Volviendo al hilo de nuestra historia, terminado el evento, restaba su asimilación. La aplicación de Medellín, su profundización y su adaptación, según las necesidades de los diversos países, correspondía a los Obispos locales. Las Conferencias Episcopales nacionales, por ser ámbito práctico para ello, buscarían un consenso entre los Obispos, quienes a su vez, como Pastores y auténticos maestros de la fe, aplicarían, según su leal entender, las orientaciones de Medellín en la porción del Pueblo de Dios puesta bajo su solicitud. Una evaluación de la verdadera recepción de Medellín tendría que ir en búsqueda de la evidencia a los episcopados locales, verdaderos centros de la vida pastoral, lo que por el momento no es posible. Así pues, habrá que resignarse al análisis de la recepción de las orientaciones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano a través de los documentos de las Conferencias Episcopales nacionales.
Pronto las Conferencias Episcopales fueron entregándose a la tarea ineludible de trabajar con Medellín. Sin embargo, no todas las Conferencias se dan a un trabajo sistemático. Más aún, en bastantes casos no conocemos los documentos explícitos dedicados a la tarea de implementación. Lo más general suelen ser referencias aisladas a Conclusiones de Medellín, y la presencia de temas y orientaciones generales de la II Conferencia recogidos, muchas veces, ante situaciones coyunturales concretas. Observemos algunos de estos pronunciamientos episcopales hasta un año largo después de finalizado el encuentro de Medellín.
Como primer ejemplo, veamos las manifestaciones de los Obispos de Chile, caso que es sumamente ilustrativo, pues en reiterados pronunciamientos van tocando temas diversos de construcción de la Iglesia y de la convivencia humana. Resulta significativo descubrir lo que preocupa a los Obispos chilenos, pues es revelador de una conciencia sensible a los problemas eclesiales, ante todo, sin que ello signifique ignorar los sociales. La visión de fe es una guía constante, así como escasas son las referencias explícitas a Medellín.
Ya en octubre de 1968, expresan su inquietud por aires eclesiológicos conflictuales que quiebran la unidad de la Iglesia[66]: "No nos dispersemos. Hoy menos que nunca. La Iglesia es sacramento de caridad, es signo de unidad. Una Iglesia dividida, una Iglesia separada de sus legítimos Pastores, una Iglesia que no se une en torno al sucesor de Pedro, una Iglesia "agitada por todo viento de doctrinas", "que sigue profetas según sus caprichos", no sería la Iglesia de Cristo". Más adelante dicen los Obispos chilenos: "En un punto sin embargo seremos intransigentes, porque si no lo fuéramos, nuestra vida y nuestro compromiso con Cristo no tendrían razón de ser: mantendremos íntegras la fe y la moral del Evangelio, que son la fe y la moral de la Iglesia y los valores absolutos y esenciales por los que todos los cristianos debemos jugarnos la vida. Preferiríamos quedarnos solos en nuestras iglesias desiertas antes de claudicar en este punto. Porque el más grande servicio que podemos prestar a los hombres es éste: entregarles íntegra la fe revelada por Cristo, Nuestro Señor".
Y siguen puntualizando: "Buscar a Dios en el prójimo solamente, o en la sociedad humana, en una comunión de anhelos con los hombres de nuestro tiempo, sin buscarlo a la vez, en El mismo, en el estudio de su Palabra, en la contemplación de su misterio, es engañarse. Es ir a la luz sin llegar al sol, es ir al agua sin buscar la vertiente".
"Para cambiar el mundo debemos primero, o al mismo tiempo, cambiarnos nosotros mismos. No hay fidelidad a Cristo y a su Evangelio sin un esfuerzo personal de conversión interior, sin un compromiso personal con Cristo, sin un enderezamiento moral de nuestra vida entera". Al tiempo de optar resueltamente por la "nueva era histórica que se avecina", recusan al marxismo, del que exponen sus realizaciones históricas, y eligen la mayor "fuerza, más luz y más verdad en el Evangelio de Jesucristo y en la enseñanza y la práctica de la Iglesia a través de 20 siglos". Rechazan también la violencia y postulan: "Construyamos antes de destruir, reformemos lo que se puede reformar, reemplacemos lo que no admite reforma, conservemos lo que se ha de conservar, todo animado por un gran soplo de audacia creadora, pero sin odios, con claridad de objetivos y con responsabilidad en los líderes". Entre los Obispos firmantes de este ilustrativo documento estaban todos aquellos prelados chilenos que estuvieron en Medellín.
