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PRESENTACIÓN

Han pasado más de veinte años desde que se llevó a cabo la II Conferencia General del Episcopado latinoamericano en Medellín, Colombia. Han sido años importantes para la vida del Pueblo de Dios en América Latina. Casi podemos decir que con Medellín empieza una nueva época para la Iglesia del Continente; la época del Concilio Vaticano II que planteó un vital horizonte de renovación, que aún permanece como tal en el caminar del pueblo latinoamericano. Con el correr de los años se ha ido viendo la importancia y riqueza de lo que allí reflexionamos en espíritu de fe, incluso más allá de las reinterpretaciones de que fue objeto Medellín y que llevaron a Juan Pablo II a señalarlas, años más tarde al inaugurar Puebla, como uno de los serios problemas de la Iglesia.

Por ello nos alegramos de que los versados trabajos de Luis Fernando Figari sobre esa II Conferencia General aparezcan en esta obra que nos permite reiterar la valoración de un acontecimiento que fue decisivo para la Iglesia en América Latina, como se puede ver con toda claridad hoy en día.

Medellín supo recoger, desde una conciencia cristiana y solidaria, una inquietud hondamente sentida en América Latina por los más abandonados. Pero sobre todo trató de plasmar la renovación de la Iglesia, el aggiornamento, que el Espíritu Santo había alentado desde el Concilio Vaticano II. La misión evangelizadora requería una puesta al día. Lo que fue el Concilio para el Mundo, eso procuró ser Medellín para América Latina.

Recuerdo que yo era entonces un Obispo recién nombrado. Fui con un gran entusiasmo y esperanza a la reunión episcopal de Medellín. Había dos temas que tenía particularmente presente y que pensaba que no se podían dejar de tocar de manera integrada: la evangelización y los pobres. Había puesto en el lema de mi escudo: "Justicia, caridad y paz en la fe". La evangelización como anuncio de la salvación de Cristo, y las consecuencias tanto para la vida cristiana como las ineludibles proyecciones sociales del mensaje cristiano, son temas que siempre he juzgado fundamentales para la vida y la acción eclesial.

Ahora bien, la explícita intención en Medellín era ciertamente aplicar el mensaje del Concilio Vaticano II a América Latina. Ese fue el horizonte y la preocupación central de quienes estábamos allí reunidos. Pero también estábamos convencidos de que esta aplicación debía de hacerse desde la realidad concreta del Continente, teniendo en cuenta todas sus contradicciones y rupturas que, como ya se veía entonces, eran muchas. Al plantearse la realidad que había que evangelizar, aparecía también una muy justa preocupación por la situación del subdesarrollo de nuestras naciones, subdesarrollo no sólo económico sino como lo entendía la memorable encíclica de Pablo VI, Populorum progressio, en el sentido integral que afecta al hombre globalmente. Un lugar especial en esa preocupación lo tenía la pobreza, miseria en muchos casos, de tantos hermanos nuestros, lo que llevaba a alentar una acción decidida por la justicia y la promoción humana que nacían del compromiso cristiano.

A mí me tocó ser presidente de la Comisión que trabajó el tema de la pobreza. Esta era, y sigue siéndolo, un aspecto muy importante del compromiso evangelizador y testimonial de la Iglesia. La verdad es que lo ha sido siempre. Jesucristo mismo nos da el ejemplo que luego la Iglesia se ha esforzado en seguir a lo largo de los siglos. Con esas preocupaciones, en Medellín me lancé a trabajar preocupado por el compromiso concreto por el pobre, desde el Evangelio. Para mí ese compromiso era entonces, como lo ha sido siempre, una clara opción por Cristo y por el camino del amor que nos muestra con su propia vida.

En la Conferencia se dialogó mucho, se debatieron numerosos puntos buscando aclararlos y presentarlos lo más pastoralmente que fuera posible. Recuerdo que uno de los más difíciles fue el tema de la violencia y la paz. Había en aquella época algunos cristianos que querían justificar la violencia, apoyando las guerrillas, con sentimiento pero sin reflexión teológica. Con mucho acierto Pablo VI habló del asunto, y fue muy claro y muy orientador. Sus palabras de inauguración en la Catedral de Bogotá fueron decisivas para esclarecer el camino pacificador que debe tener el cristiano en nuestra realidad, al trabajar por la justicia, pero en espíritu de paz, de reconciliación, y por supuesto fueron recogidas más tarde en los documentos. Siempre he recordado sus palabras sobre la "espiral de la violencia", pues "la violencia engendra violencia", de continua aplicación.

