A veinte años

 

El mundo estaba expectante ante la posible aparición del humo blanco que habría de brotar en algún momento en la chimenea del Cónclave. El 16 de octubre de 1978 la Plaza de San Pedro se conmocionó. Como ondas la alegría ante la visión se transmitió al mundo entero por los medios de comunicación social. La aparición del Cardenal Pericle Felici culminó la espera: "Habemus Papam". Se anunciaba así que el 264 sucesor de San Pedro era el cardenal polaco Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia.

Quince minutos después aparecía ante el mundo una imagen que se haría sumamente familiar a millones de personas en todos los continentes. "¡Alabado sea Jesucristo!", fueron sus primeras palabras. "Me han llamado de una tierra distante, distante pero siempre cercana en la comunión de la Fe y la Tradición cristianas", dijo el hombre vestido con sotana blanca que apareció en los balcones vaticanos. "Y así me presento ante todos ustedes para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza, nuestra fe en la Madre de Cristo y de la Iglesia".

Bajo el lema de "Totus Tuus", signo de su consagración mariana, el sucesor de San Estanislao, santo patrono de los polacos, accedía a la Cátedra de Pedro. Se trataba de un intelectual de primer orden, forjador de una versión renovada del tomismo, con la asimilación de elementos de la fenomenología. Un hombre de profunda oración. Amante del deporte y de la naturaleza. El que fuera Arzobispo de Cracovia había sido un sobreviviente de la persecución nazi, un defensor de los derechos de la Iglesia frente a la dictadura comunista, y de los derechos de los trabajadores. Desde un primer momento se apreciaba ya su estilo propio; un estilo que se ha ido haciendo familiar a lo largo de los veinte años de fecundo pontificado.

Su imagen enérgica ha hecho presente la voz de la Iglesia sobre los temas más delicados. Juan Pablo II viene guiando la nave de la Iglesia como diestro piloto. La víspera de su vigésimo aniversario como Sucesor de Pedro ha querido dar una muestra más de su amor por la Iglesia y por el ser humano. Ha dado a publicidad una nueva encíclica: Fides et ratio. En ella levanta su voz en defensa de la razón del ser humano. Su clara opción por la persona, encuentra en la nueva encíclica una defensa de los alcances de la recta razón que se abre a la verdad que viene de Dios.

En este Continente, al visitar Puebla, a pocos meses de su elección como Papa, afirmó con San Hilario: "Yo digo la verdad, para que sea conocida de todos la causa de la desorientación que sufrimos. No puedo callarme". Y así lo ha venido haciendo. Elevando su voz para anunciar la verdad y al mismo tiempo señalando los errores en la comprensión de la fe. Así como apuntando los graves abusos que atentan contra la vida, dignidad y derechos del ser humano. Fe y razón es como una síntesis de perspectivas en la que se unen la fuerza de las enseñanzas de la Iglesia sobre el valor del recto uso de la razón, sobre su capacidad de acoger por la fe el don gratuito de la Revelación, así como sobre los muchos errores que hoy como que parecen oscurecer o hasta disolver la justa capacidad de la razón, al igual que aquellos que desnaturalizándola la convierten en un sentido u otro en un ídolo.

Desde sus tres encíclicas programáticas dedicadas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pasando por la Veritatis splendor, hasta Fe y razón, el Papa Juan Pablo II no ha cejado en preparar al Pueblo de Dios, y al mundo entero, para ingresar al tercer milenio. Sus cartas apostólicas, sus homilías, sus catequesis, sus discursos llenan millares de páginas de enseñanzas iluminadoras para el ser humano que peregrina en el mundo. Es el Papa de la justa aplicación del Concilio Vaticano II, que se abre con el dinamismo de la esperanza hacia el futuro.

Nadie podrá negar que el Papa Juan Pablo II viene ejerciendo una fascinación sobre creyentes y no creyentes de todo el orbe. Al principio los medios de comunicación procuraban explicar el "misterio" de mil y una formas, casi todas ellas restringidas a elucubraciones reductivas, centradas en su fuerza y personalidad vigorosa. Cuando fueron pasando el atentado del 13 de mayo de 1981, las diversas operaciones que se le han efectuado, el correr de los años, la dolencia que lo aqueja, esos mismos medios se quedaron sin explicaciones. El Papa desde la imagen frágil que hoy presenta atrae, como hace veinte años, a entusiastas multitudes de todo orden, especialmente a los jóvenes que anhelan la verdad que viene de Dios, que el Santo Padre proclama incesantemente a un mundo socavado por la "cultura de muerte". Hoy las explicaciones reductivas han caído por tierra. Y es que la fuerza del Sumo Pontífice viene de su fe y vida de oración, de la bondad de Dios que según su divino designio sobre él derrama.

El Papa no sólo es voz de esperanza, que responde con el anuncio al hambre de Dios y que proclama el derecho a ver satisfechos el hambre de pan, de dignidad, de techo, de derechos respetados, de vida de las personas. S.S. Juan Pablo II es hoy inequívoco signo de esperanza.

 

Luis Fernando Figari

 

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