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XII. LO QUE DICEN LAS CONCLUSIONES


Después de haber reflexionado sobre los dos documentos medellinenses de tipo global que permiten una visión sintética del Medellín real, se puede uno aventurar --contando con las limitaciones de un estudio como el presente-- por la frondosa floresta de las Conclusiones. Ellas, como bien sabemos, son el resultado del trabajo de las Comisiones y Sub-comisiones pastorales, cuyas divisiones y nombres se corresponden.

Para mejor captar el sentido y el mensaje de Medellín procuraremos hacer con los dieciséis documentos restantes lo realizado con los dos primeros[142], aunque de una manera más breve. La tarea es natural continuación de la emprendida con los dos documentos-síntesis del gran hito del peregrinar del Pueblo de Dios por estas tierras latinoamericanas. El resultado del análisis del Mensaje a los Pueblos de América Latina y la Introducción iluminará la búsqueda del sentido global de Medellín en las diversas Conclusiones. Al poner de relieve las ideas-fuerza del conjunto se va dibujando sintéticamente el perfil del mensaje medellinense. Dado el volumen de las Conclusiones y el fin buscado por esta reflexión de captar el sentido global de Medellín, no es objetivo de este trabajo ofrecer una pormenorizada cita de todas las referencias pertinentes, sino tan sólo de las suficientes para ilustrar los puntos.

OPCIÓN POR EL HOMBRE

Al leer la Conclusiones no se puede menos que descubrir una viva conciencia de la centralidad de la persona humana, dando expresión documentaria a un acento singularmente actual en la vida cristiana, el "antropocentrismo teologal", característica de la peregrinación de la Iglesia de nuestros días. Brilla con toda claridad la evidencia de una idea-fuerza que ilumina todo el hecho Medellín y es lo que Juan Pablo II llamará "opción radical por el hombre"[143].

Tal opción no se realiza desde una perspectiva intra-histórica, sino desde la fe. Dios Amor va al encuentro de su creatura en el Señor Jesús para generar una amorosa dinámica reconciliativa que lo envuelve todo. El viene a "reconciliar a todos los hombres con el Padre"[144] y a manifestarse como Señor de la Vida y de la Historia. "En la Historia de la Salvación la obra divina es una acción de liberación integral y de promoción del hombre en toda su dimensión que tiene como único móvil el amor. El hombre es "creado en Cristo Jesús", hecho en El "criatura nueva". Por la fe y el bautismo es transformado, lleno del don del Espíritu, con un dinamismo nuevo, no de egoísmo sino de amor, que lo impulsa a buscar una nueva relación más profunda con Dios, con los hombres sus hermanos, y con las cosas"[145].

Para los Padres en Medellín resulta totalmente claro y decisivo que: "Sólo a la luz de Cristo se esclarece verdaderamente el misterio del hombre"[146]. En el Señor Jesús que sale a su encuentro descubre el ser humano concreto su verdadera y profunda identidad, toma conciencia de su realidad y del sentido mismo de la vida, toma inspiración y fuerza para el cambio y reorienta sus potencias acogiendo en sí mismo el amoroso don de la reconciliación para vivir su fuerza liberadora y compartirla con los demás buscando irradiar el amor por el que ha optado vivir.

No cabe duda del sentido en que se sitúa Medellín. "Cristo pascual, "imagen del Dios invisible", es la meta que el designio de Dios establece al desarrollo del hombre, para que "alcancemos todos la estatura del hombre perfecto""[147]. La opción por una visión integral del ser humano y de su desarrollo, explícitamente tras las huellas de Pablo VI, lleva a descubrir el sentido universal de esta orientación que irradia a toda la realidad de la persona. "El amor, "la ley fundamental de la perfección humana, y por lo tanto de la transformación del mundo" no es solamente el mandato supremo del Señor; es también el dinamismo que debe mover a los cristianos a realizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la libertad"[148].

Al leer Medellín no solamente no se descubre el reduccionismo intra-histórico y de un humanismo de práxicos sesgos materialistas, y por lo tanto truncado e incompleto, sino que incluso se encuentran advertencias contra erróneas banderas que algunos alzarán luego supuestamente en nombre de Medellín, pero en realidad de espaldas al Medellín real. "No confundamos progreso temporal y Reino de Cristo; sin embargo, el primero, "en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al Reino de Dios""[149].

La opción por el hombre se hace desde la fe, nunca a costa de la fe. Los Obispos no caen en reduccionismo alguno. Los Escila y Caribdis que pueden presentarse en una concreción encarnatoria son cuidadosamente evitados. Ni la confusión reductiva ni el dualismo evasivo podrán encontrar asidero en Medellín. Más bien se descubre por doquier el deseo de un justo y sano equilibrio que se nutre de la centralidad del misterio del Señor y de su dinamismo, así como del designio divino para la vida humana. "Así es como la Iglesia quiere servir al mundo, irradiando sobre él una luz y una vida que sana y eleva la dignidad de la persona humana, consolida la unidad de la sociedad y da un sentido y un significado más profundo a toda la actividad de los hombres"[150].

La visión humana que subyace a Medellín no es otra --ni hubiera podido serlo-- que la que ofrece la antropología cristiana y que ha sido expresada en el Vaticano II, para nuestro tiempo. Esa perspectiva hace manifiesta la unidad de la persona humana, y sin desespiritualizarla ni desencarnarla, muestra el sentido de su quehacer cotidiano en la construcción del mundo según el Plan divino. "En la hora presente de nuestra América Latina, como en todos los tiempos, la celebración litúrgica corona y comporta un compromiso con la realidad humana, con el desarrollo y con la promoción, precisamente porque toda la creación está insertada en el designio salvador que abarca la totalidad del hombre"[151].

