Guillermo José Chaminade, conocido como el Buen Padre, estaría camino a los altares. La noticia me ha producido una gran alegría. Y es que ya desde niño estuve familiarizado con Chaminade. Aún conservo una estampita que me regaló un hermano español en primaria. Don Julián se llamaba ese entusiasta chaminadeano. Me parecía un hombre de Dios.
Más adelante fui conociendo mejor y profundizando en la vida, obras y espiritualidad de aquel virtuoso sacerdote francés. El hacerlo fue un estímulo para ahondar en numerosos afluentes espirituales de los que él se alimentó. Chaminade siempre me ha parecido un hombre que amaba a la Iglesia, un testigo excepcional de la fe, un apóstol creativo y un cristiano coherente que no podía permanecer impasible al ver sufrir al Pueblo de Dios en su tierra.
Su vida
El padre Chaminade nació en Perigeux, Francia, en 1761 y fue llamado a la presencia del Padre en 1850. Perteneció a una familia muy católica, de la cual cuatro de los hijos llegaron a ordenarse sacerdotes. Guillermo José estuvo con dos de sus hermanos en la ignaciana congregación de San Carlos de Mussidan. Luego bebió de la espiritualidad de la escuela francesa de San Sulpicio.
Vivió en tiempos de persecuciones y destierros. Eran consecuencia de la Revolución Francesa, que arremetió contra la Iglesia y la fe cometiendo incontables abusos. Poco después de ser ordenado, Chaminade tuvo que ejercer el sacerdocio en la clandestinidad. Usaba diversos disfraces y bajo esa protección visitaba a los católicos, asistiéndolos mediante su ministerio sacerdotal y celebrando la Santa Misa en lugares ocultos a la atención de los perseguidores.
En 1797 fue expulsado de Francia y viajó a España. Junto con otros sacerdotes exiliados se preguntaba qué habría de hacer al volver a su patria. Tuvo momentos muy intensos en su reflexión en las visitas al santuario de la Virgen del Pilar, en Zaragoza. Su vida mariana recibió allí una profunda perspectiva que sellaría su actividad.
Al retornar a Francia en 1800 y ver el panorama de descristianización se lanzó con fervor a trabajar en Burdeos. Con espíritu evangelizador fue dando lugar a diversas fundaciones. Estaba convencido de la necesidad del apostolado juvenil. Las Congregaciones Marianas, para hombres y mujeres, en una renovada versión de fuerte impronta apostólica, fueron su principal objetivo. Como la perla de sus primeras fundaciones nació lo que se conoció como el "Estado". Era una novedosa obra que vinculaba bajo un fervoroso estatuto a personas con vocación a una consagración apostólica en el mundo. Le fascinaba su perspectiva, que veía como una gran respuesta para el futuro. Años después fundó dos congregaciones religiosas, las Hijas de María Inmaculada y la Compañía de María.
Sus últimos años de vida fueron de un intenso sufrir y de muy hondas incomprensiones. Vincent Vasey escribió un valiente y revelador libro que despejó el camino para la declaración de la heroicidad de sus virtudes. Me acuerdo cuando años atrás el padre Vasey me relataba los sufrimientos de Chaminade. Contaba muchos detalles que permitían captar plásticamente la entereza moral, el fervor y la viva caridad con que el Buen Padre supo sobrellevar las tremendas pruebas que, con cristiana mortificación, sufrió de 1841 a 1850.
El procedimiento para llevar a una persona a los altares suele ser largo y complejo. Hoy, el proceso va llegando a su fin. La etapa final es la presentación de un milagro, esto es, de un hecho que la ciencia declara totalmente inexplicable. Entre mayo y octubre de este año de 1999, el Congreso de Teólogos y la Congregación Ordinaria del Dicasterio vaticano que se ocupa de las causas de los santos, han dado su parecer favorable para que se proceda a reconocer que por intercesión del padre Chaminade se ha producido un milagro. Tras la promulgación del decreto correspondiente por el Santo Padre, queda abierto el camino a la Beatificación.
Ecos chaminadeanos
El influjo del Buen Padre Chaminade no se limita a las obras directamente fundadas por él, sino que su ejemplo de creatividad pastoral, de incansable apostolado abierto a diversas realidades, y su enseñanza espiritual han trascendido ampliamente. Incluso han influido sobre nuevas espiritualidades eclesiales surgidas avanzado el siglo XX. Por ejemplo, la Familia Sodálite ha recibido inspiración de las primeras fundaciones, de algunos rasgos de la espiritualidad mariana y del camino de virtudes de Chaminade.
Sus visionarias intuiciones sobre el papel del laico en la misión evangelizadora de la Iglesia alcanzarían en el Concilio Vaticano II una confirmación alentadora. En otro campo, la Conferencia General de Santo Domingo ofrece una expresión del amor filial mariano en la configuración con Jesús, que era central en el Buen Padre.
Hoy, cara al siglo XXI, un testigo del Señor Jesús que vivió y trabajó con admirable coherencia en el siglo XIX estaría camino de alcanzar el reconocimiento canónico de su ejemplar vida.
Luis Fernando Figari
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