Para la Pascua de 1969, el Comité Permanente del Episcopado de Chile exhortará nuevamente en contra de la ideología conflictual: "Cuando se desata el dinamismo de la fuerza --señalan los Obispos--, nadie puede asegurar su control final. La imposición de una política por el terror, por la dictadura o por las armas, trae consigo la brutal represión de los que se oponen y la supresión de todas las libertades consideradas peligrosas por los que detentan el poder. El país entraría en la vida de los juicios políticos, las relegaciones, de las injusticias flagrantes, de la supresión de toda prensa libre, de toda posibilidad de defenderse, de las sospechas, de las calumnias, y por último, del paredón"[67].
Las orientaciones del Episcopado chileno manifiestan su asimilación del Concilio Vaticano II. Como en los dos ejemplos anteriores, así también con ocasión del Sínodo de Obispos, el mensaje episcopal tiene acentos eclesiológicos y sociales[68]. El tema de la unidad y la recusación de la violencia es recurrente. Aguda es la descripción de la problemática eclesial: "debilitamiento del sentido de Dios, deterioro de la vida espiritual y abandono de los sacramentos, arbitrariedades introducidas en el ejercicio de la liturgia, desinterés por los movimientos apostólicos, descrédito de las normas morales cristianas, confusión ideológica y en particular una "secularización" mal entendida y erigida en doctrina que sustituye la misión evangelizadora por una mera estrategia de promoción social y toma incluso el vocabulario y los métodos de ideologías abiertamente ateas. Más aún, algunos llegan a desconfiar y distanciarse de la Iglesia que llaman "institucional", denunciándola como comprometida con un sistema global de estructuras que impide el desarrollo social y esperan de una "revolución" la reforma de la Iglesia misma".
A pesar de los hechos críticos que los Obispos descubren en Chile y en la Iglesia, ven "bajo el prisma del Evangelio" una promesa: "La aspiración a lograr una comunidad donde haya justicia y amor, donde el hombre sea más persona y las personas más solidarias". Ven también un riesgo: por el pecado el anhelo de justicia puede ser causa del atropello del otro; el celo por el orden y la paz puede ser excusa para "el egoísmo, la insensibilidad social, la defensa apasionada de privilegios, odio y maquinaciones para perpetuar ventajas discriminatorias"; el anhelo de personalización, felicidad y amor "puede convertirse en desfiguración de la complementariedad de los sexos, degradación de la mujer y exacerbado erotismo".
Al diagnóstico suman "el aporte cristiano". Es una Iglesia muy consciente de la identidad cristiana y de la fe. Desde ellas se compromete el cristiano en la promoción de los cambios sociales, en la lucha por la justicia, en la denuncia de "los ídolos que pretenden absolutizar otra cosa que el amor". Ante las críticas de la lentitud de la renovación o de lo radical de los cambios, sentencian los Obispos de Chile: "La Iglesia no vive de una fácil adaptación de los gustos e ideales de la época por nobles que sean, sino de su fidelidad a Cristo".
En clara línea de promoción humana apareció un mensaje del episcopado de Bolivia, el 24 de abril de 1969, en el que sostenían los Obispos del país andino, entre otros puntos: "Nos corresponde educar las conciencias cristianas, inspirar, estimular y orientar todas las iniciativas que contribuyan a la formación integral del hombre. Nos corresponde también denunciar todo aquello que va contra la justicia y destruye la paz"[69]. El documento alienta la organización del pueblo, la defensa de los derechos humanos, y expresa la opción por los pobres y los humildes sin excluir a los demás hombres.