El tema de la cultura de muerte --que tan buena fortuna tendrá como diagnóstico socio-cultural en el pontificado del Papa Juan Pablo II-- aparece ya en Medellín como corolario de la visión del ser humano que tiene la Iglesia. Oportunamente la Conclusión Juventud dirá: "La fe, anuncio del nuevo sentido de las cosas, es renovación y rejuvenecimiento de la humanidad. Desde esta perspectiva la Iglesia invita a los jóvenes a "sumergirse en las claridades de la fe" y de este modo a introducir la fe en el mundo para vencer las formas espirituales de su muerte, es decir "las filosofías del egoísmo, del placer, de la desesperanza y de la nada", filosofías que implantan en la cultura formas viejas y caducas"[152].

Un humanismo cruciforme

Precisamente a partir de la visión del ser humano iluminada por la Revelación y desde la opción consecuente por su plena e integral realización es que la Iglesia en América Latina se compromete, tomando como base su fe y la celebración de su fe, con la promoción integral del ser humano que peregrina por estas tierras.

Un delicado equilibrio cristiano se encuentra en el corazón mismo de Medellín. "La liturgia, momento en que la Iglesia es más perfectamente ella misma --señalan los Obispos--, realiza indisolublemente unidas la comunión con Dios y entre los hombres, y de tal modo que aquélla es la razón de ésta. Si busca ante todo la alabanza de la gloria de la gracia, es consciente también de que todos los hombres necesitan de la gloria de Dios para ser verdaderamente hombres. Y por lo mismo el gesto litúrgico no es auténtico si no implica un compromiso de caridad, un esfuerzo siempre renovado por sentir como siente Cristo Jesús, y una continua conversión"[153].

Por mucho de lo que ha venido después, debe resaltarse que Medellín no se sitúa en la perspectiva de humanismos verticalistas u horizontalistas, sino en la única perspectiva en que debía y podía situarse: el humanismo cruciforme. Aquel que es manifestado en Cristo y hace evidente el sentido trascendente de la vocación humana[154]. Para quien lee todo Medellín esto aparece como incontestable. Como humanismo integral es designado el humanismo completo, al que identifica con el desarrollo integral[155] al que se refieren los textos de la II Conferencia General.

Esta visión global es la que ha resultado tan difícil de asimilar para algunos, como se ha visto después; sin duda eso ha motivado las graves distorsiones que tanto han herido a la Iglesia. Incluso en pasajes en los que hay un acento sobre las realidades terrenas, el trasfondo de fe se expresa como irrenunciable fundamento: "El mismo Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza, crea la "tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a todos, en forma más justa", y le da poder para que solidariamente transforme y perfeccione el mundo. Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano"[156]. Y es que por donde se lo mire, Medellín es un hecho eclesial, y como tal está fundado en la fe de la Iglesia. Desde esa óptica se da un compromiso por el desarrollo solidario del ser humano y la transformación de las realidades terrenas. En todo se parte de una visión de fe. Eso siempre es lo central.

Los Obispos evidencian una clara y constante conciencia de la realidad del Pueblo de Dios que sufre y busca situaciones socio-económicas, y en general humanas, mejores. Y al efectuar una reflexión debidamente situada no olvidan ni escamotean el mensaje cristiano, sino todo lo contrario. Sintiendo claramente un "hambre y sed de justicia" que debe encontrar solución, no disuelven el mensaje trascendente por una opción temporalista, a pesar de la impresión que a algunos ha causado el uso de un lenguaje más sociológico, inspirado, sin embargo, en documentos magisteriales del Papa Pablo VI[157]. El motivo de las injusticias y de las rupturas que afectan el pleno desarrollo humano "debe ser buscado en el desequilibrio interior de la libertad humana"[158] causado por el pecado. Esa irrenunciable perspectiva les lleva a decir con inmanipulable claridad, en una reflexión doctrinal: "La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio"[159].

A la luz de la realidad latinoamericana y de las enseñanzas de Pablo VI, en Medellín el tema del desarrollo integral, e incluso su urgencia[160], aparece como medular, constituyéndose en una de las principales ideas-fuerza. El Papa Montini había señalado que "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz"[161], y los Obispos recogen y aplican esta idea a la realidad subdesarrollada de nuestros pueblos, descubriendo en ella una causa generadora de tensiones que "conspiran contra la paz"[162]. La Conclusión Paz muestra claramente la cercana y fuerte influencia del magisterio de Pablo VI.

Artesanos de la paz en un proceso personalizador

La meta de la paz, que se obtiene por el trabajo en favor de la justicia, proporcionada al fin buscado, es la realización del ser humano. Se trata del "desarrollo integral del hombre, el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas"[163], sin perder "de vista la dimensión sobrenatural que se inscribe en el mismo desarrollo, el cual condiciona la plenitud de la vida humana"[164]. En esta idea-fuerza, la que no pocos consideran una de las más importantes Conclusiones de la II Conferencia, se descubre claramente lo que hoy se reconoce como un programa de liberación-reconciliadora tomado del número 21 de la Populorum progressio.

Al hacer una reflexión doctrinal sobre la paz, los Obispos, una vez más, como lo harán también en otros pasajes, se ubican en una perspectiva de fe: "La paz es, finalmente --señalan los Pastores--, fruto del amor, expresión de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos los hombres con el Padre. La solidaridad humana no puede realizarse verdaderamente sino en Cristo quien da la Paz que el mundo no puede dar". Y añaden en un magisterio nuevamente inequívoco: "La paz con Dios es el fundamento último de la paz interior y de la paz social. Por lo mismo, allí donde dicha paz social no existe; allí donde se encuentran injustas desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales, hay un rechazo del don de la paz del Señor; más aún, un rechazo del Señor mismo"[165].

Como se constata nuevamente, el enfoque desde la fe recorre el documento de un extremo al otro, poniendo de relieve la visión cristiana del hombre y su dignidad, y situando las cosas y las estructuras al servicio del desarrollo del ser humano[166].

La visión episcopal es de armonía, pacificadora, de reconciliación; ella no propicia el antagonismo ni la conflictualidad[167], ni tampoco el escapismo o la complicidad. El modus operandi que propone Medellín para lograr el desarrollo integral que ve como indispensable es tomado del Evangelio y se sintetiza en el amor. El camino que pone delante del pueblo es el de la personalización, es decir la realización del ser humano en su dignidad de hijo de Dios. En ese sentido los Obispos valoran los aspectos positivos de la "tendencia a la personalización" de la juventud, que iría acompañada por una "tendencia comunitaria"[168]. Las ideas-fuerza que ponen de relieve una clara opción integral por el ser humano están como desperdigadas por todos los documentos que integran Medellín. No se ve cómo alguno pueda escamotear tan macizas evidencias.

