de su existencia. De cara al siglo XX y recogiendo la tradición sabía unir ejemplarmente el amor a Dios, a sí mismo según el divino designio, y al prójimo, en especial a los pequeños y pobres. Al ubicarlo en lo alto de los altares la Iglesia se enriquece con una luz que ayudará a los esfuerzos por la Nueva Evangelización.
Luis Fernando Figari
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