El Episcopado de Paraguay manifiesta su asimilación de Medellín a través de una Carta Pastoral conjunta: La misión de nuestra Iglesia hoy. Tras una aproximación-diagnóstico de la realidad en transformación del Paraguay y de los problemas que ello genera en el país y en la Iglesia, recuerdan que la misión de la Iglesia es trascendente, "desborda todo proyecto humano y todo esquema político temporal. La Iglesia existe en este mundo como signo de la liberación total del hombre, en dependencia del acontecimiento pascual de la Resurrección de Cristo". Sin embargo "la Iglesia no puede constituirse en signo visible de esa liberación trascendente, sino mediante su leal compromiso con el hombre concreto que, en su esfuerzo penoso a través de las vicisitudes de la historia, lucha por su liberación en el orden temporal"[70]. Junto con la denuncia de estructuras injustas expresan los Obispos su compromiso con el pueblo paraguayo en términos tomados del Mensaje a los Pueblos de Medellín.
El Episcopado de Cuba en su reflexión para aplicar Medellín a su realidad resaltaba una renovada visión de la moral social, que pasa por un cambio de la conducta del ser humano y su vocación al desarrollo integral. Ahondando en la constitución pastoral Gaudium et spes, del Concilio, y en la encíclica Populorum progressio, van describiendo las líneas maestras de esa moral social que llaman "moral del desarrollo", entendida en perspectiva de fidelidad al servicio de los más pobres[71].
Los Obispos colombianos eligen el camino de la reflexión sobre el cambio en un documento en el que se descubren con claridad las referencias a los mensajes del Papa Pablo VI y de la Conferencia de Medellín, como camino para la aplicación de las Conclusiones a la realidad de Colombia. Ante el cambio la Iglesia ha respondido al deber de su presencia con Medellín: "valiosa proyección del Concilio, un hecho de solidaridad de toda la Iglesia latinoamericana ante los problemas comunes del Continente; un encuentro con el hombre concreto, lleno de fe en sus posibilidades y de esperanza en su renovación, un testimonio de diálogo y de compromiso con la inquietud de nuestros pueblos; y fundamentalmente, un acto de amor a Dios, de comunión eclesial y de amor pastoral a los hombres"[72]. Excluyendo la violencia como antievangélica, los temas de diálogo, inspiración cristiana de las realidades temporales, de servicio al hombre, de presencia eclesial en la historia, pobreza interior y exterior de la Iglesia, justicia, forman parte de su programa para el cambio. La liberación del pecado y la conversión a la santidad y la justicia son el camino. "La renovación constructiva y verdaderamente humanizante --dicen los Pastores colombianos-- no es obra de un día. Pero es urgente que no dilatemos la acción. Que las exigencias del Evangelio estimulen y dirijan las actividades de todos los miembros de la Iglesia para que ella sea, también en la inquietud de nuestros días, luz y fuerza al servicio de nuestros hermanos"[73].
Las referencias a Medellín aparecen con cierta regularidad en los documentos de los diversos episcopados, pero con mayor insistencia se perciben ciertos rasgos de preocupación por el hombre concreto, por la promoción humana, por sus derechos, por la justicia en la vida social. La reflexión sobre la Iglesia y sus estructuras también está presente. Sería interesante la realización de un estudio sistemático de los documentos episcopales de América Latina después de Medellín confrontado con los temas y las ideas-fuerza de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.
Más allá de los ejemplos citados, que han sido sólo eso, pues no es el caso hacer aquí un pormenorizado recorrido por los documentos de todos los episcopados durante todos los años que llevan hasta Puebla, cabe detenernos, brevemente, en dos más. Las Conclusiones de la XXXVI Asamblea General del Episcopado Peruano, y el Documento de San Miguel, que es --tal como lo indica su título completo-- la "declaración del Episcopado Argentino sobre la adaptación a la realidad actual del país, las Conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín)". Ambos constituyen intentos de reflexionar sobre Medellín de manera sistemática.
Del 10 al 25 de enero de 1969 se reunieron los Obispos del Perú en Asamblea General con la intención de aplicar Medellín a la realidad peruana. El documento[74] elaborado en la XXXVI Asamblea, reconoce una seria preocupación por la problemática social, por la pobreza evangélica "a fin de ser verdaderamente sacramento de unión con Dios y de los hombres entre sí", por el papel del laico y de los movimientos apostólicos, y por la educación, "elemento indispensable para la construcción de un mundo más fraterno". Precisamente el documento se articula en cuatro partes correspondiente cada una a uno de los temas señalados, aun cuando el primero sirve de trasfondo y su temática se reitera en los otros.