Los diagnósticos de Medellín tienen una tendencia al realismo; buscan constatar la realidad y calificarla según su adecuación u oposición al Plan de Dios. El ver y el juzgar constituyen su base inductiva-situacional a la luz de la fe[169]. Todo el proceso busca estar siempre iluminado por la doctrina cristiana. Así, el juzgar no se realiza en un vacío. Precisamente por ello, al proponer un proceso personalizador se excluye el individualismo, que resulta inaceptable, así como el colectivismo[170], tanto o más pernicioso. El término personalización podría resultar equívoco y ser identificado erróneamente con individualismo. Pero no es así. El objetivo de la personalización es el desarrollo del ser humano como persona, el desarrollo integral; es decir la realización del ser humano como un sujeto libre, abierto desde su mismidad al fraterno y solidario encuentro con otros. Para la visión de Medellín la personalización está implicada en un proceso de socialización[171]. Los peligros son la "despersonalización y masificación que acecha de modo particular a la juventud"[172].

COMO IGLESIA EN AMÉRICA LATINA

Los Pastores son conscientes de que es como Obispos de la Iglesia que reflexionan y trazan derroteros pastorales en "un servicio de inspiración y de educación de las conciencias de los creyentes, para ayudarles a percibir las responsabilidades de su fe, en su vida personal y en su vida social"[173]. No es como simples miembros del Pueblo fiel que se reúnen, sino en tanto son Pastores de la Iglesia, responsables de guiar a la grey, presentando íntegro el misterio del Señor Jesús, así como el camino para la realización humana y para dar gloria a Dios desde el peregrinar en este mundo[174]. Su visión, su juicio y sus orientaciones para la acción están claramente situados. Se realizan en América Latina, para servir a los latinoamericanos, como una porción de la Iglesia universal. Eso se ve claro no sólo en las Conclusiones, sino también en los dos documentos-síntesis que las "prologan".

El tema mismo de la II Conferencia General del Episcopado es ya una evidencia de la situación en la que se mueven los documentos: Presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina. ""América Latina presenta una sociedad en movimiento, sujeta a cambios rápidos y profundos". Esto repercute sobre la misma Iglesia y le exige una postura frente a esta situación. La Iglesia latinoamericana debe expresar su testimonio y su servicio en este Continente, enfrentado con problemas tan angustiosos como los de la integración, desarrollo, profundos cambios y miseria"[175]. Señalan los Obispos al reflexionar sobre la macrovisión donde sitúan la formación del clero, y siguen: "Por otra parte, frente a los múltiples problemas de tipo estrictamente religioso, la Iglesia se encuentra con un número cada vez más escaso de sacerdotes, con estructuras ministeriales insuficientes y a veces inadecuadas para una eficaz labor apostólica"[176]. Culminan su análisis de la realidad eclesial latinoamericana sosteniendo, en concreción de la dinámica ya señalada, que se descubre en todo lo trabajado en Medellín: "En este contexto ubicamos la formación del clero, que debe ser instrumento fundamental de renovación de nuestra Iglesia y respuesta a las exigencias religiosas y humanas de nuestro Continente"[177]. Junto con la virtud de manifestar el verdadero horizonte integral de Medellín, estas referencias permiten señalar, de paso, que así como en la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Río de Janeiro, el tema "clero" y su indispensable renovación tuvo un tratamiento privilegiado, Medellín también se ocupa extensamente de él, dedicándole incluso dos de las 16 Conclusiones.

Pobreza de la Iglesia

Las características de la realidad latinoamericana, tanto eclesiales como sociales, son frecuentemente aludidas: la fidelidad en la enseñanza de la fe en "un mundo que cambia y frente al actual proceso de maduración de la Iglesia en América Latina"[178]. Las tareas de evangelización no se cumplen en el vacío, sino que están situadas. Una de las principales características del contexto latinoamericano es la presencia de una pobreza agobiante y cuestionadora que es ofensa a la dignidad humana y muestra la grave fragilidad de la situación social y de las estructuras. "Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus Pastores una liberación que no les llega de ninguna parte. "Nos estáis ahora escuchando en silencio, pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento", ha dicho el Papa a los campesinos en Colombia"[179].

El análisis lo abarca todo: problemas estructurales, funcionales, y, por supuesto, imágenes que pueden mostrar infidelidad o ser obstáculo para la evangelización. La falsa imagen de una Iglesia rica, cuando en verdad es muy pobre en recursos humanos de plena disponibilidad e incluso en medios modernos para su servicio pastoral y fraterno, es puesta sobre el tapete. También las razones de esa falsa y distorsionadora imagen, y la invitación al cambio testimonial: "Deseamos que nuestra habitación y estilo de vida sean modestos; nuestro vestir, sencillo; nuestras obras e instituciones, funcionales, sin aparato ni ostentación"[180].

Encarnada en América Latina la Iglesia quiere evangelizar y vivir el espíritu de auténtica pobreza y desprendimiento, dejándose iluminar por el ejemplo del Salvador, que "no solo amó a los pobres, sino que "siendo rico se hizo pobre", vivió en la pobreza, centró su misión en el anuncio a los pobres de su liberación y fundó su Iglesia como signo de esa pobreza entre los hombres"[181]. "Siempre la Iglesia ha procurado cumplir esa vocación, no obstante "tantas debilidades y ruinas nuestras en el tiempo pasado". La Iglesia de América Latina, dadas las condiciones de pobreza y de subdesarrollo del Continente, experimenta la urgencia de traducir ese espíritu de pobreza en gestos, actitudes y normas que la hagan un signo más lúcido y auténtico de su Señor. La pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo"[182].

