Ante el siglo XXI
Renovado llamado a la santidad
El domingo 3 de setiembre la Plaza de San Pedro, llena de fieles, será testigo de la proclamación como beatos de dos Sumos Pontífices, de un Obispo y un sacerdote fundadores, y de un famoso abad benedictino. Con ello, en el curso del gran Año Santo del 2000 se eleva nuevamente una señal que recuerda la insistente llamada que la Iglesia viene haciendo a sus hijos para responder a la vocación a la santidad que todo bautizado tiene.
Dos Papas a los altares
Hay muchos Sumos Pontífices santos. Un gran número de ellos está en los altares. Pero, el hecho es que, si mis datos son correctos, desde la beatificación y canonización de San Pío X, en el pontificado del Papa Pío XII, en 1951 y 1954 respectivamente, hasta estas fechas sólo el Papa Inocencio XI ha alcanzado los altares.
El Papa Inocencio asumió el pontificado en 1676 y fue llamado por el Padre a su presencia en 1689. Es aquel Papa que en 1679 escribe unas letras apostólicas que aluden a San José como Patrono de todos los dominios españoles. Fue también Pío XII quien en 1956 lo proclamó Beato. Antes de ellos hay que retroceder hasta San Pío V, proclamado Santo en 1712 por el Papa Clemente XI. Así, pues, en el marco de la gran trascendencia y júbilo por la proclamación canónica de los nuevos beatos, está que dos de los sucesores de Pedro, Pío IX y Juan XXIII, vinculados respectivamente al Concilio Vaticano I y al Concilio Vaticano II, alcanzarán los altares el mismo día, en lo que quizá no sea tan desacertado descubrir un símbolo de la unidad de ambos Concilios -ya que el Vaticano I no fue acabado en su tiempo- y de la unidad en la historia de la Iglesia.
Santidad de cara al siglo XXI
De los millones de millones de santos no todos son beatificados y canonizados. En alguna ocasión escribía sobre aquellos que viven silenciosamente la perfección de la caridad, y refería que con razón se les puede llamar santos anónimos: "Son los millones de pequeñas antorchas, de pequeñas fogatas que con el impulso de la gracia recorren el camino de la vida iluminando desde su sencillez al mundo, sumándose a las grandes antorchas, los grandes santos y santas cuyas vidas nos edifican y alientan. Son pocos los conocidos e incluso recordados, pero todos ellos forman parte de esa manifestación de la santidad de la Iglesia. Se trata de toda una sinfonía luminosa de virtud y perfección en el amor".
Y es que, como recordaba el Concilio Vaticano II, todos los bautizados estamos llamados a la perfección en la caridad, cada uno en su existencia concreta, en su estado de vida. El llamado a la santidad es universal, es una vocación de todos los hijos de la Iglesia. Éste es un asunto capital. Es fundamental tener mayor conciencia de que todo hijo de la Iglesia está llamado a ser santo. "El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía son los sacramentos de la iniciación cristiana. Fundamentan la vocación común de todos los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el mundo", enseña el Catecismo.
Estas significativas beatificaciones, en el tercio final del año 2000, son un signo muy claro que invita a un mundo sumergido en la cultura de muerte a mirar con una visión recta y verdadera, a descubrir aquello que todo hombre y mujer buscan, a responder rectamente al hambre de sentido, de plenitud, de felicidad arraigado en la mismidad de cada uno.
Camino cotidiano
La santidad es el resultado de la acogida a la gracia que Dios derrama en los corazones. Se nutre en la Iglesia, por los sacramentos y la oración. Se forja en la vida cotidiana siguiendo al Señor Jesús, el Verbo Eterno que se encarna en el seno de María Santísima, constituyéndose en modelo de toda santidad, como hermosamente dice el Catecismo de la Iglesia Católica.
El dinamismo del amor de Dios invita a cooperar con Él, abriendo el camino que lleva a la santidad. Es vivir en concreto el despliegue bautismal en las diversas dimensiones de la existencia, con los dones que Dios va concediendo. Se trata de vivir según el amor que viene de Dios. Él, que es Santo y Perfecto, nos da los medios para serlo, y nos va conduciendo, con nuestra cooperación, a la perfección de la caridad que nos dona. Al recibir los dones de Dios, vamos dejándonos impregnar por ellos y participando desde ya, en la vida cotidiana, de esos dones del Altísimo, cooperando con el Autor de todo, orientando la vida y el mundo según el divino designio del Creador.