Con fuertes acentos sobre la liberación y un diagnóstico socio-económico de la realidad en términos de injusticia, marginación de los sectores populares del futuro y de la participación política, mala distribución de ingresos, desnutrición, analfabetismo difundido, desemboca la primera parte del documento en una Motivación Doctrinal con recurso al Magisterio de Pablo VI y varias referencias a Paz y una a Juventud, de Medellín, definiendo la liberación del "hombre peruano" en términos de la Populorum progressio: "El paso para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas", en el que los hombres sean agentes de su historia. Para ello delinean un proceso de concientización en tres pasos: toma de conciencia de las injusticias estructurales, capacitación para reaccionar, promoción de nuevas estructuras. Bajo Líneas Pastorales se concretan las conclusiones puestas por las premisas señaladas en un dinamismo de diversas denuncias cuya formulación recoge referencias a seis sentencias tomadas de Paz y una de Pobreza de la Iglesia, de Medellín. Todo el sentido del acápite expresa una opción por los pobres y oprimidos y el deseo de expresar una solidaridad concreta, así la invocación "a nuestros gobiernos y clases dirigentes para que eliminen todo cuanto destruya la paz social: injusticias, inercias, venalidad, insensibilidad".
El desarrollo del tema Pobreza de la Iglesia sigue pautas semejantes al anterior, esta vez citando en varias ocasiones al documento análogo de Medellín. Se trata de una invitación a revisar la situación eclesial a la luz de la categoría pobreza, buscando modificar las situaciones que desdigan de ella, aspirando incluso a que: "las construcciones de templos, casas y obras de la Iglesia" sean "funcionales" y estén "inspiradas por el espíritu de pobreza que reclama el momento presente". En el mismo sentido el resultado de la Comisión Apostolado de los laicos puede resumirse en "que los grupos de apostolado tienen hoy que comprometerse a fondo en el cambio de estructuras injustas en las que vivimos". Finalmente, en el tema de educación se vuelven a reiterar los enfoques que se vienen dando a través de todo el documento respecto de la opción por los pobres y de la imagen de una Iglesia pobre. Se hace un diagnóstico sobre la educación en el Perú denunciando que la "instrucción en todos sus niveles tiende a poner a los hombres al servicio de las estructuras establecidas, y no ésta al servicio de aquellos" considerando que la educación está orientada a "tener más" y no a "ser más". Tras un modelo "humanista y cristiano" el documento urge al desarrollo integral, a una educación orientada a "liberar al hombre de su egoísmo abriéndolo a una actitud de servicio para con los demás", y a la no discriminación y a la democratización de la actividad educativa. Tras diversas orientaciones pastorales en la línea de la educación integral y de la constitución de los centros educativos como comunidades abiertas a comunidades más amplias se señala que se debe educar "a la juventud para la libertad". Las citas de esta sección corresponden al documento Educación de Medellín y también dos referencias a la Populorum progressio.
El documento peruano está fuertemente impregnado de una visión de urgencia social que se expresa insistentemente en diversas consideraciones. Las cuatro partes fundamentales que lo constituyen, definitivamente, no son de valor igual, aunque todas ellas dan la impresión de un cierto apresuramiento en su redacción. Y, lo que resulta más significativo, especialmente a la luz del tiempo transcurrido, es que la obra de la XXXVI Asamblea de los Obispos del Perú dejó mucho de Medellín sin tocar. Diverso es el caso del Documento de San Miguel, por el cual se pronunció el episcopado argentino sobre la adaptación a la realidad de su país de las Conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano[75]. Tras una Introducción de consideraciones doctrinales, los Obispos argentinos dividen su documento en extensos capítulos que cubren los temas de las Conclusiones de Medellín: Sacerdotes, Pobreza de la Iglesia, Justicia, Paz, Pastoral Popular, Familia y Demografía, Educación, Juventud, Dirigentes en referencia a lo que Medellín llama Pastoral de élites, Catequesis, Liturgia, Movimientos de Laicos, Religiosos, Pastoral de Conjunto, Medios de Comunicación Social. La mera vista de esta larga enumeración, permite vislumbrar una distinta perspectiva y técnica en los dos documentos en relación a la recepción y aplicación de Medellín.
