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XI. BALANCE DE LOS DOCUMENTOS-SÍNTESIS

La revisión de las orientaciones y aportes de los dos documentos-síntesis de Medellín que hemos realizado permite precisar algunos hechos incontrovertibles. En todo momento los Obispos son conscientes de que hablan como Pastores de la Iglesia, situados en una realidad concreta, América Latina, que está en transformación. Lo hacen siempre desde la fe, a cuya luz juzgan la realidad y plantean caminos de solución. En ningún momento se descubre recurso alguno a las ideologías, o más explícitamente, al "análisis marxista" o a una visión conflictual de la vida social, temas puestos sobre el tapete por un grupo de teólogos y activistas que posteriormente al hecho Medellín han buscado reinterpretarlo desde sus posturas singulares.

La metodología es del todo ortodoxa, como era de esperar, así como la centralidad del amor, la integración, la comunión, ponen en el corazón de Medellín un espíritu conciliador, realista, exigente, pero nunca sometido a dinámicas de rupturas o conflicto[140]. Se percibe siempre que son Pastores los que se dirigen al Pueblo de Dios en América Latina. Y como tales se saben fundamento y promotores de la unidad de la Iglesia. En ningún momento aparecen despropósitos, o afanes hegemónicos e impositivos que buscan arrasar con toda legítima pluralidad para imponer arbitarios puntos de vista. Las versiones de pseudo-intérpretes sectarizantes de Medellín no encuentran asidero alguno a la vista de estos dos documentos globales, testigos materiales privilegiados del espíritu de la II Conferencia General. Al tratar sobre las Conclusiones se verá esto más claramente.

La opción por el hombre, centro fundamental de estos documentos, descalifica las interpretaciones reductivas y sustitutorias de ese tema central. La opción básica es por el ser humano, todo el hombre, y por todos los seres humanos, desde el Plan de Dios, desde el Señor Jesús. Los argumentos en favor de la "personalización" y de la "humanización" son luz poderosa que no se puede ocultar bajo ninguna argucia. Se trata siempre de la visión cristiana del ser humano, y más aún, de un humanismo o antropocentrismo "teologal".

La visión del desarrollo necesario es nada menos que la del Papa Pablo VI, citado explícita y extensamente en estos textos de Medellín. Ese desarrollo responde a las aspiraciones fundamentales del ser humano y constituye una inequívoca vocación de la persona: "En los designios de Dios, cada hombre está llamado a desarrollarse"[141]. Esa vocación se torna más sensible en aquellos que ven el camino de su vocación obstaculizado por situaciones que no sólo los alejan del acceso a bienes materiales sino de la misma realización como personas. A cada paso uno encuentra la preocupación por el hombre, en sentido pleno, integral.

Lo inaceptable de ciertas situaciones a las que se ven sometidas las personas en América Latina, a la luz del designio divino, lleva a los Obispos a constatar su negatividad y a pedir su rápido cambio. La promoción integral de cada persona, y de las comunidades en las que viven los hombres, son un horizonte fundamental en la transformación necesaria de cara al bien común.

La pobreza, de la que hablan los Obispos, es vista en perspectiva bíblica. La liberación es un proceso de base pascual, de núcleo religioso; sólo se la entiende bien desde el misterio de Amor que se revela en el Señor Jesús, y bajo la iluminación de la fe de la Iglesia. Toda la tarea del necesario cambio la entienden como animada por el Espíritu del Evangelio, transida por la dinámica del amor y por la personalización. Medellín no sólo es un hecho religioso; se encuadra --según el pensamiento de los Obispos-- en una tarea evangelizadora que alienta una nueva evangelización en América Latina, que construya sobre la primera, y que busca que todo el proceso de transformaciones quede impregnado con valores evangélicos.

Se podría seguir abundando en consideraciones que fluyen del análisis de los dos documentos-síntesis, pero por ahora no parece necesario. Resta, sí, una vez más, dejar constancia del asombro que produce la irracionalidad de no pocas "relecturas" que falsifican descaradamente Medellín, manipulándolo para hacer de él un instrumento mitificador al servicio de intereses --no importa la etiqueta bajo la que se encubran-- que quiebran la unidad y el espíritu eclesial. A la luz de los elementos señalados se ve muy claro que Medellín no requiere de "lecturas marxistas" para ser un gran gesto profético, un momento fuerte en la marcha de la Iglesia identificada con el ser latinoamericano, una toma de conciencia que invita a mayores maduraciones, una clara aceptación de la necesaria unidad de fe y vida, así como de las perspectivas de amor y comunión que nacen del misterio del Señor, una voz de marcha hacia horizontes concretos en los que se trabaje por la justicia, la paz, la liberación cristiana, la personalización y humanización de todos, en fin, por remover todo aquello que contrasta con el Plan de Dios para el ser humano y su convivencia social, y abrir los amplios horizontes de comunión con Dios y de los hombres entre sí.

[140]Un juicio del Cardenal López Trujillo, de 1973, confirma esta fáctica constatación e incluso la sitúa en una perspectiva más comprensiva: "Que sea la reconciliación y no el conflicto lo que ilumina el espíritu de Medellín es algo de bulto" (Las teologías de la liberación en América Latina, en Liberación: diálogos en el CELAM, Secretariado General del CELAM, Bogotá 1974, p. 37).

[141]S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 15. Sin el Concilio y las enseñanzas del Papa Pablo VI no se entiende Medellín.


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