Los antecedentes más cercanos del proceso de maduración eclesial de América Latina nos hacen volver la mirada a la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, realizada en Río de Janeiro, en 1955, en tiempos del pontificado del Papa Pío XII. Dos años antes de su realización, proyectada para coincidir con el XXXVI Congreso Eucarístico Internacional, empezó a ser preparada la gran asamblea que, con la participación de cerca de cien Obispos, se realizó del 25 de julio al 4 de agosto.
Río (1955), Medellín (1968) y Puebla (1979) son los grandes hitos en un largo caminar que tiene como horizonte cercano el aniversario de nuestra evangelización continental de 1992, y algunos años más tarde el advenimiento del Tercer Milenio de nuestra fe.
Río ha sido el gran olvidado, y sin embargo es el primer gran hito del camino de la esperanza que está invitado a recorrer el Pueblo de Dios que en estos tiempos peregrina por las tierras de América Latina. "De ella surge la orientación definitiva del Episcopado de América Latina para los años en que vivimos --decíamos con ocasión del 25 aniversario de Río--. El mismo Consejo Episcopal Latinoamericano nace como sugerencia de esa reunión tan sensible a las inquietudes profundas del pueblo de estas tierras. De Río nace un Documento y una Declaración, vinculados entre sí y complementarios. La revista "Medellín" del Instituto Teológico Pastoral del CELAM señala, con indiscutible acierto, sobre este injustamente olvidado documento: "Uno lo lee hoy primero con cierta curiosidad, después con interés, y termina sacando provecho de su espíritu. Mucho de lo que teníamos como novedades del Concilio Vaticano II o de Medellín, lo encontramos en este Documento de 1955". Y eso es la pura verdad"[10].
La reunión de Río de Janeiro se sitúa en una larga tradición de encuentros provinciales, entre los que destacan los Concilios Limenses, desde el primero realizado en 1551 hasta el último en 1772. Cuando el Papa Pablo III, por Bula del 31 de enero de 1545, elevó a la sede de Lima al rango de metropolitana, recibiendo como sufragáneas a casi todas las diócesis de América Austral, desde Nicaragua, Castilla de Oro (Panamá), Popayán (Colombia), Quito y Cuzco, quedó expedito el camino a la realización del Primer Concilio Provincial de estas tierras latinoamericanas, obstaculizado hasta entonces por depender las sedes americanas del muy lejano Arzobispado de Sevilla. El primer Concilio fue algo accidentado, particularmente por haberse hecho representar los Obispos mediante Procuradores. Más allá de las discusiones históricas y jurídicas sobre su validez, es un hecho que sus decretos estuvieron vigentes en la provincia eclesiástica del Perú por más de treinta años. Para el tiempo del Segundo Concilio Limense, el número de sedes sufragáneas había aumentado incluyendo a Asunción y La Plata, en Argentina, y Santiago y La Imperial, en Chile. Aunque en esta ocasión el área geográfica latinoamericana parecería mejor representada, ocurrió que diversas vicisitudes impidieron la asistencia de todos los Obispos, algunos por estar las sedes vacantes, otros por razones diversas[11]. Los otros Concilios, incluso el Tercero[12], que presidió Santo Toribio de Mogrovejo, estuvieron marcados por diversas vicisitudes que, al lado de las limitaciones jurisdiccionales, hacían más nominal que real su pleno alcance sub-continental.