El cuidado y extenso documento argentino es difícil de reseñar en el espacio que tenemos. Sin embargo, es conveniente recoger algunos aspectos pues constituye el documento más orgánico sobre la recepción de Medellín que hemos leído. Al señalar las bases de su trabajo, los Obispos argentinos dicen: "Hemos analizado la realidad actual del país estudiándola en sus diversos aspectos: económico, social, cultural y religioso". Añadiendo: "Vale decir, que nuestro estudio ha elaborado las cuatro grandes áreas sobre las que ha recaído la solicitud pastoral del Episcopado Latinoamericano, relacionadas con el proceso de transformación del Continente; que se concreta principalmente en la realización concreta de la justicia social y de la paz; en una nueva evangelización; y en la renovación de algunas estructuras de la Iglesia visible para adaptarlas a las necesidades del mundo de hoy y a las exigencias del Concilio Vaticano II".
Con toda claridad, previendo la posibilidad de reduccionismos que habría que evitar a toda costa, el Documento de San Miguel señala una triple dirección inspirada en las orientaciones de Pablo VI, antes de iniciarse Medellín. La transcribimos en extenso pues, precisamente, señala las características que se expresan en los diversos capítulos de este fundamental testimonio para comprender cómo fue acogido Medellín por el episcopado argentino.
"1. Una orientación espiritual: ante todo, no podemos eximirnos de la práctica de una intensa vida interior. Debemos a nuestro pueblo el luminoso testimonio de una vida profundamente enraizada en la fe, razón de ser de la Iglesia. Por eso reconocemos de entrada la enorme importancia de la teología y necesitamos el auxilio de la oración en un clima de participación litúrgica. Los Obispos reunidos en San Miguel, hemos vivido esa liturgia en la que vemos la cumbre de toda actividad de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza.
"2. Una orientación pastoral: el alma de la pastoral es la caridad abierta a todos los grupos cristianos: sacerdotes, estudiantes, trabajadores, jóvenes...
"3. Una orientación social: inmergidos en un Continente cuyo signo más claro es la transformación y el cambio en todos los órdenes, es nuestro deber, en este orden, pensar en la promoción total de nuestro pueblo y su desarrollo integral.
"Orientados por esta triple dirección, tendremos la audacia de reconocer nuestras propias deficiencias, la energía de denunciar los males y las injusticias que hayamos descubierto y la violencia evangélica del amor para proclamar públicamente nuestro compromiso en todas sus dimensiones".
Vincula, el documento, la autoridad de ser Obispo con la rica noción de servicio; ante todo servicio de amor "a imagen de Cristo", y servicio de verdad, "porque ni la doctrina que predicamos es nuestra, es del Padre; ni es nuestra la grey que apacentamos: es de Cristo". Tras estas consideraciones resalta el espíritu de diálogo. El primer tema tratado es el de los Sacerdotes, en el que va recorriendo diversos aspectos: crisis sacerdotales, reflexión sobre el sacerdocio y su naturaleza, la relación del sacerdote con Cristo y la Iglesia, el ministerio sacerdotal, el celibato, sus razones y otros asuntos pertinentes, culminando con conclusiones prácticas que se derivan de la conjunción de lo señalado por Medellín y de la reflexión de los Obispos argentinos; de lo doctrinal y de la realidad concreta del sacerdote en Argentina.
