En Navidad se celebra con espíritu de gozo y de acción de gracias el nacimiento del Señor Jesús del seno inmaculado de la siempre Virgen María. Para el cristiano que peregrina en la tierra nada debe oscurecer el sentido profundo del misterio que celebramos. El Verbo Eterno se ha hecho hombre para redimir y reconciliar a los seres humanos. El acontecimiento llama a fijar la mirada, una vez más, en el misterio de la Anunciación-Encarnación, en la centralidad del Señor Jesús y en la sobrecogedora luz que arroja sobre el propio hombre y su relación con Dios. De Él brota la clave para iluminar la identidad del ser humano y su misterio, y surge la fuerza para que las personas se realicen en plenitud. Él permite comprender la relación del hombre con Dios, del hombre consigo mismo, con los demás, con el cosmos, y avanzar por el sendero plenificador de la cuádruple reconciliación.
Ante la gran conmoción que alborota a buena parte de la humanidad por el cambio de milenio, cabe resaltar el centro y origen de cuanto ello pueda significar. Éste es la venida al mundo del Señor de la Historia. Nada ni nadie puede reemplazar la centralidad del Acontecimiento en el que toda la historia encuentra su plenitud. Así, más allá del avanzar hacia el nuevo milenio, que es en última instancia tan sólo un momento significativo en el tiempo que nos toca vivir, debe enfocarse toda la atención hacia lo que es esencial, el misterio de Dios Amor que sale al encuentro del ser humano, redimiéndolo e invitando a cada persona a recorrer el camino de su realización y plenitud en la Iglesia.
¡Jesús de Nazaret es el Señor! La Navidad recuerda esa verdad fundamental de salvación. No es una realidad pasada, sino un acontecimiento dinámico que ocurrido hace dos mil años se despliega a través de la historia, con la fuerza de su permanencia vivificante, reconciliadora. Por ello, debemos recordar que "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre".
Puerta Santa
Este año, la conmemoración del nacimiento del Señor Jesús viene acompañada de una especial celebración. En la noche de Navidad, en una solemne ceremonia el Papa Juan Pablo II abre la Puerta Santa de la Basílica Vaticana, dando inicio al Gran Jubileo del Año 2000. Para la Iglesia, el Jubileo es verdaderamente un "Año de gracia". Es un momento especial del tiempo, es un período intenso conmemorativo de la salvación de Dios, donde se vive de manera especial la conversión, el arrepentimiento, el perdón, se restaura la concordia, la paz, la justicia y se profundiza en el camino de santidad. Es un "tiempo especial de salvación". Es año de perdón de los pecados y de las penas por ellos, es año de reconciliación.
Con miras a la celebración de este importante Año Santo, en el que se celebra el dos mil aniversario del nacimiento del Señor Jesús, el Pueblo de Dios se ha venido preparando, meditando en el misterio de la Trinidad, en lo que enseña la fe de la Iglesia. Así lo recordaba el Papa Juan Pablo II, al convocar el Año Santo del 2000: "Al celebrar la Encarnación, tenemos la mirada fija en el misterio de la Trinidad". Es un tiempo especial de autoconciencia de la Iglesia, que alegre y jubilosa se dispone a conmemorar el don de la Buena Nueva que invita hoy como ayer a la evangelización y a la reconciliación.
La celebración de los años jubilares se vincula a la memoria de la historia de la salvación, sobre todo a la Encarnación y nacimiento del Señor y a su misterio Pascual. El primer Jubileo de la Iglesia, que se recuerde, tuvo lugar en el año 1300, convocado por el Papa Bonifacio VIII. Recuperando una antigua tradición concedió "abundantes perdones e indulgencias de los pecados" a cuantos peregrinasen a Roma. Con el Papa Pablo II, en el siglo XV, se fijó el tiempo de 25 años para celebrar cada año jubilar. Desde entonces se han celebrado hasta el día de hoy 25 Jubileos Ordinarios. Éstos se distinguen de los Jubileos Extraordinarios, que no se repiten periódicamente. En este siglo, se han realizado dos de éstos, para conmemorar respectivamente el 1900 y 1950 aniversario de la Redención.
Hacia la vida
"¡Convertíos y creed en el Evangelio!". Escuchar el llamado a vivir coherentemente la fe y responder a él es la clave del Año Santo. Es, sin duda, un tiempo especial de conversión y de penitencia. Es tiempo de tomar muy en serio las luces de la fe para la vida diaria. Es una ocasión de gracia en que el Pueblo de Dios se moviliza, discerniendo cada uno cómo ha venido respondiendo a los dones de Dios, avanzando en un compromiso de santidad, con todo lo que él implica, dando testimonio de la propia fe, del encuentro con el Señor Jesús. De cara al umbral del tercer milenio, el Gran Jubileo del año 2000 es una intensa invitación a cada uno a dejarse evangelizar y reconciliar, para que así pueda ser un servidor de la evangelización y la reconciliación. María Santísima, con su sapiencial obediencia, se presenta como modelo a seguir para mejor responder al divino Plan y su voz se hace audible a nuestros oídos cuando escuchamos que nos dice: ¡Hagan lo que mi Hijo les dice!
Luis Fernando Figari
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