No se ve que se trate de una opción por la pobreza como gesto demagógico o ideológico, tampoco como solidaridad fatalista. Es más bien una toma de posición evangélica que se traduce en asumir una actitud profética que no convalida la pobreza-miseria de tantos, que sin duda es un mal, sino que cuestiona la filosofía práctica del tener más, tan difundida incluso entre los mismos pobres, y pone como horizonte la pobreza evangélica a la que todos los hijos de la Iglesia están llamados, aunque "no todos de la misma manera, pues hay diversas vocaciones a ella, que comportan diversos estilos de vida y diversas formas de actuar"[183].

La lectura de la Conclusión sobre la pobreza es muy edificante y muestra el grado de maduración eclesial alcanzado entonces. Si bien el tema aparece con toda su mordiente, como era justo y deseable, y si bien su presentación es bastante completa para el desarrollo de la reflexión en 1968, es decir, no está parcelada --como no podía ser de otra forma--, es evidente que la precisión de conceptos no es la de hoy, pero éstos apuntan en la misma dirección que la maduración de la Iglesia peregrina viene recorriendo hoy con la iluminación del Espíritu Santo. Los Obispos nada tienen que ver con la ideologización del pobre y la pobreza que luego sobrevinieron en ciertos sectores ocultando un poco, o bastante --según los países--, ese espíritu de pobreza y ese amor preferencial por los pobres --ni excluyente ni exclusivo-- que testimonian y enseñan los Obispos en Medellín: "queremos que la Iglesia de América Latina sea evangelizadora de los pobres y solidaria con ellos, testigo del valor de los bienes del Reino y humilde servidora de todos[184] los hombres de nuestros pueblos..."[185]. La perspectiva episcopal no está "obstaculizada con discriminaciones de ningún género"[186]; la misión universal se muestra nítida, sin parcialidades o ideologizaciones.

Evangelización y re-evangelización

Ya en 1968 se encuentran algunos temas que aparecerán cada vez con mayor fuerza en el peregrinar de la Iglesia en Latinoamérica. La evangelización del Continente no es una tarea ya culminada ni mucho menos. Así pues, no será suficiente una "pastoral de conservación"[187], sino que se hará necesario un proceso de "seria re-evangelización"[188].

Hay clara conciencia de que "el pueblo en su conjunto ya posee la fe"[189], que no pequeña parte de ésta se manifiesta en la religiosidad popular "fruto de una evangelización realizada desde el tiempo de la Conquista, con características especiales"[190]. Esta misma religiosidad, sin embargo, es ambivalente. Tiene una gran riqueza en cuanto a "reserva de virtudes cristianas" y en "orden de la caridad", pero requiere ser purificada dentro de un respeto tanto por los contenidos fundamentales de la fe como por las características culturales de los pueblos[191]. "En su camino hacia Dios, el hombre contemporáneo se encuentra en diversas situaciones. Esto reclama de la Iglesia, por una parte, una adaptación de su mensaje y por lo tanto diversos modos de expresión en la presentación del mismo. Por otra, exige a cada hombre, en la medida de lo posible, una aceptación más personal y comunitaria del mensaje de la revelación"[192].

Con el criterio de que tanto la fe como la Iglesia "se siembran y crecen en la religiosidad culturalmente diversificada de los pueblos"[193], los Pastores optan por una re-evangelización general que conduzca al "compromiso personal con Cristo y a una entrega consciente en la obediencia de la fe"[194] de parte de los bautizados, como a la purificación del "rostro de la Iglesia ante el mundo"[195], así como a promover "constantemente una re-conversión y una educación de nuestro pueblo en la fe a niveles cada vez más profundos y maduros, siguiendo el criterio de una pastoral dinámica, que en consonancia con la naturaleza de la fe, impulse al pueblo creyente hacia la doble dimensión personalizante y comunitaria"[196].

METODOLOGÍA ECLESIAL DE LECTURA

Por la historia del post-Medellín nunca será demasiado insistir en que las Conclusiones son la plasmación de reflexiones realizadas a la luz de la fe y como Iglesia, por ello tal perspectiva se encuentra como sólido fundamento de cuanto se hizo en el Medellín real. "Sólo a la luz de Cristo se esclarece verdaderamente el misterio del hombre. En la Historia de la Salvación la obra divina es una acción de liberación integral y de promoción del hombre en toda su dimensión que tiene como único móvil el amor. El hombre es "creado en Cristo Jesús", hecho en El "criatura nueva". Por la fe y el bautismo es transformado, lleno del don del Espíritu, con un dinamismo nuevo, no de egoísmo sino de amor, que lo impulsa a buscar una nueva relación más profunda con Dios, con los hombres sus hermanos, y con las cosas"[197].

Iluminación de la fe en el juicio

La perspectiva de evangelización integral tan presente en Medellín, mira a los "signos de los tiempos" para situarse históricamente. Ellos constituyen interrogantes de alcance teológico que interpelan a los creyentes que peregrinan por América Latina. El sentido de hechos como la pobreza o la falta de fraternidad son señales negativas de una situación que debe cambiar para mejor responder al Plan divino[198]. Pero la perspectiva para aproximarse a estas señales es siempre a la luz de la fe, siempre en perspectiva eclesial. "Reflexionaremos juntos apoyándonos en el don de Dios --dicen los Obispos al referirse a los presbíteros-- para discernir los signos de los tiempos"[199].

Una visión global de Medellín no parece dejar posibilidad a lecturas ideologizadas. Algunas frases sueltas por aquí y allá, susceptibles de ser malinterpretadas si se cercenan de su contexto y del sentido de los 18 documentos, son, sin embargo, comprensibles en el discurso. Su debilidad expresiva, en todo caso, permanece como el testimonio de un tributo a la búsqueda de un lenguaje que facilite el aggiornamento tan buscado en ese entonces.

La iluminación del Plan de Dios es como una constante que va alumbrando el proceso de análisis y de búsqueda de respuestas. Frente al divorcio total del proyecto salvífico y la realidad humana que se da en una visión incompleta, en Medellín se descubre la articulación profunda entre las dos historias --de la salvación y humana--, pero "sin caer en confusiones o identificaciones simplistas"[200]. El peligro del dualismo y el no menos grave de la "fusión" son sorteados en una visión integral, pero sin confusiones.