Ampliando un poco más el área geográfica cubierta por las sedes convocadas, se realizó, esta vez sí con efectivo alcance sub-continental el Concilio Plenario de América Latina, en Roma, en 1899. La reunión fue convocada por el Papa León XIII, en 1898, aludiendo al IV Centenario del Descubrimiento de América y a la preocupación por que los de la raza latina, a quienes pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo, se reúnan para mirar a los intereses comunes. Al publicar los Decretos del Concilio Plenario, el Papa León sostenía: "Así como, en todos tiempos, hemos dictado las medidas más oportunas, para que en todas ellas brillen cada día más y más el esplendor de la cristiana piedad y el vigor de la eclesiástica disciplina, así también recientemente hemos exhortado a todos sus Arzobispos y Obispos, a que tomaran la determinación de congregarse en Concilio Plenario. Bien comprendíamos su grande utilidad y suma eficacia; porque nadie mejor podía conocer las necesidades de cada una de sus Iglesias, que aquellos designados por el Espíritu Santo para gobernarlas; y la mutua comunicación de los pareceres de tantos Pastores, no podía menos que añadir eficacia y valor a sus esfuerzos para apartar a los fieles de los peligros, robustecer la disciplina y proveer al bienestar del clero y del pueblo"[13]. En esa ocasión la convocatoria provenía del Papa, y alcanzaba a todos los Obispos de las repúblicas de América Latina. Poco más de medio centenar de Padres conciliares representando a las sedes episcopales de América Latina se reunía de cara al siglo XX en el Colegio Pío Latinoamericano. Al transcurso de los años, los efectos benéficos de la cohesión lograda no tardarían en ir desapareciendo en la historia cotidiana del Pueblo de Dios disperso por la Patria Grande latinoamericana.
Plenamente consciente de esta realidad disgregada, y no sólo por razones geográficas o de experiencia diversa en el proceso histórico y evangelizador, los cerca de cien Padres, reunidos en el Colegio Sagrado Corazón, en Río, buscaron una solución. Así, la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano dio lugar al establecimiento de un organismo permanente de contacto y coordinación de los diversos Episcopados de América Latina, integrando representantes de las diversas Conferencias Episcopales nacionales: el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM, aprobado por el Papa Pío XII, el 2 de noviembre de 1955. Sus acciones de estímulo a las tareas episcopales, y de aliento a la conciencia de comunión episcopal se desarrollan desde el momento de su instalación efectiva.
En 1958, se crearía en Roma otra institución destinada a alentar la visión conjunta de los Obispos latinoamericanos en relación con las Sagradas Congregaciones vaticanas. Este nuevo organismo de cooperación y comunión eclesial se llamó Pontificia Comisión para América Latina (CAL). El CELAM y la CAL son dos mecanismos fundamentales en el proceso de maduración continental de la Iglesia en América Latina.
Al llegar a los tiempos del Concilio Vaticano II, los Obispos latinoamericanos tenían ya un largo recorrido en la maduración del espíritu de cuerpo episcopal. Largo trecho había sido recorrido, desde las iniciales asambleas de los Concilios de Lima, en la maduración existencial de la comunicación de los Obispos entre sí, en comunión y bajo la autoridad del Sumo Pontífice[14]. El trabajo colegial para estudiar y decidir cosas en común, buscando la concordia del parecer de muchos, es una realidad cada vez más presente en la historia del episcopado latinoamericano. Sin duda alguna las sesiones del Concilio Vaticano II tuvieron un lugar importante en este proceso de maduración de la expresión colegial del orden episcopal.
Estando por finalizar las reuniones del Concilio, se desarrolló en Roma la Novena Reunión Anual del CELAM. En ese entonces a iniciativa de Mons. Manuel Larraín, Presidente del organismo episcopal, se pensó en la realización de la II Conferencia Episcopal, pensando como su objetivo principal la aplicación del Concilio a la América Latina. Los Obispos consideraron oportuna la fecha del siguiente Congreso Eucarístico Internacional, a realizarse en Bogotá en 1968. Muy pronto la maquinaria se echó a andar.
La preparación de un evento de la magnitud de una Conferencia Episcopal continental, no es algo que se improvisa. A través de reuniones especializadas, de alcance parcial, se fue abriendo camino el proceso que culminó con la realización de Medellín.