El don de la fe ilumina la existencia y nos marca el horizonte de la vida. Estas beatificaciones de setiembre del Año Santo del 2000 son un llamado a la conciencia y una invitación a que cada hijo e hija de la Iglesia sea dócil al suave influjo de la gracia. Así, con nuestra cooperación, permitimos que nuestro ser se despliegue, desde la permanencia en el Señor, llevándonos a la realización personal según el llamado concreto de cada cual, y dando con ello gloria a Dios.
Cada una de las vidas de estos cinco nuevos beatos constituye un aliciente para que todos nosotros, viadores, respondamos a la divina invitación de ir recuperando la semejanza perdida por el pecado original a través de la configuración con el Señor Jesús.
En esta ocasión presento unos rápidos e incompletos perfiles de los beatos.
El Papa Pío IX
Giovanni Maria Mastai Ferretti (1792-1878) se convertiría en el Sumo Pontífice que proclamaría el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, un inolvidable 8 de diciembre de 1854.
El 16 de junio de 1846 fue electo Vicario de Cristo y tomó el nombre de Pío IX. Tras San Pedro, es el Obispo de Roma que más tiempo ha dirigido la Barca de la Iglesia. Su pontificado durará hasta 1878. El Papa Pablo VI, al conmemorar el primer centenario de la muerte de este antecesor suyo en el solio pontificio, dijo de él: "Era un verdadero hombre de Dios, que se distinguía por sus eminentes dotes de piedad religiosa y de ardiente celo por las almas... Tenía, sobre todo, el anhelo de servir a la causa de Cristo y de su Evangelio. Servir a la Iglesia: ésta fue la única ambición de Pío IX".
Al Santo Padre le tocó vivir tiempos aciagos en los que las ideologías andaban triunfantes y buscaban forjar un mundo según sus criterios, ajenos al cristianismo. Pío IX hará frente con gran cuidado a los diversos aspectos que presentan estas ideologías, particularmente el laicismo, el racionalismo y el ateísmo. El Papa estaba convencido con toda razón de que al defender la fe de la Iglesia estaba defendiendo el destino del ser humano. Esa perspectiva la vemos manifestarse en forma destacada a través de los diversos Pontífices que lo sucederán.
Precisamente en el siglo XIX, y para los familiarizados con la historia, "un 48" es una expresión que hace referencia a las conmociones que recorren Europa en 1848. En ese año, diversas situaciones violentas obligan al Santo Padre a huir a Gaeta, al sur de Italia. Esto implicará un tiempo de reflexión que influirá decisivamente en sus actos posteriores. En 1850, en medio de la aclamación del pueblo cristiano, regresó a Roma.
El Papa Pío IX convoca al Concilio Vaticano I, que fue inaugurado el 8 de diciembre de 1869. Se producen en aquella ocasión dos constituciones, la Dei Filius, que presenta la enseñanza de la Iglesia acerca de Dios, la Revelación y la Fe, y la Pastor Aeternus, en la que se define el dogma de la infalibilidad papal. Lamentablemente las condiciones de los tiempos impidieron la continuación del Concilio Vaticano I.
En 1870 los Estados Pontificios caen ante el rey Víctor Manuel II, iniciándose un proceso sumamente duro para la Iglesia. También en la naciente Alemania la Iglesia fue perseguida intensamente, así como en otros lugares. Eran tiempos difíciles y la situación que pasaba la Iglesia en Europa hizo sufrir mucho al Sumo Pontífice.
Hombre de profunda vida de oración, de intensa piedad mariana y de honda conciencia del alto don de la Eucaristía, el Papa Pío IX es un ejemplo de quien en medio de complejas responsabilidades responde desde su mismidad al llamado a la coherencia cristiana. Fue convocado a la casa del Padre el 7 de febrero de 1878.