Lo ideal, parecen decir los Obispos, es que se genere un hábito para interpretar "a la luz de la fe, las situaciones y exigencias de la comunidad"[201]. A esto llama Medellín "tarea profética"[202]. Las diversas realidades deben ser juzgadas "en relación con el plan de salvación"[203]. Esto demanda una educación y una ascesis exigente que coopere activamente con la acción de la gracia. Señalan los Pastores algunas condiciones para adquirir esta capacidad: una purificación profunda que sensibilice para captar el sentido auténtico de la Palabra de Dios; un sentido de la fe profundizado por la asimilación del mensaje escriturístico, la oración habitual y la activa participación litúrgica; así como el recurso constante a las enseñanzas magisteriales de la Iglesia, clave para confrontar los hechos en un espíritu de amor por la verdad y de pluralidad en el medio comunitario[204].

Resulta evidente que para Medellín la visión de fe es la clave para juzgar e interpretar la realidad, y que la dimensión que otorgan los Pastores a esa visión no es sólo nocional sino que implica una lectura "en y desde" la vida eclesial, en todo el sentido de lo que ello implica, en una clara opción tan fundante como fundamental por el Señor Jesús. Nada, pues, más alejado de los filtros ideológicos o del llamado "análisis marxista", que algunos han querido poner como clave hermenéutica de Medellín.

TRANSFORMACIÓN, DESARROLLO Y LIBERACIÓN

La conciencia de lo necesario del cambio y de lo urgente de la transformación global de la situación de América Latina es una constante de las Conclusiones. Pero no se trata de realizar un cambio por medio de la violencia o el enfrentamiento conflictual, sino de iniciar un proceso de desarrollo integral cuyo dinamismo debe ser el amor, "que debe mover a los cristianos a realizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la libertad"[205].

Cambio sí, pero pacífico

Los Pastores son conscientes de que la realidad estructural latinoamericana no favorece la realización integral de la persona humana, y que ante situaciones totalmente inaceptables de opresión de la dignidad del hombre se puede presentar la "tentación de la violencia"[206] propiamente tal, en particular ante la presencia de ideologías conflictuales que sólo ven esa posibilidad. En un medio en el que está presente lo que se llama violencia estructural o institucionalizada, es decir en una situación en la que la persona experimenta la agresión de estructuras inadecuadas, insuficientes y opresivas, la ideologización de la realidad no es nada extraña. La misma "tentación del sistema marxista"[207] responde en parte a las rupturas que se viven en América Latina.

Pero las tentaciones están para huir de ellas o para vencerlas, no para sucumbir ante ellas. El hijo de la Iglesia debe tener presente una lección de la historia: que ""los cambios bruscos o violentos de las estructuras serían falaces, ineficaces en sí mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo, la cual reclama que las transformaciones necesarias se realicen desde dentro, es decir, mediante una conveniente toma de conciencia, una adecuada preparación y esa efectiva participación de todos, que la ignorancia y las condiciones de vida, a veces infrahumanas, impiden hoy que sea asegurada""[208]. El camino hacia un orden justo pasa por un proceso personalizador. Históricamente se sabe que no hay cambio social plenamente favorable al ser humano si no hay cambio de los hombres. Son dos procesos sincrónicos, pero de los cuales tiene una ineludible primacía, más que sólo ontológica, el cambio del corazón humano[209].

La opción por medios pacíficos para el cambio está en el corazón de Medellín. Nuclear es el texto de Pablo VI que recogen los Obispos y al que se adhieren con una clara toma de posición: ""La violencia no es ni cristiana ni evangélica""[210]. La paz es camino para la justicia, pero también ésta es una condición para la paz. No estamos pues ante un pacifismo ingenuo, un "falso irenismo", sino ante una opción realista que opta por los medios pacíficos, y que al mismo tiempo reconoce que para lograr la paz es necesario el cambio que realice la justicia. "La paz es, ante todo, obra de justicia. Supone y exige la instauración de un orden justo en el que los hombres puedan realizarse como hombres, en donde su dignidad sea respetada, sus legítimas aspiraciones satisfechas, su acceso a la verdad reconocido, su libertad personal garantizada"[211].

El cambio por medios pacíficos para arribar a una sociedad en paz, según la visión cristiana, se hará viviendo el dinamismo amoroso y reconciliador del Señor Jesús. Con toda claridad enseña Medellín: "La paz es, finalmente, fruto del amor, expresión de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos los hombres con el Padre. La solidaridad humana no puede realizarse verdaderamente sino en Cristo quien da la Paz que el mundo no puede dar. El amor es el alma de la justicia. El cristiano que trabaja por la justicia social debe cultivar siempre la paz y el amor en su corazón"[212]. La dimensión reconciliadora que se extiende desde el corazón humano a la vida social e impregna toda la realidad aparece claramente señalada en este texto fundamental de Medellín, que expresa desde una ineludible dimensión teológica una perspectiva bastante olvidada por quienes en nombre de Medellín han optado por tesis conflictuales y hasta violentistas, prescindiendo de esa como corriente subterránea que recorre todo el acontecimiento Medellín y aflora en diversos lugares con la perspectiva del cambio por medio del amor, que lleve a "superar, por la justicia y la fraternidad, los antagonismos, para convertirse (todos) en agentes del desarrollo"[213].

La visión episcopal no es nunca ideológica. Para los Pastores, la transformación que se debe realizar en América Latina debe liberarse de la falsa alternativa liberalismo capitalista o marxismo. Ambos sistemas atentan contra la realización del ser humano, y por lo tanto resultan inaceptables[214]. El cambio debe ser global e irradiar a las personas y las estructuras. La toma de conciencia personal y familiar es una meta, así como lo son reformas como la política o la agraria. El proceso de transformación debe estar encaminado "para desarrollar a todo el hombre, capacitándolo para ser el artífice de su propia promoción, lo que también se aplica a la evangelización y al crecimiento de la fe"[215].