Del 5 al 8 de junio de 1966, se reunió en Baños (Ecuador) un grupo dedicado a profundizar en las perspectivas educativas, apostólicas y de acción social de la Iglesia. El gran animador fue Mons. Larraín. El pensamiento y la acción de Mons. Larraín no se pueden minimizar en la realización y orientación de la Conferencia de Medellín. En el II Congreso Católico de la Vida Rural, reunido en Manizales (Colombia) en 1953, Mons. Larraín planteaba puntos de vista ligados al proceso de creciente maduración social de la Iglesia en América Latina. En aquella ocasión señalaba: "El cristianismo es social o no es... Lo que se nos pide no es un paliativo superficial a un mal tan hondo. Es una visión de la economía, del trabajo, de la empresa, de la sociedad y del Estado, iluminado por un principio supremo: dignidad de la persona humana, sentido sublime de su vida, primacía del espíritu sobre la materia, trascendencia de nuestra doctrina eterna. Es la urgencia de sustituir ese proletariado rural por un orden económico social donde el hombre pueda vivir como hombre y como cristiano"[15]. El Obispo chileno, tan ligado al espíritu de la Populorum progressio, bien puede ser considerado un precursor de Medellín.
Con ocasión de la X Reunión del Consejo del CELAM, el Papa Pablo VI dirige un trascendental mensaje al Episcopado de la América Latina, Iglesia: problemas actuales (setiembre de 1966), la huella de cuyos contenidos se percibe en los trabajos de la reunión de Mar del Plata (octubre), así como en el mismo Medellín. Esta intervención pontificia habría que unirla a una exhortación apostólica dirigida también al Episcopado Latinoamericano (24 de noviembre de 1965), Trabajo Pastoral en la América Latina. Ambos documentos forman como una unidad y, ciertamente, su lectura no deja de llamar la atención sobre planteamientos que luego se han hecho en el Continente de la Esperanza. Por ejemplo, citamos del último de los dos documentos: "Y el aspecto social de la justicia es el que más afecta e interesa al mundo en general y al latinoamericano en particular, donde existen intensas y profundas diferencias. El clamor doliente de tantos como viven en condiciones indignas de seres humanos no puede dejarnos impasibles o inactivos; no puede ni debe quedar, en cuanto nos sea posible, desatendido ni insatisfecho. Debemos comprometernos solemnemente para que la Iglesia, siempre movida e inspirada por la caridad de Cristo, que cierra el paso a las soluciones violentas, sea consciente de su responsabilidad en la consecución de un sano orden de justicia social para todos"[16].
En febrero de 1967, en Buga (Colombia), a unos trescientos kilómetros de Bogotá, se realizó una reunión sobre la misión de la universidad católica en América Latina convocada por el Departamento de Educación del CELAM. De esa reunión salió un pronunciamiento conocido como el "Documento de Buga", aunque su título oficial es Misión de la Universidad Católica en América Latina. En mayo, la directiva del CELAM convocó a sus Departamentos especializados para una reunión en la propiedad de la central de juventudes, La Capilla. Luego de ese evento, y portando sus conclusiones, Mons. Avelar Brandao Vilela, Obispo de Teresiña (Brasil), expuso ante el Papa Pablo VI el proyecto concreto de la realización de una II Conferencia General, que ya había recibido una aprobación inicial del mismo Papa en diciembre de 1966. En julio de 1967 el Papa Pablo VI manifestó explícitamente su acuerdo con la realización del encuentro, impartiendo las respectivas instrucciones.
Decisiva fue, sin duda alguna, la lectura de la inolvidable encíclica de Pablo VI, Populorum progressio, promulgada en el Vaticano el 26 de marzo de 1967. Su diagnóstico realista sobre la situación social y económica de los pueblos, los principios sobre la concepción integral del desarrollo, las orientaciones para una acción efectiva, y la nota de grave urgencia son características que se pueden leer en Medellín. A pesar de lo desafortunado de ciertas visiones unidimensionales, reductivas, difundidas como modelo conceptual del desarrollo en ciertos organismos internacionales y autores, la sensibilidad de Pablo VI ante la marginación de millones en la participación de bienes fundamentales como la comida, vivienda, educación, crecimiento y plena realización personal, lo llevó a proponer, desde una visión de fe --usando el concepto de desarrollo, pero en un sentido más complejo que el usual, en un sentido multidimensional--, una gesta para el desarrollo de la persona y los pueblos --todo el hombre y todos los hombres-- según el Plan de Dios.
