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IX. EL MENSAJE A LOS PUEBLOS DE AMÉRICA LATINA


[83]

OPCIÓN POR EL HOMBRE

En Medellín el episcopado latinoamericano asume con toda conciencia una explícita opción por el ser humano, y se ubica bajo la inspiración del Concilio Vaticano II y del Papa Pablo VI en lo que bien se puede llamar "antropocentrismo teologal"[84], que constituirá una característica, para muchos incomprendida, en la marcha de la Iglesia en estos tiempos. Esta perspectiva se percibe con toda claridad tanto en el Mensaje, como en la Introducción, y en las Conclusiones.

Los Obispos declaran que la mayor riqueza de América Latina es su "potencial humano"[85], y por eso mismo entienden que es su misión "la promoción integral del hombre y de las comunidades". Buscan ofrecer "una visión global del hombre y de la humanidad, y la visión integral del hombre latinoamericano"[86]. Hablan del "crecimiento en humanidad" como una aspiración de nuestros pueblos, así como de un "proceso personalizador"[87], y de la "dinámica de un amor transformante y personalizador" animado por "el Espíritu del Evangelio"[88].

COMO IGLESIA EN AMÉRICA LATINA

Es fundamental constatar que la reunión de Medellín fue una Conferencia de Obispos, es decir de aquellos que han sucedido a los Apóstoles como Pastores de la Iglesia y que rigen las Iglesias particulares que han sido puestas bajo su solicitud, predicando el mensaje evangélico y cuidando de la unidad de la Iglesia en torno a la fe[89]. Precisamente, por ello, los participantes en la II Conferencia General quieren decir su "palabra de Pastores" que "quiere ser signo de compromiso"[90].

Los Obispos se muestran solícitos con la Iglesia que peregrina en América Latina, no sólo zona geográfica, sino "comunidad de pueblos con una historia propia, con valores específicos y con problemas semejantes"[91]. Son conscientes de la rica variedad de sus pueblos, así como de la identidad común: "Nuestros países han conservado una riqueza cultural básica, nacida de valores religiosos y étnicos que han florecido en una conciencia común y han fructificado en esfuerzos concretos hacia la integración"[92]. Nuestros Obispos adelantan así la noción que presentarán con mayor claridad en Puebla sobre la evangelización constituyente y el sustrato católico de la identidad profunda de las naciones latinoamericanas[93]. La Iglesia de estas tierras se entiende "como parte del ser latinoamericano"[94]. Por todo ello no dudan en señalar enfáticamente que las tareas de cambio al servicio de la personalización deben realizarse desde la identidad de nuestros pueblos, pues "la imposición de valores y criterios extraños constituirá una nueva y grave alienación"[95].

METODOLOGÍA ECLESIAL DE LECTURA

Al emitir un juicio sobre la realidad que constatan, los Obispos parten de la fe. "A la luz de la fe que profesamos como creyentes, hemos realizado un esfuerzo para descubrir el plan de Dios en los "signos de nuestros tiempos""[96]. Y como resultado del ejercicio de esa visión de fe, añaden: "Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan de Dios operante en el amor redentor de Cristo que funda estas aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal"[97].

Unidad, solidarios, solidaridad, fraternidad, integración, participación y comunión[98], dinámica de amor, colaboración y espíritu de colaboración, superación de desconfianzas, conversión y servicio, diálogo, votos por la unión y ánimo en una acción al servicio del bien común, son palabras-tema que están todas en las antípodas de una visión conflictual, es decir son lo opuesto a una opción por una metodología conflictual para la transformación de América Latina. Una lectura atenta de dichas páginas muestra claramente cómo es imposible concluir una salida conflictual sin destruir el Medellín real.

TRANSFORMACION, DESARROLLO Y LIBERACION

Los Obispos sienten que los latinoamericanos estamos "en una coyuntura decisiva y el futuro nos exige una tarea creadora en el proceso de desarrollo"[99], pues América Latina es "una comunidad en transformación"[100], hay una "tarea transformadora de nuestros pueblos" que requiere el concurso de "todos los hombres de buena voluntad", en un tiempo concreto calificado por ser "alba de una era nueva"[101].