Desarrollo

Es posible que a algunos les incomode, pero resulta muy claro que Medellín opta clara y decididamente por el desarrollo[216]. Basta recorrer las veces y el sentido con que se usa el vocablo. Sin embargo, debe también quedar claro que los Obispos no se ubican en una perspectiva desarrollista, pues su enfoque del desarrollo es integral: ""el humanismo completo es el desarrollo integral""[217]. Quizá uno de los obstáculos más significativos que se dieron después de realizado el encuentro episcopal estuvo en la avalancha anti-desarrollista que se dio en América Latina, como consecuencia del fracaso de la Alianza para el Progreso y la insurgencia beligerante de las teorías de la dependencia, que barrieron con todo. La ola de anti-desarrollismo arrasó también con posturas de desarrollo integral como la sustentada por Medellín, tras las huellas de la Populorum progressio. Ha tenido que pasar una buena veintena de años para que en una nueva encíclica, otro Papa retome el asunto en sus justas proporciones. Así ha ocurrido con la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II.

Cuando en nombre de Medellín algunos atacan el "desarrollo" como si fuera desarrollismo, se está ante una tan burda como penosa manipulación. Lo malo es que no son pocos los que se la han creído.

Los Obispos son plenamente conscientes de las características de subdesarrollo en que viven las mayorías latinoamericanas y que se reflejan en las estructuras económicas, políticas, sociales, habría que decir también, y religiosas. Son igualmente conscientes de que: "el mundo latinoamericano se encuentra empeñado en un gigantesco esfuerzo por acelerar el proceso de desarrollo en el Continente"[218]. En ese mundo se sitúan y con ese esfuerzo se identifican, pero no desde una perspectiva limitada a lo estructural y temporal, sino concibiendo el desarrollo como un proceso global e integral, con plena consciencia de que "Cristo pascual, "imagen del Dios invisible", es la meta que el designio de Dios establece al desarrollo del hombre, para que "alcancemos todos la estatura del hombre perfecto""[219].

En una perspectiva en que el desarrollo es entendido en todo su despliegue integral, y en la que la paz[220] se entiende como fruto del amor reconciliativo del Señor Jesús, el primer pasaje de la Conclusión Paz se comprende en todo su despliegue: "Si "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz", el subdesarrollo latinoamericano, con características propias en los diversos países, es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz"[221]. Lo que a primera vista podría parecer una afirmación de corte temporalista se presenta en realidad como una magnífica descripción de la realidad desde la perspectiva integral en la que se mueven los documentos de Medellín. El desarrollo, subdesarrollo, paz e injusticia no son sólo calificativos que designan situaciones intra-temporales, sino que se encuadran en un contexto mucho más amplio, tanto moral como teológico. El lamentable equívoco de las palabras oscurece, a primera vista, el sentido del mensaje. Una lectura contextualizada, sin embargo, permite comprender mejor. Así por ejemplo, a la aludida "injusta situación" hay que entenderla como "aquellas realidades que expresan una situación de pecado"[222], con lo que el mensaje se puede decodificar en claro sentido religioso en una perspectiva integral. En algún lugar los Obispos juzgan prudente ser aun más explícitos para evitar que el desarrollo que proponen se entienda como desarrollismo o recortado de su sustento religioso: "Cuando hablamos así --dirán-- no perdemos de vista la dimensión sobrenatural que se inscribe en el mismo desarrollo, el cual condiciona la plenitud de la vida cristiana"[223].

Medios y agentes de desarrollo integral

El primer agente del desarrollo es la misma persona, por lo cual se debe "capacitar al hombre para convertirlo en agente consciente de su desarrollo integral"[224].

Ante la magnitud del esfuerzo a realizarse los laicos, principales transformadores del mundo, con espíritu solidario deben comprometerse en la construcción de la historia según el momento presente que trascurre bajo el "signo de liberación, de humanización y de desarrollo"[225].

Esta orientación se percibe en muchos lugares, así por ejemplo, cuando en la última Conclusión tratan los Obispos de los medios de comunicación social, que "se convierten en agentes activos del proceso de transformación, cuando se ponen al servicio de una auténtica educación integral, apta para desarrollar a todo el hombre, capacitándolo para ser el artífice de su propia promoción, lo que también se aplica a la evangelización y al crecimiento de la fe"[226] o cuando expresan su deseo de que el cambio socio-económico "se encamine hacia una economía verdaderamente humana"[227].

La centralidad del esfuerzo orientado hacia el desarrollo integral no descuida a la célula base de la vida social: la familia. En un marco donde el proceso de humanización es asumido en sus aspectos temporales y espirituales, los Pastores piden --con el Concilio-- que ""el bienestar de la persona y de la sociedad humana esté ligado estrechamente a una favorable situación de la comunidad conyugal y familiar", pues es ésta un factor importantísimo en el desarrollo"[228]. De ahí la importancia de la "cuestión demográfica". Dada la situación de subdesarrollo por subpoblación en no pocos países latinoamericanos, "el aumento demográfico" es considerado "hasta como factor de desarrollo"[229].

La educación es vista también como un instrumento fundamental del desarrollo integral[230]. Los Obispos señalan que la educación "es la mejor garantía del desarrollo personal y del progreso social, ya que, conducida rectamente, no solo prepara a los autores del desarrollo, sino que es también ella la mejor distribuidora del fruto del mismo que consiste en las conquistas culturales de la humanidad"[231].

La industrialización es considerada un factor decisivo para el desarrollo integral[232]. Para ello el cambio de mentalidad de los empresarios "será fundamental para desencadenar el verdadero proceso de desarrollo e integración latinoamericanos"[233]. Dentro de su misma lógica, Medellín postula una reforma participativa de la empresa "salvada la "necesaria unidad de dirección...""[234]. Todo se encuadra dentro de una perspectiva de auténtico cambio para el desarrollo integral, camino de humanización.