No se puede ver sino como un "programa de liberación reconciliadora" lo que magníficamente propone el Papa Pablo como una secuencia de desarrollo integral: "Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, las victorias sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza (Mt 5, 3), la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida de Dios vivo, Padre de todos los hombres"[17].
La plena actualidad de este mensaje de Pablo VI, lo radical e integral del desafío que propone, no fue desoído por los Obispos y los demás fieles en la América Latina, al menos, es justo y necesario decirlo, en el campo de las adhesiones afectivas. Medellín es prueba de ello. La vigencia hoy, años después, de los mismos horizontes, pero con visos de cada vez mayor urgencia, son irrecusable testimonio de que en la línea de las realizaciones efectivas la adhesión no fue tanta como para vencer indiferencias, intereses, oposiciones, perspectivas ideológicas u otras vicisitudes. La vigencia de los planteamientos de Pablo VI, en la Populorum progressio, han sido destacados, desde su aplicación al hoy de nuestra realidad, por S.S. Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis.
Se puede decir que las orientaciones de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, juntamente con las del Pontificado de Pablo VI, son fuente cercana para Medellín, tanto que sin ellas no podría entenderse el Documento Final de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.
Volviendo al "itinerario" en progreso, en noviembre de 1967, en la XI reunión anual ordinaria del CELAM, realizada en Chaclacayo, en las cercanías de Lima, se empezó a ahondar en la realización de la Conferencia. Se planteó la metodología general en base a "hechos", "reflexión teológica" y "proyecciones pastorales", la que se percibe con toda claridad en el llamado Documento Base (instrumento de trabajo). En esta ocasión se crea una Comisión para concretar los objetivos y la metodología[18]. También en Chaclacayo se crea el departamento de Ecumenismo del CELAM, puesto bajo la responsabilidad de Monseñor Antonio Quarracino, entonces Obispo de 9 de Julio, quien años después sería Secretario General, primero, y luego Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano.
En la Casa de Cristo Rey, en Bogotá, se realiza el primer encuentro definitivo del personal convocado por el CELAM. Entre el 19 y el 26 de enero e 1968, los Obispos Vilela, Muñoz Vega y McGrath (Presidencia del Consejo), Pironio (Secretario y Presidente del Comité de Reflexión), Quarracino, Valencia, Mendoza, Metzinger, Padim, y numerosos peritos de diversos lugares de América Latina, hasta sobrepasar los cuarenta entre Obispos y asesores, se entregan a la preparación del Documento Base en cumplimiento de los acuerdos de Chaclacayo. Resultado de esa fructífera reunión fue una versión preliminar del Documento de Trabajo o Base, así como una aproximación a la metodología que se habría de emplear en la Conferencia. A partir de este momento quedó establecida una Comisión bajo la responsabilidad del padre Plinio Monni (argentino). El 22 de enero se recibió una comunicación de parte del Cardenal Antonio Samoré, de la CAL, anunciando la convocatoria de la II Conferencia General por el Santo Padre. Al parecer fue en esta reunión que una ciudad de la región montañosa de Colombia ubicada a cerca de 1500 metros sobre el nivel del mar, Medellín, fundada con el nombre de Villa de Nuestra Señora de la Candelaria, a mediados del siglo XVII, fue elegida como sede para la realización del encuentro episcopal. Medellín es la capital del Departamento de Antioquia, y está ubicada a menos de una hora de vuelo de Bogotá.
1968 es un año de encuentros convocados por el CELAM. En abril, en Melgar (Colombia) se produce el encuentro de pastoral de misiones. La lectura del documento final del Encuentro de Melgar muestra una reiterada reflexión a la luz de las enseñanzas conciliares en vista a la renovación de la actividad misionera en América Latina[19].