Al tratar sobre la Pobreza de la Iglesia el Documento hace un intento de esclarecer el tema de la pobreza desde la Iglesia, ubicándose así en una perspectiva que evita el peligro de reducciones sociológicas o ideológicas en un asunto tan ligado a la vida de la fe: "La Iglesia proclama ante todos los hombres --y lo exige particularmente de sus hijos-- el verdadero sentido de la pobreza: como actitud interior profunda y simple. No es pobre quien se siente superior, seguro y fuerte. La verdadera pobreza experimenta una necesidad profunda de Dios y de los otros. No es pobre quien siente orgullo de su pobreza y hace ostensible manifestación de ella. La pobreza es esencialmente servicio y amor, desprendimiento y libertad, serenidad y gozo. No siembra resentimientos, no engendra amarguras, ni provoca violencias, tampoco constituye un estado definitivo. Es sólo condición para que el reino de Dios se introduzca en nosotros y nos haga partícipes de los bienes invisibles. También es condición para que todos los hombres encuentren en la tierra "los medios de subsistencia y los instrumentos de progreso", puesto que Dios ha destinado la tierra y todo lo que ella contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos en forma justa, según regla de la justicia, inseparable de la caridad". Tras resaltar que ""los pobres son el sacramento de Cristo", el signo de su presencia --ha dicho Pablo VI, dirigiéndose a los campesinos colombianos, el día del desarrollo-- en la misteriosa sociología y humanismo de Jesús. El está como encarnado en cada hombre doliente, en cada hambriento, enfermo, desnudo y encarcelado", añade: "Por eso la Iglesia honra a los pobres, los ama, los defiende, se solidariza con su causa". Y aún más, tras las huellas de Cristo, "es la Iglesia de los pobres". Más adelante señala el Documento de San Miguel: "Sin embargo, la miseria es un pecado, en el pensamiento de Jesús. Es una condición inhumana. Dios no ha hecho al hombre para la miseria. Por eso, los que poseen tienen el deber de socorrer a los pobres que no poseen. La comunidad cristiana es responsable de "sus pobres". Comenzando por sus jefes debe tener el corazón abierto a sus sufrimientos".
También al tratar de la Justicia, el Documento, se expresa en términos doctrinales de gran actualidad, incluso hoy: "Los Obispos argentinos afirmamos que el ejercicio de la virtud de la justicia se encarna en la vida entera de la sociedad. No basta, por tanto, dar a cada uno lo suyo en un plano meramente individual", añadiendo: "El pecado se da siempre en el interior del hombre, que por su libertad es capaz de rechazar el amor y de instalar la injusticia. Pero del corazón del hombre pasa a sus actividades, a sus instituciones, a las estructuras creadas por él". "Por ello, cuando Dios revela su designio divino, como plan para los hombres, la justicia aparece en su pedagogía no sólo como un don divino o virtud personal, sino también como un estado del pueblo, como un modo de ser del mismo, hasta tal punto que el pueblo todo es el que está en situación de pecado cuando se cometen injusticias, se las consiente o no se las repara".
Consideran los Obispos argentinos que las injusticias obedecen a un largo proceso histórico y que cubren diversas áreas de estructuración opresiva. Diagnostican que hay "condicionamientos que agudizan la injusticia", como la "concepción moralmente errónea" que hace del lucro la razón de ser de la actividad económica, así como "la subordinación de lo social a lo económico". Plantean educar las conciencias para que todos se encaminen a la liberación, para lo cual ven como necesario trabajar "por la superación de las resistencias al cambio por ignorancia, indiferencia o intereses egoístas". Son enfáticos en resaltar entre las conclusiones que: "La necesidad de una transformación rápida y profunda de la estructura actual nos obliga a todos a buscar un nuevo y humano, viable y eficaz camino de liberación con el que se superarán las estériles resistencias al cambio y se evitará caer en opciones extremistas, especialmente las de inspiración marxista, ajenas no sólo a la visión cristiana sino también al sentir de nuestro pueblo".
Es una pena no poder seguir recogiendo pasajes, aunque fuera muy brevemente como lo venimos haciendo, de este Documento tan cuidado; sin embargo, como el tiempo para el orador, el espacio, para quien escribe, es un tirano que no admite contestación alguna. Así pues, añadiremos una que otra idea antes de concluir apuradamente este acápite. Al tratar de Paz apunta, en el pasaje que sirve como fundamento, la línea de la liberación en términos de reconciliación que veinte años después empieza a ser, cada vez más, lugar de encuentro del dinamismo de la esperanza para el hoy de América Latina: "Cristo, nuestra paz, que al liberarnos del pecado por su muerte en la cruz y resurrección, también nos reconcilió en su cuerpo, borrando las divisiones y oposiciones de los hombres entre sí, dejó a su Iglesia el mandamiento y el don interior del gozo y de la paz, de donde brota como de fuente perenne el esfuerzo siempre renovado y nunca vencido por liberar al hombre y pacificar la sociedad"[76].