Así pues, se ve que lo que interesa a los Obispos es poner ante el Pueblo de Dios en América Latina una visión del desarrollo que afecta toda la realidad del ser humano, entendido como creatura trascendente. Esa y no otra es la opción por el desarrollo integral que se descubre insistentemente en las Conclusiones. Como se ha visto, esa perspectiva integral cubre un amplio espectro de realidades, pero siempre al servicio de la persona humana. Los medios y la técnica al servicio del desarrollo personal y social.

Dadas las características del desarrollo integral y la magnitud del esfuerzo "por acelerar el proceso de desarrollo en el Continente"[235], el sacerdote debe asumir un papel específico que va más allá de la mera promoción del progreso humano. "Descubriendo el sentido de los valores temporales, deberá procurar conseguir la "síntesis del esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios""[236]. Uno de los mayores retos es responder a la necesidad de una espiritualidad más acorde con los tiempos en la que "todo el quehacer temporal adquiere su sentido de liturgia espiritual, incorporándolo vitalmente en la celebración de la Eucaristía"[237].

Los religiosos, desde su propia identidad, también deben colaborar en el desarrollo, como "algo vital e inherente a su propia vocación"[238]. Sin caer en una mística terrena, más bien ayudando a que las personas vivan su dignidad fundamentalmente humana y sirviéndolas en los bienes de la Redención[239], deben los religiosos tener presente "que el desarrollo se conecta necesariamente con dimensiones de justicia y caridad"[240] y que se hace necesaria una iluminación teológica y pastoral sobre el dinamismo del progreso humano.

La idea de vincular evangelización con promoción humana en la perspectiva del desarrollo integral aparece también en relación a la formación diaconal[241]. No es distinta la perspectiva sobre las comunidades de base, que como núcleo eclesial debe responsabilizarse por la fe y la evangelización, así como por la participación en el culto, y también como "factor primordial de promoción humana y desarrollo"[242].

Liberación cristiana

El tema de la liberación se ha visto ligado con Medellín. Si bien es cierto que aparece como un importante horizonte de la II Conferencia General del Episcopado, no es tan mono-central como algunos han creído ver o han querido ver. Por lo demás las características con que aparece son pascuales. La liberación se entiende en relación con la perspectiva global de la evangelización y el desarrollo integral.

La visión de Cristo liberador se centra en la acción amorosa de Dios que sale al encuentro de la humanidad para liberar a los hombres de "todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano"[243].

"Como toda liberación es ya un anticipo de la plena redención de Cristo, la Iglesia de América Latina se siente particularmente solidaria con todo esfuerzo educativo tendiente a liberar a nuestros pueblos. Cristo pascual, "imagen del Dios invisible", es la meta que el designio de Dios establece al desarrollo del hombre, para que "alcancemos todos la estatura del hombre perfecto""[244], enseñan con admirable concisión los Pastores en Medellín.

En la perspectiva religiosa en la que se sitúan los Obispos se ve que "para nuestra verdadera liberación todos los hombres[245] necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el "Reino de justicia, de amor y de paz". El origen de todo menosprecio del hombre, de toda injusticia, debe ser buscado en el desequilibrio interior de la libertad humana, que necesitará siempre, en la historia, una permanente labor de rectificación. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un Continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; sobre todo no habrá Continente nuevo sin hombres nuevos que a la luz del Evangelio sepan ser verdaderamente libres y responsables"[246].

La vinculación entre desarrollo integral y liberación es una de las notas saltantes en la presentación de la liberación cristiana en Medellín. Esto es muy significativo, pues precisamente algunos de los exponentes de las corrientes erradas de teología de la liberación reaccionaron muy fuertemente, en el post-Medellín, contra todo desarrollo. La encíclica Sollicitudo rei socialis, al recuperar decisivamente el tema del desarrollo para la enseñanza social de la Iglesia, presenta también la vinculación de la liberación cristiana con el desarrollo.

En una perspectiva muy fundada en la visión de Pablo VI, la liberación es entendida en el marco del desarrollo, sin perder de vista "la dimensión sobrenatural que se inscribe en el mismo desarrollo, el cual condiciona la plenitud de la vida cristiana"[247]. Así, los Obispos intencionalmente enmarcan la liberación en el desarrollo integral al ver la realidad latinoamericana. "Nuestra reflexión sobre este panorama, nos conduce a proponer una visión de la educación, más conforme con el desarrollo integral que propugnamos para nuestro Continente; la llamaríamos la "educación liberadora"; esto es, la que convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo. La educación es efectivamente el medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre y para hacerlos ascender "de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas", teniendo en cuenta que el hombre es el responsable y el "artífice principal de su éxito o de su fracaso""[248]. Con toda claridad señalan que la "educación liberadora" es la "que reclama nuestro desarrollo integral"[249].

PRAXIS

Las diversas Conclusiones apuntan hacia la acción. La praxis que alienta Medellín se deriva de sus principales ideas-fuerza y se concretiza en los diversos aspectos de la realidad eclesial y social latinoamericanas sobre los cuales incide.

Como se ha visto hay en los Pastores una clara conciencia del proceso de cambios culturales y de respuestas religiosas. La meta es la evangelización del Continente. Tal evangelización asumida como un exigente proceso integral se enfrenta con serias dificultades. Estas se manifiestan tanto en las personas que requieren una constante conversión al Señor, como desde unas estructuras sociales que no coinciden con la iluminación religiosa: crisis demográficas, económicas, culturales, migraciones internas, en fin un mundo en proceso de cambio que requiere de una urgente re-evangelización[250].

La praxis eclesial que auspicia Medellín no es sin embargo un llamado al activismo desencarnado. Precisamente un exagerado activismo, la acción por la acción o la acción-fuga, es visto como peligroso para la relación personal con Dios[251], y en ese sentido como un peligro también para la evangelización integral que tiene que acometer el reto de la transformación de América Latina.

[142]Ver arriba.

[143]S.S. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/88, 3.

[144]Paz, 14c. En adelante las referencias a las Conclusiones se citarán indicando el nombre de la conclusión y el número correspondiente dentro de ella.

[145]Justicia, 4.

[146]Lug. cit.

[147]Educación, 9.