El Papa Juan XXIII
El nombre y la figura del "Papa Bueno", como se suele llamar a Juan XXIII, son ampliamente conocidos. Su famoso "Diario del alma" es una lectura espiritual que alimenta la interioridad de muchas personas. Y hablando de libros, en verdad es sorprendente la cantidad de publicaciones sobre Juan XXIII en vísperas de su beatificación. Basta pasear por las librerías católicas para encontrar expuestos muchos libros, incluso algunos que espigan sus pensamientos en forma de sentencias para la vida cristiana.
Tras el tránsito del Papa Pío XII, cuyo proceso está abierto y muy avanzado, el 28 de octubre de 1958 fue elegido Obispo de Roma y Pastor Universal el Cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, a sus 76 años de edad.
Pocos meses después de iniciado el nuevo pontificado, en enero de 1959, el Papa convocaba a la celebración del Concilio Vaticano II. La idea de la realización de un Concilio no era nueva. De hecho pocos años antes, en el pontificado de Pío XII, se habían empezado los estudios y preparativos para un Concilio universal. Sin embargo, fue el Papa Juan quien llamó a todos los obispos del mundo a un Concilio que, profundizando en la identidad de la Iglesia, buscaría anunciar el tesoro de la fe de la que es depositaria en las diversas realidades en las que viven los hombres y mujeres del mundo de finales del siglo XX. El Concilio Vaticano II constituye un don del Espíritu Santo para la Iglesia de cara a su misión de anunciar al Señor Jesús, el mismo ayer hoy y siempre (Heb 13,8).
Se dice que cuando fue elegido Juan XXIII muchos pensaron que sería un Pontífice de transición. Ciertamente se equivocaron. El Concilio y grandes documentos como las encíclicas Ad Petri Cathedram, Mater et Magistra, Pacem in terris, el radiomensaje Ecclesia Christi lumen gentium, y otros más, van jalonando un pontificado muy fecundo.
Como Pío IX, Juan XXIII ofrece también una vida interior muy intensa. En su caso, desde muy joven ponía por escrito pensamientos y reflexiones. A ello se une una copiosa correspondencia, y por supuesto sus escritos personales y públicos, tanto antes como después de ser elegido Papa. Una muestra la tenemos en este pasaje tomado de unos apuntes de un retiro: "La verdadera devoción consiste en querer todo lo que es servicio pleno y amoroso al Señor. Quererlo con eficacia y prontitud: esto es lo esencial. Quererlo con gozo, es decir, con afecto, con dulzura, con estima, con alegría: esto es accidental y secundario, pero también importante. El sentimiento de la bondad del Señor para con nosotros, y de nuestras miserias, forma un tejido de alegría y a la vez de tristeza. Pero la tristeza misma se endulza: se convierte en estímulo para el apostolado por el ideal, el más noble, de hacer conocer, amar, servir a Jesucristo, y de quitar los pecados del mundo".
El Papa Bueno fue llamado a la casa del Padre el 3 de junio de 1963.
Tommaso Reggio
El 9 de enero de 1818 nacía en Génova quien habría de ser uno de sus más preclaros arzobispos, Tommaso Reggio Pareto. En 1841 fue ordenado diácono y luego sacerdote. Inicialmente, en 1877, fue Obispo de Ventimiglia, nombrado por el Papa Pío IX. Luego, en 1892, el Papa León XIII lo nombra Arzobispo de Génova.
Mons. Reggio fue un convencido de la importancia de la prensa católica, al punto de ser no sólo animador del primer cotidiano católico genovés, sino él mismo periodista. De 1849 a 1874 estuvo muy activo en el mundo de la prensa.
Poco después de ser ordenado Obispo funda en 1878 el Instituto de Hermanas de Santa Marta, dedicado al servicio de los necesitados. Se trata de una obra que va creciendo centrada en la espiritualidad activa de Marta de Betania. De hecho el Obispo exhorta muchas veces a sus religiosas a vivir la vida contemplando y escuchando al Señor y sirviéndolo en los demás. Los temas de la caridad, la humildad y la sencillez al realizar las tareas cotidianas son una constante en su enseñanza.