El tema de la paz de Cristo y de su construcción social conduce a la opción desde el Evangelio por los pobres, a proclamar el derecho del pueblo de contar con sus organizaciones, a buscar canales de auténtica participación comunitaria, a la reforma de la empresa, al cumplimiento de las leyes y convenios laborales, a rechazar la violencia. El tema de la Pastoral Popular se orienta en términos de aceptación y comprensión del pueblo buscando "una comunión en los ideales" y "destino común" que "brota también de la semilla de la palabra evangélica, sembrada desde el origen mismo de la nacionalidad". Al tratar de Familia y Demografía, además de Medellín, asume intencionalmente la perspectiva de la Humanae vitae, buscando que la familia sea "una comunidad personalizada de rico diálogo entre marido y mujer e intergeneracional, donde se viva libre y comunitariamente la propia vocación y cada uno adquiera un serio sentido y mentalidad social, que permita asumir los problemas de la liberación total del hombre argentino y latinoamericano, y participar en la construcción de una sociedad justa, integrada y desarrollada".
En Educación, Juventud, Dirigentes, Catequesis, y así en los demás capítulos en los que está dividido el extenso Documento de San Miguel resalta siempre como base una perspectiva de fe y vida espiritual formulada en términos doctrinales, a la que se suma una orientación pastoral invitando a la conversión y maduración y señalando caminos --a modo de conclusiones-- que desembocan en una perspectiva social y popular, de inspiración evangelizadora. Estas características, en mayor o menor grado, se descubren tanto en capítulos como el de Liturgia, así como en los de apariencia más práctica, como por ejemplo, Pastoral de Conjunto.
La lectura del Documento de San Miguel da la impresión de un texto bien meditado, donde a través de un lenguaje pastoral de constantes referencias doctrinales, se ofrece la integración de los principios de Medellín a la realidad de la Iglesia en Argentina y a la perspectiva de sus Pastores. No puede menos que llamar la atención el ponderado y sistemático desarrollo de los temas de Medellín, alejándose de una mera repetición, pero también sin violentarlos ni reducirlos a una retórica que tras la etiqueta de "pastoral" los diluya. Más bien, el Documento del Episcopado Argentino es un fruto maduro del Concilio y de Medellín, que asumiendo sus impulsos los conduce a través de fundados diagnósticos y conclusiones orientadas a la "praxis" a un horizonte pastoral por el cual laborar desde la fe y a través de la fe.
[66]Las siguientes citas de la Declaración de los Obispos, Chile, 4/10/68, están tomadas de la versión de ese documento que aparece en José Marins y equipo, Praxis de los Padres de América Latina, Ediciones Paulinas, Bogotá 1978, pp. 73ss.
[67]Exhortación del Comité Permanente del Episcopado, Chile, en José Marins y equipo, ob. cit., pp. 83ss.
[68]Las citas de dicha Declaración de la Conferencia Episcopal, están tomadas del texto de la misma que aparece en José Marins y equipo, ob. cit., pp. 87ss.
[69]Mensaje del Episcopado con motivo de la Fiesta del Trabajo, Bolivia, en José Marins y equipo, ob. cit., pp. 77ss.
[70]Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal, "La misión de nuestra Iglesia hoy", Paraguay, abril de 1969, en José Marins y equipo, ob. cit., pp. 123ss.
[71]Ver Comunicado de la Conferencia Episcopal. Sobre injusta situación del bloqueo, Cuba, abril de 1969, en José Marins y equipo, ob. cit., pp. 105ss.
[72]Mensaje de la XXV Conferencia Episcopal, "El cambio es una ley de vida señalada por el mismo Creador", julio de 1969, en José Marins y equipo, ob. cit., pp. 96ss.
[73]Lug. cit.
[74]Aun cuando la edición de Marins trae el documento, hemos preferido citarlo en este acápite de Documentos del Episcopado. La Pastoral Conciliar en el Perú, en la Iglesia. 1968-1977, EAPSA, pp. 4ss.
[75]Documento de San Miguel: Declaración del Episcopado Argentino sobre la adaptación a la realidad actual del país, de las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín), en Documentos del Episcopado Argentino. 1965-1981. Colección completa del magisterio postconciliar de la Conferencia Episcopal Argentina, Editorial Claretiana, Buenos Aires 1982, pp. 66ss. Los textos del documento que citamos en este acápite están tomados de esta edición.
[76]Subrayado del autor.
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