A lo largo de este trabajo se han ido recogiendo conclusiones y presentando opiniones ante lo que se iba pasando revista. Así pues, al llegar al final no se hace necesario un largo balance, sino referirse a lo ya señalado. Sin embargo, cabe puntualizar algunas cosas.
Leer las páginas en que se plasmaron las reflexiones episcopales mueve a reflexionar, con tristeza, por tanto tiempo perdido, tanto daño fruto de las lecturas ideologizadas que han pretendido apropiarse de Medellín. ¿Alguna vez se detendrán a pensar en el inmenso mal que han hecho a la Iglesia y a los pobres aquellos que --por causas que no es del caso analizar ahora-- han tergiversado sistemáticamente Medellín y han introducido absurdos conflictos en el seno de la Iglesia, desde sus perspectivas enfeudadas al prisma ideológico? Se trata de una tergiversación realizada principalmente por medio de una hermenéutica horizontalista de un hecho que siempre se centró en la fe y se desarrolló como manifestación de la vida eclesial.
Esta situación sólo ha sido posible debido a una sistemática lectura intencionada que entresacaba textos, descontextualizándolos, dándoles un sentido del todo diverso al que originalmente tenían. No ha sido un proceso fortuito, sino que ha respondido a un código selectivo que respondía a enfoques del llamado "análisis marxista" y prescindía sistemáticamente del Medellín real, como de su contexto y su naturaleza. El hecho constituye un verdadero escándalo en el peregrinar del Pueblo de Dios en América Latina.
La lectura global de Medellín muestra con toda claridad que las características de las ponencias, los dos documentos-síntesis y las Conclusiones, ofrecen una línea coherente que revela los auténticos perfiles de Medellín, del auténtico, del Medellín real, no del fraguado. Ante la falaz invención la realidad eleva su protesta.
Sin embargo, la magnitud de la falsedad sobre la cual se fueron construyendo algunas teologías de la liberación, hoy ya categorizadas como erradas, al menos desde una perspectiva eclesial, ha gastado muchos esfuerzos y ha costado mucho en términos de cambio social y construcción de la Iglesia. Nadie puede ignorar lo grave del tiempo perdido, los recursos consumidos en esclarecimientos ante la "deformación" que nunca se debió producir, el dolor y el escándalo por la introducción de ideologizados conflictos en la familia eclesial, en fin tantos obstáculos innecesarios al ya difícil peregrinar hacia la ansiada Civilización del Amor.
Junto a la Iglesia que se presenta sanando sus heridas ante el V Centenario de la Evangelización, está el sufrido pueblo, los pobres cuyo número ha aumentado, así como sus sufrimientos, a lo largo y ancho de América Latina. Aquellos que en subjetivistas opciones se dejaron llevar por visiones erradas --quizá paradojalmente hasta con buena voluntad-- no han dejado de aportar una cuota muy grande en el sufrimiento, la desazón y la violencia que hoy aqueja a millones de latinoamericanos, y entre ellos a un altísimo porcentaje de pobres.
A la luz del tiempo transcurrido se ve claro que sólo un triunfalismo ciego y pedante puede ignorar la situación. La Iglesia en América Latina sería definitivamente otra, mucho mejor, si se hubiera evitado esa sistemática deformación del Medellín real, y ese espíritu de capilla que osadamente se alzó como una absurda "iglesia paralela" frente a la Iglesia del Señor. El sentido partidista y conflictual, la búsqueda de tantas compensaciones personales sin importar el costo eclesial y social, no pueden ignorarse, aunque sí, como todo, perdonarse siguiendo los pasos de Aquel que es magnánimo en el perdón.
Quizá alguno piense que estos juicios son algo duros. Pienso que mucho más duras son las realidades que los suscitan. En todo caso cada cual es libre de hacer el esfuerzo de mirar objetivamente la realidad del todavía llamado Continente de la Esperanza y ver los frutos amargos causados por las distorsiones de Medellín, y hacer su propio balance. También --es bueno ponerlo acá-- cada cual puede contemplar el camino recorrido desde Medellín hacia Puebla y en dirección al V Centenario de nuestra evangelización, la purificación y maduración del Pueblo peregrino y el horizonte de esperanza de una Iglesia que, esperando siempre ser fiel a la misión que le encomendó el Señor, se alza en medio de las dificultades como una antorcha viva que ilumina el caminar de pueblos y naciones dando luz y calor, predicando al Señor Jesús, Hijo de María, que con su muerte y resurrección nos donó el camino y la fuerza de la reconciliación.
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