Un pasaje suyo nos da una imagen de su manera integral de aproximarse al servicio al hermano necesitado en el que tanto insistía. "¿De qué tienen necesidad tantos desdichados que junto a la pobreza sufren graves enfermedades? ¿De qué tienen necesidad tantos huérfanos, tantos jóvenes abandonados, tantos que cumplen penas en las cárceles? ¿De pan? ¿Sólo de pan? ¿O también de una Palabra que da vida? Éstos tienen necesidad de la Palabra de Dios que sacando sus corazones de la oscuridad los ilumine sobre su verdadero bien. Querer el bien no basta en la caridad; ella, como la fe, sin obras está muerta". El 22 de noviembre de 1901, luego de haber dado una vez más muestras de su incansable celo por anunciar al Señor Jesús, fue llamado a la Casa del Padre.
Guillermo José Chaminade
En 1761, el 8 de abril, nació en Périgueux, al sur de Francia, Guillermo José Chaminade. Niño aún, en 1770, comenzó sus estudios en el Colegio Seminario dirigido por la asociación sacerdotal San Carlos de Mussidan, a la que luego pertenecería. Fue ordenado sacerdote en 1785.
Con la Revolución Francesa su ministerio sufrió el cambio lógico que la persecución habría de producir. Para pasar desapercibido se muda a Burdeos, desde donde, luego de una serie de vicisitudes, fue en 1797 desterrado a Zaragoza, España.
En 1800 el padre Chaminade logra regresar a Burdeos. Allí funda la Congregación de María Inmaculada, el 2 de febrero de 1801. El mismo año fue nombrado Misionero Apostólico por la Santa Sede. La Congregación es unitaria, contando con varias ramas. Es un nuevo modelo de congregación mariana. En su seno surge un grupo que el Buen Padre G. José bautiza como "el Estado", en alusión a la vida religiosa en medio del mundo. Sus primeras fundaciones van de 1801 a 1814, y constituyen asociaciones centradas en el apostolado multiplicador. En 1816 fundó el instituto religioso de las Hijas de María Inmaculada. Al año siguiente, fundó la Sociedad de María para varones.
Chaminade fue un apóstol. Su celo por la evangelización es modélico. Estaba convencido de la necesidad de ahondar en la fe y acompañarla con obras. Era un sacerdote ejemplar, sumamente pastoral. La vida activa no lo llevó a prescindir de la oración, todo lo contrario. Central en su aproximación es el misterio de la Encarnación del Señor. En muchos aspectos se le ubica en la escuela francesa de espiritualidad. En algún momento llega a considerar a Juan Jacobo Olier como el maestro espiritual que concretiza muchas de sus aspiraciones, aunque no todas. Especialmente significativos son los planteamientos ascéticos y de virtudes fundamentales que propone que el cristiano debe recorrer. La Santísima Virgen María es central en su aproximación a la fe. Bebiendo de muchas fuentes presenta una mariología muy completa.
Un autor espiga e hilvana algunas citas de Chaminade que dicen: "Todas la edades de la Iglesia están señaladas por los combates y los gloriosos triunfos de la augusta María. Desde que el Señor sopló las enemistades entre Ella y la serpiente (Génesis 3,15), ha vencido constantemente al mundo y al infierno. Todas las herejías, nos dice la Iglesia, han inclinado la frente ante la Sma. Virgen, y poco a poco las ha reducido al silencio de la nada".
"El poder de María no ha disminuido. Creemos firmemente que Ella vencerá esta herejía (la indiferencia) como todas las demás, porque Ella, hoy como siempre es la Mujer por excelencia, esta mujer prometida para aplastar la cabeza de la serpiente. Y Jesucristo al no llamarla jamás más que con este gran nombre, nos enseña que Ella es la esperanza, la alegría, la vida de la Iglesia y el terror del infierno. A Ella, pues, está reservada en nuestros días una gran victoria; a Ella pertenece la gloria de salvar la fe del naufragio de que está amenazada entre nosotros".
"De todo esto se sigue que, hoy más que nunca, María debe ser el objeto de nuestros homenajes y la razón de nuestra esperanza. Sí, honrémosla, rodeemos sus altares, recurramos a su mediación poderosa. Pero para que nuestros corazones sientan más amor sepamos apreciarla estudiándola".