En el Pueblo-continente se vive una "realidad prometedora y cuajada de esperanzas", pero al mismo tiempo gravada por "angustiosos problemas" que "marcan esa misma realidad con señales de injusticias que hieren la conciencia cristiana"[102]. Los Pastores latinoamericanos son plenamente conscientes de la magnitud de los problemas que agobian a nuestros pueblos que "viven bajo el signo trágico del subdesarrollo --interpretado no en un sentido reductivo unidimensional, sino en la línea de la Populorum progressio-- que no sólo aparta a nuestros hermanos del goce de los bienes materiales, sino de su misma realización humana"[103].

Los pueblos latinoamericanos "aspiran a su liberación y a su crecimiento en humanidad, a través de la incorporación y participación de todos en la misma gestión del proceso personalizador". Es por eso que debe haber "comunión con los anhelos y opciones de la comunidad"[104], particularmente por parte de quienes rigen los destinos del orden público, quienes podrán realizar una tarea "a la vez liberadora de injusticias y conductora de un orden en función del bien común, que llegue a crear un clima de confianza y acción que los hombres latinoamericanos necesitan para el desarrollo pleno de su vida". América Latina "intentará su liberación a costa de cualquier sacrificio", no en un sentido egoísta, sino "dando y recibiendo en espíritu de solidaridad"[105]. El tema de la liberación aparece encuadrado en el proceso humanizador, es decir en el designio de Dios para el hombre. Uno de los más autorizados intérpretes de Medellín, el Cardenal Eduardo Pironio, señalaba en 1970: "El sentido cristiano de la liberación arranca del misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado por todos; exige la recreación del hombre por el don interior del Espíritu y tiende a la recapitulación final de todas las cosas en la consumación de la escatología. No podemos perder esta perspectiva esencial sin caer en las limitaciones utópicas de las concepciones materialistas"[106].

Ante un panorama de grandes y graves males, en los que sin duda se descubren realidades "que constituyen una afrenta al Espíritu del Evangelio", los Obispos están prontos a la denuncia de cuanto contradice el designio divino para la vida humana, como a valorar lo positivo que busque vencer las dificultades que se encuentran en el camino[107].

Es "como Pastores" que declaran: "queremos comprometernos con la vida de todos nuestros pueblos en la búsqueda angustiosa de soluciones adecuadas para sus múltiples problemas". Sin embargo, el indispensable aporte propio "no pretende competir con los intentos de solución de otros organismos nacionales, latinoamericanos, ni mundiales", puesto que la perspectiva en que se presenta el episcopado no es la de las "soluciones técnicas" o "los remedios infalibles", sino la evangelización. "Nuestro propósito es alentar los esfuerzos, acelerar las realizaciones, ahondar el contenido de ellas, penetrar todo el proceso de cambio, con los valores evangélicos"108.

PRAXIS

La tarea evangelizadora está en la base de todo el proceso de diagnóstico y compromiso para la construcción de una nueva sociedad, en la que las "tareas de la Iglesia" están marcadas por un afán de "conversión y servicio". "Hemos visto que nuestro compromiso más urgente es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia Católica. Debe terminar la separación entre la fe y la vida, porque en Cristo Jesús lo único que cuenta es "la fe que obra por el amor" (Gál 5, 6)"[109]. "Quisiéramos ofrecer la colaboración de los cristianos --dicen los Obispos--, apremiados por sus responsabilidades bautismales y por la gravedad del momento. De todos nosotros depende hacer patente la fuerza del Evangelio, que es poder de Dios (ver Rom 1, 16)"[110]. El "esfuerzo creador" que requiere una responsable movilización de todos, estará bajo "el espíritu del Evangelio" dando contenido y horizonte a la gesta "con la dinámica de un amor transformante y personalizador"[111].

El compromiso de la evangelización personal e institucional lleva el signo de la "verdadera pobreza bíblica que se exprese en manifestaciones auténticas, signos claros para nuestros pueblos. Sólo una pobreza así trasparentará a Cristo, Salvador de los hombres y descubrirá a Cristo, Señor de la historia (2Cor 8, 9)"[112].

