Star Trek, hoy

 

La televisión y el cine son un poderoso medio que influye de una manera sorprendente en los espectadores. No es infrecuente que tras una aparente inocencia o excusa de diversión se transmitan perspectivas de la existencia humana que no responden a la recta jerarquía de valores. Y eso sucede de muchas maneras. Hay casos que incluso exigirían un discernimiento mayor. Por ejemplo el de la "startrek-manía", que a pesar del paso de los años aún subsiste.

 

¿Un mensaje?

La serie original con el capitán Kirk, la impasible personalidad del vulcano Spock y el pintoresco médico de a bordo fue el inicio de esta especie de avalancha. Luego apareció Next Generation, con el único capitán no estadounidense de las diferentes etapas en que se ha venido desarrollando la serie, Picard. Está acompañado de la telépata Troy, la misteriosa Guinan (Whoopi Goldberg), el malévolo personaje identificado con la letra "Q" -figuración semi autónoma de una tan poderosa como misteriosa fuerza transdimensional colectiva llamada Continuum-, así como por la despersonalizada mente colectiva de los bio-implantados "el/los Borg", y el conjunto de personajes que pueblan las decenas de capítulos de la segunda serie de Star Trek. La continuación vino en las aventuras en la base espacial Deep Space Nine ubicada en las vecindades de un agujero interestelar. En ella el comandante Sisko, el simbiótico Dax, con los individuos en los que se alberga, y la grotesca avaricia de los ferenyi, forman la tercera serie. Luego apareció una cuarta serie, Voyager, con la escéptica y solitaria capitana Janeway y sus compañeros de episodios. Además de mantenerse los programas holográficos de recreación, aparece un médico virtual u holográfico, es decir, un programa computarizado que se proyecta en una imagen humana. A través de no pocas mutaciones accidentales de personajes, naves y lugares, Star Trek ha venido mostrando ser no sólo una lucrativa inversión de Hollywood, sino también un entretenimiento televisivo y cinematográfico que va dejando un mensaje "cautivador". Ante ello se impone una lógica pregunta: ¿qué exactamente contiene ese mensaje?

Sería altamente ingenuo considerar el largo trayecto de la serie -desde la película piloto La jaula y su aparición en la pantalla chica, en 1967, pasando por las aventuras de la nave estelar Enterprise hasta la Voyager y todo lo que representa el vasto fenómeno de Star Trek- sin tomar en cuenta que a través de los episodios, películas y etapas se va transmitiendo una filosofía de la existencia, una cosmovisión.

Sorprende que aún hoy exista en su país de origen y en otros muchísimos lugares una verdadera manía por las películas y personajes de Star Trek. En muchos países se transmite la serie. Se han vendido millones de ejemplares de libros sobre ella. Decenas de millares de incondicionales se identifican con los personajes y la parafernalia de Star Trek. Sin duda, hay algo en la serie creada y diseñada, en sus líneas fundamentales, por Gene Roddenberry, desde 1967 hasta su fallecimiento en 1992, que fascina a muchísimas personas. Su influjo en la cultura global en proceso es muy grande. Especialmente en su país de origen. Una muestra es que el primer shuttle norteamericano llevó el nombre de la nave estelar de la serie como un homenaje a Star Trek. Incluso, como un reconocimiento al "moderno mito", las salas de exposición del Smithsonian National Air and Space Museum acogen un prototipo del Enterprise que ocupa su lugar "histórico" junto a aeronaves como el Espíritu de San Luis. Aunque significativo, a eso no se limita su influjo.

 

¿Ficción o ideología?

Algo del trasfondo de la historia de las series de Star Trek se puede apreciar en la interesante presentación que William Shatner (quien hace del capitán Kirk en los 79 capítulos de la primera serie y en algunos de los varios largometrajes que se han venido produciendo) y Leonard Nimoy (quien actúa como Spock) hicieron en el especial producido por el 25 Aniversario, y luego en otro especial en 1998, La verdadera historia, por H.)Solow y R. Justman.

El asunto es complejo: son cuatro series en una, un muy numeroso público, y una cosmovisión que implica un conjunto de "categorías valorativas" y ciertamente una filosofía, así como una sutil ateología o total prescindencia de Dios. Los niños y los jóvenes que ven las películas, así como buen número de adultos, van asimilando una visión del mundo y de la realidad que inadvertidamente va entrando en sus categorías de pensar sobre el pasado, el presente y el futuro del género humano. Obviamente tal perspectiva puede influir también sobre la imagen que de sí mismos se hacen los espectadores.