Las dieciséis conclusiones de las Comisiones y las introducciones fueron ciertamente un paso trascendental en la vida y maduración de la Iglesia en América Latina. En el interés amplio de la evangelización, el tema principal en torno al que giraron las reflexiones y los diálogos fue el del desarrollo, muy influenciado por la visión integral de la Populorum progressio. Sin embargo creo que un aporte fundamental puede ser encontrado en el concepto de evangelización liberadora. Creo que fue un aporte muy importante, a pesar de las graves reinterpretaciones y desviaciones que aparecieron después. Yo por lo demás debo confesar que para mí no significó un problema el uso de la palabra "liberación", hasta que con el correr de los años noté que a la liberación se le estaba dando un contenido predominantemente sociológico y hasta ideológico, muy distinto al que le dimos en Medellín. Para mí la liberación tenía una carga pascual muy viva, se refería a la salvación, pero incluyendo la preocupación por toda la realidad de la persona. No había exclusión de lo social, pero tampoco un reduccionismo que termina por ser mutilación. La entendía en un sentido integral, como una expresión del misterio de Cristo, muy en armonía con lo que es la dimensión reconciliadora, pues todos esos términos se refieren al acto salvífico de Cristo, soteriológico, como se expresó Juan Pablo II en 1986 al dirigirse a los Obispos del Brasil. Esto está claro en Medellín y aparece muy bien en los análisis del concienzudo trabajo de Luis Fernando Figari. Entonces, como también hoy y siempre, existe una liberación cristiana bien entendida que nada tiene que ver con la aproximación marxista que tanto daño ha hecho; liberación integral que expuse a los sinodales del Sínodo de 1974, en donde algunos Obispos deseaban eliminar la palabra liberación, pues era usada en forma contestataria en sus diócesis.

A lo largo de los años, en mi trabajo pastoral me he esforzado en aplicar una evangelización liberadora, en su recto e integral sentido eclesial. Ya a principios de los años setenta, el Papa Pablo VI estaba preocupado frente a las confusiones que se estaban dando en esos tiempos, sobre todo entre algunos, en relación al sentido del término de "liberación". La Evangelii nuntiandi vino a hacer un importante aporte al clarificar para todos lo que se debía entender por liberación y lo que no. Lamentablemente, ya para ese momento se habían introducido en el lenguaje teológico las categorías marxistas, desvirtuando el recto sentido del término liberación, de tan honda raigambre cristiana. Algunos no le tomaron el peso a estas aclaraciones del magisterio del Papa y se mantuvieron en sus posiciones. Eso ha sido muy penoso para la Iglesia en América Latina.

Otros, más fieles al sentido original, hicieron sus reflexiones teológicas en armonía con el Concilio Vaticano II y con Medellín, aunque estas teologías no han tenido tanta publicidad, ellas existen y se manifestaron en Puebla como expresión de la Iglesia que aspira estar siempre en la comunión de la fe.

Debe quedar claro, sin embargo, que en Medellín no existe confusión; ella vino después, la confusión la hicieron los que lo reinterpretaron reductivamente. Lo que sucedió es que a la evangelización liberadora algunos la reinterpretaron haciendo una "teología" que de hecho resultó incorrecta, como lo ha señalado tan claramente la Instrucción Libertatis nuntius, y tantos pronunciamientos del Papa Juan Pablo II, como el que con toda claridad hace en su Carta Apostólica a los Religiosos y Religiosas de América Latina en el V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo. En su Carta Apostólica del 29 de junio de 1990, dedica unos números al tema de la "auténtica liberación".

A pesar de las dificultades para que se entienda bien el mensaje de Medellín, y de las reinterpretaciones, no se ha ocultado la riqueza de lo que reflexionamos los Obispos. Hoy, poco más de dos décadas después de esa memorable Conferencia del Episcopado del Continente, asombra aún la profundidad de sus planteamientos y lo atinado de muchos de sus diagnósticos. Muchos aspectos de lo entonces dicho conservan su plena vigencia aún hoy. Por lo demás Juan Pablo II al conmemorar un aniversario de la Populorum progressio, en su Sollicitudo rei socialis ha reiterado para este tiempo la importancia de promover el desarrollo integral que fuera asumido como programa por Medellín[1].

El presente libro es un gran aporte para dar su valor y comprender mejor esta trascendental Conferencia. Presenta de una manera muy completa la génesis de la II Conferencia y sus enseñanzas, ofreciendo apreciables síntesis junto con un marco de comprensión que permiten apreciar mejor el verdadero sentido de Medellín. Ante las reinterpretaciones que se generaron alrededor del documento y oscurecieron un tanto la riqueza de Medellín, L.F. Figari rescata el "Medellín real", el auténtico, y lo presenta con toda su lozanía y profundidad eclesial, ofreciéndole a las nuevas generaciones la ocasión de conocer integralmente este hito trascendental para la marcha de la Iglesia en América Latina.

Callao, Víspera de la Epifanía del Señor, 1991

+ Ricardo Durand Flórez, S.J.
Arzobispo-Obispo del Callao
Presidente de la Conferencia
Episcopal Peruana

[1]Ver S.S. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 28; Medellín, Introducción, 6; 1, 15; 2, 14.


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