Ya inminente la proximidad del tercer milenio de la fe de la Iglesia, se conmemora el centenario del Concilio Plenario de la América Latina. Se trata de un evento inolvidable por su significación eclesial, así como por su decisiva contribución a la toma de conciencia de la identidad de América Latina. Se realizó en Roma, como un significativo testimonio de la catolicidad de los pueblos latinoamericanos. Las razones que llevaron a los Obispos del Pueblo Continente a reunirse en torno a la Cátedra de Pedro se proyectan en un haz que las trasciende decisivamente y que hace aflorar ya entonces la percepción de lo que en la Conferencia General del Episcopado en Puebla (1979) se llamará "evangelización constituyente". Y es que el Continente de la Esperanza nace en cuanto tal a la luz de la fe, y ella configura el sustrato más profundo y como tal irrenunciable de su realidad. Con el aliento y bendición del Papa León XIII los Pastores de la Iglesia que peregrina en América Latina fueron madurando en la concreta afirmación de la conciencia de la identidad común del Pueblo Continente.
El Papa León XIII
El Cardenal Joaquín Pecci accedió al solio pontificio con el nombre de León XIII, en 1878. Fue un largo pontificado que duró hasta julio de 1903, habiendo alcanzado el Papa los 93 años de edad. El norte de su pontificado fue impulsar el ardor del anuncio de la Buena Nueva del Señor Jesús y proyectar su impulso renovador a todos los campos de la vida social. Eran tiempos difíciles para la Iglesia. Las ideologías, filosóficamente revestidas, iniciaban una ofensiva que se traduciría en el materialismo, el agnosticismo y hasta el nihilismo. Con santa audacia el Sumo Pontífice se dispuso a ejercer su ministerio petrino centrado en revitalizar la identidad de la Iglesia ante los asedios pasados y presentes de las ideologías y de los gobiernos liberales que propugnaban lo que hoy llamaríamos un "pensamiento débil" que llevase a disolver las claras verdades de la fe en afirmaciones tenues y adaptadas al siglo. Igualmente se buscaba excluir a la fe de la vida social, y algunos incluso ya empezaban a propugnar su marginación de la vida familiar. Se estaba en uno de los picos del proceso secularizante que vemos desarrollarse hasta hoy.
El Papa León, visionario y de análisis realista, tomará muchas medidas cuya proyección muestra su valoración del mensaje que la Iglesia tiene para el mundo. De las 51 encíclicas que escribió, basta recordar su famosa Rerum novarum, de 1891. Entre las medidas de renovación dirige su mirada a esas vastas tierras evangelizadas por misioneros y pobladores en los albores del siglo XVI. En un documento de 1887 habla de "las cercanas relaciones de origen, de lengua y religión, como también la misma firmeza en la vida de la fe, que unen a las poblaciones de América del Sur" y señala que estas características concretas de las repúblicas de América "invitan a no separarlas en cuanto a los correspondientes cuidados especiales que estamos por dirigir para su provecho común". Desde la perspectiva de unidad de fe se ampliará el panorama incluyendo a Brasil y Haití, convocados también al Concilio Plenario de 1899. El común denominador: la fe hecha vida en los pueblos de impronta latina en tierras americanas, como esboza el Papa León XIII.
Antecedentes
Junto a la reflexión romana, aparece la del Arzobispo de Santiago de Chile, Mons. Mariano Casanova, ya en 1888. Se ha recogido la propuesta que hizo entonces de un concilio que plasmaría los propósitos del Pontífice. También se ha hablado de la propuesta del Arzobispo Mariano Soler, de Montevideo, gran impulsor del Colegio Pío Latinoamericano, en Roma, que había sido iniciado en 1858. Eran ideas que estaban dando vueltas y que encuentran su vía de realización en la rápida acogida de la Sagrada Congregación del Concilio, lo que da paso a la consulta a los Arzobispos y Obispos de América Latina sobre la posibilidad de un concilio casi continental. Existían alrededor de un centenar de sedes. Los trabajos concretos empiezan en 1889, y se habrán de desarrollar por un plazo de diez años. En mayo de 1894 se publica en la Santa Sede un estudio sobre la realidad de los pueblos latinoamericanos. Se establecen comisiones de Cardenales, así como de peritos, que van recabando la información y dando forma a las propuestas.