La visión que Gene Roddenberry, el antiguo aviador vuelto escritor -cuya leyenda empieza a inventarse-, y sus colaboradores transmiten en los episodios de las diversas Star Trek no es inocua. Ciertamente es una determinada visión del mundo que resulta atractiva al espectador por estar teñida de un viso optimista sobre el futuro. Sin embargo, se percibe un trasfondo racionalista, un reduccionismo naturalista como resumiendo todo lo real y la convicción de que todas las creaturas son capaces de entenderse entre sí a pesar de diferencias culturales galácticas y resolver todos sus problemas exclusivamente a través de recursos científicos, tecnológicos y utilitarios. La religión es presentada como algo subjetivo, y queda librada a una categoría casi folklórica o exótica con una cierta funcionalidad psicológica o social en determinados mundos, usualmente con rasgos primitivos. Dentro del mito cientista se vinculan las manifestaciones religiosas a elementos medio mágicos y fantásticos, en última instancia reducibles a parámetros científicos o naturalistas. La dimensión metafísica no es nunca explicitada, lo que expresa la opción de los productores de las series. No es un secreto la activa militancia de Roddenberry en las filas del "humanismo" secularizante y naturalista. Tampoco que fue públicamente premiado por ella. Entretejida con las aventuras, la fascinación de descubrimientos espaciales, de otros homínidos en lejanas galaxias, los dramas psicológicos, y los raudales de tecnología-ficción que aparecen con efecto de realismo científico, se va presentando una perspectiva del mundo y de lo "real" que va más allá de la ciencia-ficción para ubicarse de lleno en el campo de la ideología, y quizá pudiera decirse de la transferencia ideológica.

 

Una muestra

Una de las muchas cosmovisiones naturalistas que aparecen en Star Trek es la de los habitantes del planeta Ferenyinar. Todo en él está regido por la medida costo-beneficio. Más allá de personajes pintorescos como Quark, su hermano Rom, la rebelde financiera madre de ambos Ishca, o el gran líder de la alianza ferenyi, un voluptuoso e inescrupuloso centenario llamado Sek, que muestran con sus actos la filosofía de la vida ferenyi, las llamadas "Reglas de adquisición" son la explicitación de la reducción de todo a la utilidad.

La imagen de los ferenyi parece coincidir con ciertos rasgos de la escuela pragmática que todo lo mide según el costo-beneficio. No es ficción, tal ideología existe hoy difundida. El funcionalismo lo absorbe y mide todo, convirtiéndose en la práctica en un código de conducta. Por eso son reveladoras las "Reglas" ferenyi, que aunque alguna vez presentadas como incómodas para otros, son ampliamente toleradas, y se llega a valorar su utilidad e incluso se percibe una cierta simpatía por la artería que expresan.

Una breve lista puede dar una idea de los anti-valores que transmite la visión ferenyi. "Nunca permitas que la familia sea un obstáculo a una oportunidad". "Todo lo que vale la pena hacer vale la pena por dinero". "La ganancia se justifica con la ganancia". "Todo está en venta, hasta la amistad". "No existe nada más peligroso que un comerciante honesto". "Mantén tus mentiras consistentes". "Ni siquiera la deshonestidad puede manchar el brillo de la ganancia". "No hay nada malo con la caridad... mientras termine en tus bolsillos". "Ninguna buena obra queda sin castigo".

 

Evaluación crítica

Como género, Star Trek no se ubica en la línea de denuncia de una posible destrucción de la humanidad. Más bien su nota optimista la ubica como una poderosa "utopía" futurista. Es claro que en la fantasía de Roddenberry se ofrecen no pocos valores como el esfuerzo por el reconocimiento a los demás, el debido respeto a las diferencias y a las minorías, la solidaridad y otros que requerirían ser evaluados desde un marco adecuado humano y cristiano. Pero, también se descubren constantes reduccionismos y antivalores, unas veces implícitos, otras explícitos. La visión secularizante y reductivo-naturalista de la existencia es un ejemplo claro. Igualmente los prejuicios ideológicos antirreligiosos. También una perspectiva relativista en torno a la verdad, y un sentido donde no pocas veces las fronteras del bien y el mal se diluyen. Y otros más.

Sin duda una aproximación madura y crítica puede distinguir los valores de los antivalores. Con una perspectiva así quizá las series pueden convertirse en un entretenimiento, según los casos e intereses. Pero, de faltar esta mediación crítica, tras el telón del entretenimiento y de la atracción de este "mito futurista", que tan fuerte impacto ha causado en la cultura norteamericana y en las áreas que ésta influencia, se desliza una visión de la existencia que va socavando notas esenciales de la integral realidad humana y que ciertamente no está conforme con la visión cristiana de la vida.

 

Luis Fernando Figari

 

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