En Itapoán (Brasil), del 12 al 19 de mayo, se realizó una reunión de los Presidentes de Comisiones Episcopales de Acción Social, para completar algunos puntos relativos al desarrollo e integración de América Latina planteados en la reunión de Mar de Plata (1966). Tras una base teológica, las conclusiones de Itapoán, que también expresan el influjo del Magisterio del Papa del que realizan una lectura, plantea un conjunto de principios para realizar las reformas básicas en orden a la trasformación de las estructuras[20]. Del 2 al 8 de junio se convocó una reunión semejante a la de Bogotá en enero. Esta vez la sede fue Medellín. El fruto de esta reunión fue la culminación redaccional del Documento de Trabajo o Base, asumiendo las observaciones y sugerencias de diversas Conferencias Episcopales al documento preliminar de enero. Así, un articulado esquema de trabajo, según la triple división de ver-hechos, juzgar-reflexión teológica, actuar-proyecciones pastorales, fue enviado a cuantos habrían de participar en el encuentro que habría de tener lugar entre el 26 de agosto y el 6 de setiembre. En la misma reunión se culminaron algunos aspectos organizativos y se dispusieron las pautas de la dinámica de trabajo. Más adelante, ya en vísperas de la II Conferencia General, se realizó en el mismo agosto de 1968, una reunión sobre catequesis, también en Medellín.
Junto a estas reuniones de carácter oficial, se realizaron otras de cara a Medellín, en diversos lugares de América Latina. En algunos casos eran cristianos con las mejores intenciones que buscaban reflexionar sobre los documentos que ya circulaban, participando así en la reflexión eclesial pre-Medellín, y buscando comunicar a sus Obispos sus inquietudes de fieles que peregrinan por las tierras latinoamericanas. En otros casos las reuniones, en apariencia semejantes a las primeras, parecerían responder a una inquietud diversa. Justamente en el pre-Medellín se constata el surgimiento, en diversos lugares, de grupos de presión que buscarán orientar las cosas según sus perspectivas, las más de las veces --si no siempre-- ideologizadas.
Todo estaba listo para la realización de la II Conferencia General. En el mes de mayo ya el Papa mismo había anunciado su visita a América Latina, la primera visita de un Sucesor de Pedro, para la clausura del Congreso Eucarístico Internacional y para inaugurar la II Conferencia General. Ciertamente algunos grupos de presión no sólo no mostraron su simpatía, sino que evidenciaron sus reservas por la visita pontificia. No así las multitudes del pueblo sencillo y creyente, representado principalmente por el colombiano, cuyas manifestaciones de adhesión al Vicario de Cristo han quedado históricamente grabadas como una muestra de fidelidad eclesial y como el macizo testimonio revelador de la identidad de quienes se auto-designan intérpretes y mediadores de las "concepciones implícitas en el pueblo", mostrándolos más bien como manipuladores ideologizados que desde una perspectiva egotística se sienten parte de un estrato privilegiado llamado a "conducir" a los pueblos.
El 24 de agosto de 1968, en la antigua Catedral de Bogotá, el Papa Pablo VI inauguraba la II Conferencia. Antes, el Cardenal Juan Landázuri Ricketts, Arzobispo de Lima (Perú), uno de los tres Co-Presidentes de la Conferencia se dirigía al Papa diciéndole: "América, tierra hermanada por estrechos lazos de sangre, religión, lengua y cultura, dividida por injustas diferencias sociales, económicas y culturales, os da su bienvenida llena de Esperanza". Afirmando al final de su alocución: "Os agradecemos de corazón esta presencia Vuestra en América Latina, al mismo tiempo que os renovamos nuestra firme adhesión y nuestro filial afecto. Dignaos bendecirnos: a nuestros pueblos, a esta II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Vuestra bendición de peregrino de la paz será signo prometedor para toda la Iglesia, para todos los hombres"[21].
El Discurso-Mensaje del Papa Pablo VI fue un necesario marco referencial para los Obispos, ya que el mismo Vicario de Cristo, en tierras latinoamericanas, cercano no sólo ya cordial sino físicamente a sus pueblos, planteaba una serie de orientaciones espirituales, pastorales, sociales, precisamente los epígrafes centrales de su Mensaje.
