Al abrir la Puerta Santa en la basílica de San Pedro, el Papa Juan Pablo II daba inicio al Gran Jubileo del 2000. Se recordaba el misterio fundamental de la fe, la Encarnación del Verbo Eterno de Dios en el vientre inmaculado de la siempre Virgen María. El Jubileo es un tiempo especial de gracia que invita a la conversión personal, a la renovación del Pueblo de Dios.
La Encarnación manifiesta el designio divino para la reconciliación del ser humano. Es un don y abre un camino. Bien sabemos que el Señor Jesús se presenta ante la humanidad como Camino, Verdad y Vida. En virtud de su Muerte y Resurrección rescata a la humanidad de la muerte y la reconcilia con el Padre, invitándola a recorrer el sendero que lleva a la plena felicidad. Así, la unidad de los misterios del Señor, desde la Encarnación a la Ascensión, manifiesta que todo es "Misterio de Reconciliación".
Por el Bautismo se participa en la vida de Cristo. Ciertamente la unción del Espíritu Santo allí recibida, con su carácter imborrable que sella la realidad profunda, es el inicio y fundamento de la vida cristiana. Él rescata al ser humano concreto del pecado original con el que todos nacemos, y reconcilia al hombre con Dios.
El pecado
Pero, tras la incorporación de la persona a Cristo, es usual que el ser humano niegue una y otra vez el amor divino que sale a su encuentro invitándolo a la plenitud y felicidad. Es el pecado. Un "acto suicida" lo ha llamado el Papa Juan Pablo II.
Por el pecado el hombre opta por la ruptura de la comunión. Ante todo con Dios. También rompe con el recto impulso de sus dinamismos más íntimos y pierde de vista la dirección a la que apuntan. La ruptura alcanza una dimensión social. Afecta la relación de quien peca con los demás. De manera muy especial atenta contra la comunión con la Iglesia. Finalmente, la ruptura vicia también la relación del ser humano con el mundo. Todo esto se hace realidad por el mal uso de la libertad. En la actual economía de la salvación ello es posible pues la secuela de debilidad que porta el pecado original no desaparece de la naturaleza humana. Así, mientras recorre la vida, abusa de la libertad, decodifica mal qué es lo que puede satisfacer su hambre, rechaza la verdad y se va tras las apariencias. Los sucedáneos lo fascinan con su brillo, y escoge no pocas veces lo falso en vez de lo auténtico, la mentira en vez de la verdad.
Repercusiones sociales
Se ve claro que las rupturas que porta el pecado alcanzan a todas las relaciones del ser humano. La dimensión social y cultural de la vida humana sufre también el impacto de dichos efectos de ruptura. Éstos se traducen en "estructuras", corrientes, que recorren el mundo facilitando y dando ocasión a la multiplicación de pecados. Si bien el pecado es una realidad eminentemente personal, se ha llegado a hablar de su impacto en el hábitat del ser humano con el nombre de "pecado social". La referencia en singular a este pecado es ciertamente una manera general de hablar, pues bien se sabe que la "variedad de pecados es grande" como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.
La conversión
Todas estas realidades hablan claro de que la conversión, aunque pueda tener un momento o momentos fuertes, es un proceso. Cristo llama y no deja de llamar a la conversión: "¡Convertíos!". La opción por responder al Plan de Dios es sostenida y nutrida por la gracia que es amorosamente derramada en los corazones por el Espíritu Santo y que impulsa a la persona a aspirar continuamente a una vida nueva. En ese sentido se da un combate en lo íntimo del ser humano. "Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos".
Por el sacramento de la Confesión el pecador recurre a la misericordia divina, y reconociéndose frágil se abre a Dios que sale a su encuentro con el perdón, y a la Iglesia que lo recibe amorosa. La conversión como proceso de continua respuesta a la gratuita invitación de Dios a la reconciliación, alcanza en el sacramento un auxilio fundamental y con el perdón recibe también un don de gracia que impulsa a responder con mayor coherencia al divino designio de Amor.
La renovación permanente
La conversión y renovación personales, avanzando por los caminos que dispone el designio divino, es tarea de todos en el Pueblo de Dios. Con precisión señala el Catecismo que: "en su peregrinación, la Iglesia experimenta también hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio". Y, refiriéndose al proceso de conversión que llama "segunda conversión", dice también que "es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que ‘recibe en su propio seno a los pecadores’ y que siendo ‘santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación’. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del ‘corazón contrito’, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero".
Luis Fernando Figari
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