En 1897 se envía en consulta a todos los Pastores un primer Schema decretorum. Y van llegando las respuestas. Entre ellas destacan las opiniones de Mons.Pietro Gasparri, Delegado Apostólico en Perú, Ecuador y Bolivia, que eventualmente fueron añadidas como un apéndice a la consulta elevada a la comisión cardenalicia. En enero de 1899 se culminaron las evaluaciones y se propuso a los Pastores latinoamericanos un Esquema para sus deliberaciones conciliares. El 7 de enero el Cardenal Angelo Di Pietro, Prefecto de la Congregación para el Concilio, envió a todos los prelados ordinarios de América Latina una Circular sobre la realización del Concilio Plenario, solicitando a la vez su opinión sobre el nuevo Esquema, a ella anexado.
Cum diuturnum
Es el nombre de las letras con que el Papa León, en la Navidad de 1898, había convocado a los Pastores de las repúblicas de América Latina, "a quien pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo", a reunirse en Concilio en Roma al año siguiente. El Pontífice esperaba que de dicha reunión episcopal brotaran iluminaciones para que "se mantenga incólume la unidad de la disciplina eclesiástica, resplandezca la moral católica y florezca públicamente la Iglesia, merced a los esfuerzos unánimes de todos los hombres de buena voluntad".
Reunidos en Roma
Como estaba dispuesto, la primera sesión solemne del Concilio Plenario Latinoamericano se llevó a cabo el 28 de mayo de 1899, Domingo de la Santísima Trinidad, en la sede del Colegio Pío Latinoamericano. A propuesta del Arzobispo de Lima, Mons. Manuel Tovar, la presidencia del Concilio se hizo rotativa entre los Arzobispos, en orden de antigüedad. Tal medida, manifestación de la colegialidad episcopal, contribuyó a fortalecer la unidad eclesial y a darle una singular expresión, especialmente significativa después de los dos penosos primeros tercios del siglo en que el Episcopado latinoamericano tanto sufrió por las consecuencias de la ideología liberal y positivista decimonónica. Cada presidente del Concilio, por expresa disposición del Papa León, actuaba como Delegado Apostólico. Fueron 9 sesiones solemnes y 29 congregaciones generales hasta la clausura del Concilio el 9 de julio de 1899, fecha en que en Roma se celebra la Solemnidad de los Prodigios de la Santísima Madre de Dios.
Frutos fecundos
Además de la participación en la celebración de la Eucaristía, la comunión en la oración, la fraternidad episcopal, el mutuo conocimiento, la unión eclesial en Latinoamérica, y cuantas experiencias espirituales y solidarias tuvieron los Pastores laborando en Roma, diligentemente produjeron dos documentos. El primero, una intensa Carta Sinodal "Al clero y al pueblo de la América Latina", dando breve cuenta de los importantes alcances del Concilio. El segundo, y sin duda más importante, lo forman los Decretos del Concilio encabezados por la consagración del Concilio al Sagrado Corazón de Jesús y "a la Santísima Virgen María, Patrona principal y universal de nuestros Estados, bajo el misterio de su Concepción Inmaculada". Los Decretos están divididos en 16 Títulos, de los cuales el primero es "De la fe y de la Iglesia Católica". El acento firmemente doctrinal y las perspectivas de intensa piedad que se descubren en el Concilio Plenario y en sus documentos muestran una clara opción por afirmar la fe y su irradiación social. La dedicada atención a lo organizativo, a lo disciplinar y pastoral se explica bien por la situación vivida por la Iglesia peregrina en América Latina durante el sigloXIX.
El Concilio, teniendo una singular autoridad pastoral y canónica, influye decisivamente en los pueblos latinoamericanos en la consolidación de una dinámica histórica que se prolonga a través de las Conferencias Generales de Río, Medellín, Puebla y Santo Domingo, desplegándose en horizonte de esperanza para que la acción de los hijos de la Iglesia en América Latina responda al Plan de Dios en sus vidas personales, sociedad y cultura de cara a las exigencias de la nueva evangelización para el tercer milenio de la fe.
Artículo de Luis Fernando Figari publicado en el semanario Fe y familia, año 1 número 15, Arequipa
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