"Si la conociésemos, si comprendiésemos su maternal solicitud para con los hijos que Jesús le ha confiado, si nos fuese dado leer en su corazón todas las invenciones de su ternura para salvar el mundo del naufragio universal, cuyas costumbres y cuya fe están amenazadas, nos daríamos más a su culto. Su nombre estaría más a menudo y con más confianza en nuestros labios, y experimentaríamos con mayor delicia los preciosos efectos del poder puesto en sus manos".
El gran apóstol de Burdeos, tras experimentar muy grandes sufrimientos, abandonos y maltratos, asociándose así intensamente a un camino de cruz, fue convocado a la presencia de Dios el 22 de enero de 1850, en Burdeos.
Dom Columba Marmion
Luego de nacer en Dublín (Irlanda), el 1 de abril de 1858, fue bautizado con el nombre de José. En la Solemnidad del Corpus Christi, en 1881, fue ordenado sacerdote. Una visita a dos abadías benedictinas, Montecassino (Italia) y Maredsous (Bélgica), atrajeron al joven hacia el universo benedictino. Escribió en una ocasión: "Debo ser monje, porque Dios me ha revelado la belleza y la grandeza de la obediencia".
Tras ejercer como vicario en Dundrun, en las cercanías de Dublín, el 21 de noviembre de 1886 ingresó en el monasterio benedictino de Maredsous. Allí asume el nombre de Columba, con el que será conocido. Desde 1909 hasta 1922 fue Abad de ese monasterio.
Su espiritualidad se encuadra en la benedictina. Está sellada por un intenso cristocentrismo. "Algunos -decía- buscan a Dios en Jesucristo y aceptan la humanidad de Cristo, pero se quedan allí. No es suficiente. Debemos aceptar la Encarnación con todas sus consecuencias". Esta perspectiva que mira al Señor Jesús se aprecia con facilidad al recorrer los títulos de sus famosas obras: "Cristo, vida del alma"; "Cristo en sus misterios" y "Cristo, ideal del monje".
Como en la vida de todo cristiano coherente, en la de Dom Columba no se encuentra ausente la caridad. En eco de unas aproximaciones evangélicas de su fundador San Benito, dice: "Abandonar al más pequeño de nuestros hermanos, es abandonar a Cristo mismo".
Su gran fama está ligada al impulso que dio al movimiento litúrgico que como fuerte afluente terminará desembocando en el Concilio Vaticano II. Dom Columba vive una espiritualidad centrada en la Eucaristía. La dimensión trinitaria está presente en toda su obra. El famoso monje cuyos escritos han sido alimento de millares de cristianos del siglo XX, fue convocado a la presencia del Padre Eterno el 30 de enero de 1923.
¡A ser santos!
Las beatificaciones de estos cinco cristianos ejemplares que han vivido intensamente el seguimiento de Jesús son un fuerte clamor a la santidad.
El mundo parece insensible a la dimensión profunda de la realización del ser humano. Pero los millones de jóvenes reunidos en Roma en la Jornada Mundial de la Juventud dan un rotundo mentís a quienes reducen el mundo juvenil a la búsqueda de la sensualidad, a la diversión y a una vida superficial. Hay quienes a fuerza de dejarse anestesiar por un intenso bombardeo de frases hechas y conceptos de la cultura de muerte han dimitido de su clamor interior. Pero no son todos. Ni mucho menos, en los pueblos de raíces católicas de América, la mayoría.
En el Congreso Eucarístico en Lima, el 31 de agosto, decenas de millares de jóvenes mostraban que la inmensa lección de los dos millones reunidos en Tor Vergata, en Roma, no es un fenómeno circunscrito a condiciones especiales, sino algo que se encuentra más difundido. La juventud tiene hambre de Dios, sed de infinito, y lo percibe. Esa hambre y esa sed sólo pueden ser colmadas por el Señor Jesús, "Pan de Vida", por Aquel que es fuente de "agua viva".
Estos testigos del seguimiento de Jesucristo cuyas vidas cristianas son presentadas ante el mundo tienen sin duda un sentido de convocatoria para que de cara al siglo XXI cada quien responda al clamor profundo de su mismidad y mire al Señor Jesús con la convicción profunda de que sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida; sólo Él es la respuesta plena a los anhelos más profundos del ser humano.
Luis Fernando Figari
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