Un nuevo orden de justicia, la promoción de la familia como comunidad humana sacramental y como estructura intermedia en la función del cambio social, la atención a la juventud, una educación dinamizada, el fomento de organismos profesionales de los trabajadores, una nueva evangelización para lograr una fe lúcida y comprometida, renovación de las estructuras en la Iglesia, y la colaboración con todos en los valores de la necesaria transformación[113], son algunos de los planteamientos hechos en el Mensaje del episcopado latinoamericano.

El diálogo, la búsqueda de la paz, la justicia --no sólo entre naciones--, y el amor "difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 5)"[114] son las características que deben impregnar el proceso de transformación, así como la escucha a la voz orientadora y solidaria de los Pastores por "todos los que comulgamos en un mismo destino y en una misma aspiración"[115].

[83]En adelante Mensaje. El texto no lleva numeración, por lo que para facilitar la lectura de este trabajo se han numerado los epígrafes del mismo, comprendiendo cada número todo cuanto va bajo el epígrafe respectivo.

[84]Ver Luis Fernando Figari, Características de una espiritualidad para nuestro tiempo desde América Latina, VE, Lima 1988, p. 29.

[85]Mensaje, 2.

[86]Mensaje, 3.

[87]Mensaje, 4.

[88]Mensaje, 3.

[89]Ver Lumen gentium 20, 23, 27; Christus Dominus 3, 12.

[90]Mensaje, 1. Ver también 3.

[91]Mensaje, 2.

[92]Lug. cit.

[93]Ver Puebla, 6 y 7. La magnífica descripción del primer capítulo de Puebla, Visión histórica de la realidad latinoamericana expresa, siguiendo la línea de Medellín, una visión más madura y completa de la vocación de América Latina.

[94]Mensaje, 3.

[95]Mensaje, 4. Una exégesis atenta al desarrollo de la enseñanza eclesial sabe bien a qué se refiere proféticamente la frase: a las ideologías (liberal, marxista, de seguridad nacional). En términos semejantes hablará el Papa Juan Pablo II de "ideologías extrañas o adversas o simplemente incompatibles con la enseñanza de la Iglesia" (Mensaje de despedida, Callao, 16/5/88, 2). Antes, en 1985, en Villa El Salvador, en improvisada intervención, sostuvo: "veo que aquí hay hambre de Dios, hambre que constituye una verdadera riqueza, la riqueza de los pobres que no se debe perder con ningún programa" (Respuesta improvisada del Santo Padre, en Juan Pablo Peregrino, Conferencia Episcopal Peruana, Lima 1985, p. 237).

[96]Mensaje, 3. Medellín se define por su naturaleza religiosa y eclesial. El Papa Juan Pablo II dice de Medellín "que quiso ser un impulso de renovación pastoral, un nuevo "espíritu" de cara al futuro, en plena fidelidad eclesial en la interpretación de los signos de los tiempos en América Latina" (Discurso inaugural en Puebla, 4).

[97]Mensaje, 3.

[98]En especial los que aparecen en negritas son temas que serán desarrollados centralmente en Puebla.

[99]Mensaje, 1.

[100]Mensaje, 2.

[101]Mensaje, 7.

[102]Mensaje, 2.

[103]Lug. cit.

[104]Mensaje, 4.

[105]Mensaje, 7.

[106]Mons. Eduardo Pironio, Escritos pastorales, p. 69. Pasajes semejantes sobre la liberación cristiana se encuentren frecuentemente en otros trabajos del Cardenal Pironio, así como del Cardenal Alfonso López Trujillo, otro de los más autorizados intérpretes del Medellín real. Ambos Pastores también insisten en todo momento que Medellín es un hecho eclesial y que sólo puede ser entendido desde la fe de la Iglesia.

[107]Mensaje, 4.

108Mensaje, 3. El subrayado es del autor.

[109]Mensaje, 6.

[110]No se debe pasar por alto el sentido de este pasaje que por un lado muestra lo adecuado de la cooperación humana a la acción de Dios y por otro hace patente la fuerza --dynamis-- del designio salvífico y sus características. Ver la misma expresión en 1Cor 1, 24; 2, 5.

[111]Mensaje, 3.

[112]Mensaje, 6.

[113]Ver Mensaje, 6.

[114]Mensaje, 7.

[115]Lug. cit.


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