Un Ministerio de Amor
A los veinte años

 

No es con facilidad que la mente se vuelve hacia 1978. El correr del tiempo da la impresión de avanzar más que los años que nos separan de los momentos intensos de entonces. Sin duda se trata de un año singular. Tras el tránsito del Papa Pablo VI, que dando testimonio de fe y amor tuvo la responsabilidad de guiar la Barca de Pedro de 1963 al 6 de agosto de aquel año, veinte días después, vino la elección del Cardenal Albino Luciani. Con el nombre de Juan Pablo I ejerció el ministerio petrino hasta el 28 de setiembre. El Papa de la Sonrisa dejó un legado claro: ¡Es posible ser cristiano hoy! En medio de un creciente secularismo la sencillez, la alegría, la fe del Papa Luciani constituyeron un anuncio vitalizador para el mundo creyente.

 

El Cardenal Wojtyla

Tras el humo blanco que señalaba la elección de un nuevo sucesor de San Pedro, llegó el anuncio: "Habemus Papam". Se trataba de Karol Wojtyla, un hijo de Polonia. Nació el 18 de mayo de 1920. Quedó huérfano de madre a los 9 años. Su padre, militar de carrera, lo educó con un estilo que integraba la austeridad, el hondo sentido religioso y el afecto paternal. Cuando contaba con 21 años de edad, muere su padre. Este hecho lo impacta hondamente y lo lleva a reflexionar sobre el sentido y la transitoriedad de la existencia.

En 1938 ingresa a la universidad, para tener que abandonarla por la invasión nazi de Polonia. Trabaja entonces como obrero de la fábrica Solvay. Haciéndose un tiempo en sus labores participa en representaciones del teatro rapsódico y de recitación, al tiempo que escribe poesía. Se trataba de un asunto delicado. Eran encuentros clandestinos que estaban prohibidos por los nazis. Ya por ese tiempo busca ayudar a los judíos a escapar de la horrenda persecución del nazismo.

Un buen ámbito para la profundización en la fe del joven Wojtyla fueron las reuniones de grupo promovidas por el padre Jan Mazarski y el laico Jan Tyranoski. En ellas se familiariza con la ascética y la espiritualidad a través de la obra del padre Tanquerey, con Don Bosco, así como con los místicos carmelitas. Sus reflexiones lo llevan en 1942 a la convicción de que el Señor lo llama a ser sacerdote.

Ingresa al Seminario clandestino de Cracovia alentado por el Arzobispo Sapieha. Trabaja de día; luego, al terminar, va cursando los estudios de filosofía y teología. El 1 de noviembre de 1946 es ordenado sacerdote. Luego viaja al Angelicum, en Roma, a culminar sus estudios de teología. En 1948 obtiene su doctorado con una tesis sobre San Juan de la Cruz. Ya en ella se perciben algunas primeras manifestaciones del tomismo existencial o personalista del cual será luego un brillante exponente.

Al regreso a Polonia, comparte el tiempo trabajando en una parroquia y enseñando religión en varias escuelas. Tres años después retorna a la universidad a estudiar filosofía, presentando una tesis sobre la filosofía de Max Scheler. Para entonces el tomismo renovado del padre Wojtyla muestra la asimilación de un existencialismo personalista abierto a la trascendencia, así como perspectivas fenomenológicas. Se trata de una nueva síntesis que se identificará en un momento con un sector de los integrantes de la Universidad de Lublín. La obra que publicará posteriormente -Persona y acto- será una expresión madura de esta escuela filosófica.

Su paso por las cátedras de Ética y Teología Moral en las universidades de Lublín y de Cracovia alcanza un muy alto nivel académico. En ellas se descubre la semilla de la evangelización de la cultura en la que tanto insistirá luego. Su labor en la educación catequética centrada en la idea de que la adhesión a la fe debe hacerse concreta en la vida diaria va sellando su labor pastoral, que ejerce incansablemente. Su hambre de infinito lo compartía con entusiasmo, alentando a los demás a vivirlo cotidianamente.