"No podemos ocultaros la viva emoción que invade nuestro espíritu en estos momentos. Nos mismo estamos maravillado de encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus Hermanos y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un sencillo y singular hecho de crónica; es, a nuestro parecer, un hecho histórico, que se insiere en la larga, compleja y fatigosa acción evangelizadora de estos inmensos territorios y que con ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la concluye en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias proféticas, se inaugura hoy, con esta visita, un nuevo periodo de la vida eclesiástica"[22], afirmaba Pablo VI interpretando sugerentemente el momento que se vivía.
El hermoso discurso del Papa con su "orientación espiritual, en primer lugar", con su invocación a la pobreza de vida, a la comunión eclesial, su profética denuncia de las insidias contra la fe y de las tentaciones de historicismo, de relativismo, de subjetivismo, de neo-positivismo, sus reflexiones sobre la oración, la reforma litúrgica y el ministerio de la palabra, establecían un ineludible marco espiritual para la realización de la Conferencia. Sus orientaciones pastorales destacando "la dependencia de la caridad para con el prójimo, de la caridad para con Dios", y su denuncia, también profética, de las corrientes que quieren olvidar esta "doctrina de clarísima e inexpugnable derivación evangélica", así como sus reflexiones eclesiológicas y sus orientaciones sociales, recogiendo una especial preocupación por los trabajadores, su recuerdo de la enseñanza social de la Iglesia, particularmente de la Populorum progressio, el esclarecimiento de la acción que le compete a los Pastores, su reflexión sobre la pobreza y su llamado a la solidaridad y al amor, así como su enfática y definitiva exclusión de la violencia, la presentación del horizonte de la paz, la necesaria transformación social y la defensa de la dignidad de la familia[23], fueron iluminaciones que permanecieron en la memoria y en los corazones de los Pastores en sus reflexiones, y que se ven reflejadas en las Conclusiones finales. Parece que la lectura completa y global de Medellín no puede realizarse si se prescinde de este trascendental Discurso-Mensaje del Papa.
Al día siguiente de la inauguración por el Papa Pablo VI de la II Conferencia, la que se desarrolló en clave de fe y de acción evangelizadora integral, los participantes se dirigieron a la ciudad de Medellín, sede donde habría de desarrollarse la trascendental reunión episcopal.
[10]Luis Fernando Figari, Huellas de un peregrinar, Lima 1984, pp. 104 y 105.
[11]Los datos históricos de esta parte están tomados de Rubén Vargas Ugarte, S.J., Concilios Limenses (1551-1772), Tomo III, Lima 1954.
[12]Inaugurado en agosto de 1562, los trabajos del Tercer Concilio Limense tuvieron gran importancia en el proceso evangelizador de una significativa área de América Latina, a pesar de obstáculos y limitaciones.
[13]S.S. León XIII, Iesu Christi Ecclesiam, en Actas y Decretos del Concilio Plenario de la América Latina celebrado en Roma el Año del Señor de MDCCCXCIX, Tipografía Vaticana, Roma 1906, p. xv.
[14]Ver Christus Dominus, 3a; también Lumen gentium, 22a.
[15]Quintín Aldea y Eduardo Cárdenas, Manual de Historia de la Iglesia, Tomo X (La Iglesia del siglo XX en España, Portugal y América Latina), Editorial Herder, Barcelona 1987, p. 750.
[16]S.S. Pablo VI, Trabajo Pastoral en América Latina, 21.
[17]S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 21.
[18]Sobre el itinerario seguido para la realización de Medellín se puede ver el discurso inaugural del Cardenal Vilela presentado en Quintín Aldea y Eduardo Cárdenas, ob. cit., pp. 813ss.
[19]Ver Primer Encuentro sobre Pastoral de Misiones en América Latina, en Comisión Episcopal de Acción Social, Signos de Renovación, Lima 1969, pp. 117ss.
[20]Ver allí mismo, pp. 31ss.
[21]Allí mismo, pp. 243 y 246.
[22]Discurso de S.S. Pablo VI en la apertura de la Segunda Conferencia, en Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Medellín. Conclusiones, Ediciones Paulinas, Lima 1973, pp. 9ss.
[23]Las diversas referencias al Discurso-Mensaje de Pablo VI en la Inauguración de la II Conferencia, han sido tomadas del texto citado en la nota anterior.
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