[148]Justicia, 4.

[149]Justicia, 5.

[150]Lug. cit.

[151]Liturgia, 4.

[152]Juventud, 12.

[153]Liturgia, 3.

[154]Ver Liturgia, 6.

[155]Ver Familia y demografía, 7.

[156]Justicia, 3.

[157]Ya se ha señalado que en setiembre de 1966 y en noviembre de 1965 el Papa Pablo VI dirige unos mensajes de gran importancia al CELAM y al Episcopado de la Iglesia en América Latina, respectivamente. Ellos portan categorías nuevas que serán acogidas en la reunión del CELAM de Mar del Plata y en el mismo Medellín. La influencia de la Populorum progressio es también digna de ser mencionada al respecto. Debe también señalarse que en algunos pasajes de Medellín se percibe una cierta inseguridad y hasta oscuridad en el uso de los nuevos vocablos y conceptos que, sin embargo, se disipa a la luz del contexto.

[158]Justicia, 3.

[159]Lug. cit. Años después, la instrucción Libertatis nuntius, repetirá y ampliará estas mismas ideas que, por lo demás, están nítidamente presentes en el magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II como una característica de la enseñanza de la Iglesia.

[160]Ver Educación, 2.

[161]S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 87.

[162]Paz, 1.

[163]Paz, 14.

[164]Educación, 7,

[165]Paz, 14.

[166]Ver Educación, 4.

[167]Ver Justicia, 13.

[168]Juventud, 9.

[169]Sobre el método de Medellín ver arriba el acápite titulado "Un método".

[170]Por ejemplo: "El sistema liberal capitalista y la tentación del sistema marxista parecieran agotar en nuestro continente las posibilidades de transformar las estructuras económicas. Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno tiene como presupuesto la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; el otro, aunque ideológicamente sostenga un humanismo, mira más bien al hombre colectivo, y en la práctica se traduce en una concentración totalitaria del poder del Estado. Debemos denunciar que Latinoamérica se ve encerrada entre estas dos opciones y permanece dependiente de uno u otro de los centros de poder que canalizan su economía" (Justicia, 10).

[171]Ver Justicia, 13.

[172]Juventud, 14a.

[173]Justicia, 6.

[174]Ver Christus Dominus, 12; Lumen gentium, 26.

[175]Formación del clero, 1.

[176]Lug. cit.

[177]Lug. cit.

[178]Catequesis, 1.

[179]La pobreza de la Iglesia, 2.

[180]La pobreza de la Iglesia, 12.

[181]La pobreza de la Iglesia, 7.

[182]Lug. cit.

[183]La pobreza de la Iglesia, 6.

[184]Subrayado del autor.

[185]La pobreza de la Iglesia, 8.

[186]Educación, 9.

[187]Pastoral popular, 1.

[188]Pastoral popular, 8a.

[189]Lug. cit.

[190]Pastoral popular, 2.

[191]Ver Pastoral popular, 2-4.

[192]Pastoral popular, 4.

[193]Pastoral popular, 5.

[194]Catequesis, 9.

[195]Lug. cit.

[196]Pastoral popular, 8b.

[197]Justicia, 4.

[198]Ver Pastoral de élites, 13.

[199]Sacerdotes, 28.

[200]Catequesis, 4.

[201]Formación del clero, 10.

[202]Lug. cit.

[203]Lug. cit.

[204]Ver lug. cit.

[205]Justicia, 4.

[206]Paz, 16.

[207]Justicia, 10.

[208]Paz, 15; S.S. Pablo VI, Alocución en la Misa del Día del Desarrollo, Bogotá, 23/8/68. Ver también Paz, 19.

[209]Ver Justicia, 3.

[210]Paz, 15; S.S. Pablo VI, Alocución en la Misa del Día del Desarrollo, Bogotá, 23/8/68.

[211]Paz, 14.

[212]Lug. cit.

[213]Justicia, 13.

[214]Ver Justicia, 10.

[215]Medios de comunicación, 6.

[216]Un ejemplo de ello se puede ver cuando los Obispos, al referirse a las políticas demográficas, llegan a decir que no se debe "suplantar, sustituir o relegar al olvido una política de desarrollo, más exigente, pero la única aceptable" (Familia y demografía, 9).

[217]Familia y demografía, 7; S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 16.

[218]Sacerdotes, 18.

[219]Educación, 9.

[220]Como se ha visto líneas arriba.

[221]Paz, 1.

[222]Lug. cit. La frase completa es: "Al hablar de una situación de injusticia nos referimos a aquellas realidades que expresan una situación de pecado...".

[223]Educación, 7.

[224]Educación, 16.

[225]Movimientos de laicos, 9.

[226]Medios de comunicación social, 6.

[227]Justicia, 10.

[228]Familia y demografía, 7; Gaudium et spes, 47.

[229]Familia y demografía, 8. Paradójicamente ante el fracaso de políticas de desarrollo socio-económico en América Latina, organismos internacionales y gobiernos optarán por atacar la otra variable: la población. Así, crecientemente, el Continente verá el desarrollo de políticas anti-natalistas a ultranza, sin importar la licitud y la moralidad de los medios.

[230]Ver Educación, 7-8.

[231]Educación, 10.

[232]Ver Justicia, 15.

[233]Justicia, 11.

[234]Lug. cit.

[235]Sacerdotes, 18.

[236]Lug. cit.

[237]Lug. cit.

[238]Religiosos, 12.

[239]Ver lug. cit.

[240]Religiosos, 13c.

[241]Ver Formación del clero, 33e.

[242]Pastoral de conjunto, 10.

[243]Justicia, 3.

[244]Educación, 9.

[245]Es importante señalar que en la mente de los Obispos esta liberación no es un proceso parcial ni de un sólo sector de la humanidad, sino que es "la liberación de todo el hombre y de todos los hombres" (Juventud, 15).

[246]Justicia, 3; ver Catequesis, 6.

[247]Educación, 7.

[248]Educación, 8.

[249]Lug. cit.

[250]Ver Pastoral popular, 1.

[251]Ver Formación del clero, 4.


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