Numerosos trabajos y publicaciones van jalonando el correr de los años. Entre ellos destaca Amor y responsabilidad. Mientras tanto, en 1958 es consagrado Obispo, más adelante Arzobispo de Cracovia, y en 1967 es creado Cardenal por el Papa Pablo VI. Su lucha por la libertad de la Iglesia ante la opresión comunista es una constante que alcanza una expresión simbólica en la construcción del templo de Nova Huta. Su labor pastoral en Polonia y su participación en el Concilio Vaticano II han sido ampliamente estudiadas, en particular su intervención en el comité redactor de la Constitución Gaudium et spes.

 

S.S. Juan Pablo II

"¡Alabado sea Jesucristo!" fueron las primeras palabras que pronunció al aparecer ante el Pueblo de Dios y el mundo en la Plaza de San Pedro. Dijo venir de "un país lejano, lejano, pero muy cercano siempre por la comunión en la Fe y en la Tradición cristiana". Era el día 16 de octubre de 1978.

Desde la Capilla Sixtina, al día siguiente, trazó rápidamente algunas "líneas programáticas". "Ante todo queremos llamar la atención sobre la importancia perenne del Concilio Ecuménico Vaticano II, y aceptamos el deber ineludible de llevarlo cuidadosamente a la práctica". En ese sentido se puede ver el desarrollo del actual pontificado como un constante esfuerzo por llevar adelante las auténticas reformas del Concilio, invitando al cambio a quienes se aferran a formas descuidando contenidos y al mismo tiempo advirtiendo a quienes han mal interpretado el aggiornamento sucumbiendo al secularismo en alguna o varias de sus formas y disipando su identidad como hijos de la Iglesia. Tras veinte años de pontificado el Concilio permanece como un horizonte y como un camino a ser recorrido por el Pueblo de Dios de cara al tercer milenio de la fe. La encíclica Fides et ratio se puede fácilmente ubicar en estas coordenadas de renovación y fidelidad.

El tema eclesiológico ocupa también la atención del Papa. "Es necesario… que tomemos de nuevo en las manos la "magna carta" del Concilio, es decir, la Constitución Dogmática Lumen gentium para que meditemos con renovado afán y entusiasmo sobre la naturaleza y misión de la Iglesia, sobre su modo de existir y de actuar". En ese marco habló del vínculo colegial "por el cual, los obispos se unen íntimamente con el Sucesor de San Pedro y todos entre sí". El recto ecumenismo, la búsqueda de la justicia, la paz, la libertad, la primacía de lo moral, espiritual y religioso como base en la construcción de una nueva sociedad, la motivación de todo desde el Evangelio, la perspectiva de la Gaudium et spes, la caritativa atención a los débiles, pobres, afligidos y la teología del dolor relacionada con la Pasión del Redentor son notas que hemos visto plasmarse una y otra vez y que ya aparecían como en semilla en esos lineamientos del '78.

En aquella ocasión el Papa define la suprema función a la que ha sido llamado como una de fidelidad, "manteniendo íntegro el depósito de la fe, cumpliendo aquellos especiales mandatos de Cristo, que entregó a Simón, constituido piedra de la Iglesia, las llaves del Reino de los Cielos, que le mandó confirmar a los hermanos y apacentar las ovejas y corderos de su grey en testimonio de amor".

El Papa Juan Pablo II destacaba así las coordenadas fundamentales en las que ha venido ejerciendo su ministerio petrino. Y destacaba al mismo tiempo la característica con que lo hemos visto anunciar el Evangelio por los confines de la tierra, sin conocer la fatiga. Dice: "tan eximio ministerio ha de hacer siempre referencia al amor, como a la fuente en que se alimenta y al clima en que se desarrolla". Por ello es que dice enfático: "queremos que nuestro ministerio sea, desde el comienzo, en todas las formas en que se manifieste y exprese, un ministerio de amor".

La confianza y filial devoción a la Virgen María, la fidelidad a su suprema misión, y el ejercicio de la misma signado por el amor han sido características fundamentales de estos veinte años. La fidelidad que proclamó el 17 de octubre se constata en sus enseñanzas y en el aliento a los hijos e hijas de la Iglesia a ser fieles, a ser coherentes con la fe. La invitación del Papa Juan Pablo II, el 22 de octubre de 1978, en la inauguración del pontificado, viene resonando con ardor desde entonces: "¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!". "Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo!".

 

Artículo de Luis Fernando Figari aparecido en el diario “Correo” (Perú) el 23 de octubre de 1998

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