Historia de un peregrinar de fe
El Movimiento de Vida Cristiana nace en el año 1985 en la ciudad de Lima, Perú. Para entonces se habían constituido diversos proyectos, grupos e iniciativas. Luis Fernando Figari concibe la idea de reunir a esas personas e iniciativas en un movimiento eclesial. Su historia se va desarrollando en medio de la vida cotidiana de un grupo de cristianos que procuran vivir según la gracia de Dios. Desde los inicios hay una clara conciencia de que se trata de acoger los dones del Espíritu Santo. Tanto el Fundador como los primeros vinculados son conscientes de que como miembros del Pueblo de Dios deben ser coherentes con la gracia bautismal. Esa conciencia está además fuertemente marcada por el impulso de anunciar al Señor Jesús en medio de un mundo que sufre, lleno de rupturas, y que dolorosamente cada vez se aleja más de los designios de Dios para la vida del ser humano. La conciencia del don recibido acrecienta la responsabilidad que como hijos de la Iglesia experimentan ante las hambres que agobian a millones de hombres y mujeres en el mundo y cuya única respuesta está en el Señor Jesús y en el compromiso fraterno y solidario que de su seguimiento se deriva.
La historia del MVC está estrechamente ligada a la historia del Sodalicio de Vida Cristiana --actualmente reconocido como Sociedad de Vida Apostólica de Derecho Pontificio--. A partir de la experiencia del Sodalicio se irá configurando una familia espiritual en cuyo seno nace y se organiza el MVC como una respuesta, desde la espiritualidad y estilo sodálites, a múltiples desafíos de nuestro tiempo. Para comprender la historia del MVC hay que recordar los primeros pasos de lo que será el Sodalicio y las asociaciones y proyectos que surgieron de dicha experiencia.
Mirando hacia los orígenes
Los inicios de este peregrinar de fe se remontan a finales de la década de los 60. Es un tiempo que será recordado como particularmente intenso en la historia de la humanidad y de la Iglesia. Situaciones como las del "mayo francés" y sus pensadores, y tantas otras ocurridas en 1968 marcaron fuertemente a una juventud que se descubría intensamente inconforme con el mundo. Era un tiempo de crisis, de revisión de paradigmas, de muchos problemas, de grandes esperanzas, en suma, de profundos cambios. La Iglesia acababa de concluir el Concilio Vaticano II. Junto con las riquezas y la renovación que había traído esta intensa experiencia eclesial se presentaron --no a causa del Concilio-- las primeras expresiones de una dolorosa crisis en el Pueblo de Dios. En América Latina se llevó a cabo en el mismo año de 1968 la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín. Esta Conferencia marcaría hondamente la vida de la Iglesia en el subcontinente y abriría nuevos horizontes de compromiso eclesial. Pero la situación en América Latina tampoco era fácil. A los problemas --como el temible flagelo de la pobreza y del subdesarrollo-- que agobiaban de antaño a sus gentes se sumaría una fuerte tensión por efectos del impacto de ideologías --especialmente el marxismo y el liberalismo--. Todo ello con un pesado gravamen sobre sus pobladores, en especial los más pobres. También a ellos afecta la presencia de sectas provenientes sobre todo del norte del Continente como una estrategia política destinada a debilitar la presencia católica en América Latina.
Ante la situación de cambios en el mundo y atento a los vientos de esperanzadora renovación del Concilio y de Medellín, Luis Fernando Figari, acompañado de otras personas, va buscando cómo vivir y expresar la propia fe de cara a ese presente y al futuro. Corren los últimos años de la década de los 60. La situación del mundo, su contexto, constituye ciertamente un poderoso cuestionamiento que actúa como estímulo. El mismo Fundador describía las circunstancias de entonces en los siguientes términos: «Un mundo en cambio acelerado que suma a grandes avances técnicos y científicos inverosímiles niveles de conflictualidad y miseria, es el marco de inserción histórica. Ese presente y el futuro nada promisor que anuncian las proyecciones y obras de "utopía negativa" tienen que ser modificados. Ante ello se alza cuestionante el fracaso clamoroso de los intentos centrados en las visiones del hombre por cambiar el estado de las cosas. Es larga la lista de procesos iniciados con hermosas promesas y con ofrecimientos liberadores que se truecan en amargas desilusiones que oprimen al hombre, que esclavizan a los pueblos. El problema es siempre que los hombres que dirigen los supuestos procesos de cambio siguen aferrados al egoísmo, viven marcados por una dimensión que en la realidad de los hechos prescinde de Dios (...) El mundo nuevo que reclama ser hecho no puede serlo desde perspectivas que responden a esquemas viciados por el egoísmo (...) No se trata de reemplazar un egoísmo por otro, sino de hacer que el egoísmo de las personas y de los grupos disminuya y si es posible desaparezca. Si se quiere un mundo más justo, más humano no hay otro camino. Era para mí un proceso de búsqueda centrado en el afán de descubrir el sentido de la propia vida y de la sociedad que va desembocando en la creciente convicción de la importancia del ser humano, y de cómo en él estaba la clave, en lo profundo del hombre. Llegados a ese punto del itinerario, no cabía duda. Detrás de la gran temática del hombre, detrás de la problemática de la vida social, se descubre la temática religiosa. No fue un descubrimiento fácil, todo lo contrario. Pero fue. Ahí, por la gracia de Dios y el auxilio de Santa María, estaba el horizonte de la respuesta»[1].
Nacimiento del Sodalicio
El peregrinaje de fe se va plasmando en pasos concretos, y así el 8 de diciembre de 1971 Luis Fernando Figari funda el Sodalicio de Vida Cristiana. Es un hito muy importante en el inicio del peregrinar. La intención original brotaba de la convicción de que el Espíritu Santo estaba impulsando a los laicos a asumir un activo compromiso apostólico desde la universal llamada a la santidad. La iluminación del Concilio Vaticano II es decisiva. El amor filial a Santa María se hace presente desde los comienzos como una nota central de la vida y el apostolado de la comunidad naciente, surgida en el cauce histórico de la evangelización constituyente de las tierras americanas bendecidas con la presencia de Nuestra Señora de Guadalupe en el cerro del Tepeyac.
En los años que siguen a 1971 va madurando una comunidad que trata de vivir las consecuencias del bautismo en la vida cotidiana y que experimenta una clara vocación apostólica. Se van configurando y desarrollando las intuiciones pedagógicas fundantes plasmándose en diversos programas y sistemas de retiros, ejercicios espirituales y de encuentro fraterno. En el desarrollo de la propia respuesta espiritual son muy importantes las influencias del Venerable Guillermo José Chaminade y de la escuela francesa de espiritualidad, así como de San Ignacio de Loyola, acompañado por la experiencia de otros testigos de la Reforma Española, a las que se va sumando el rico aporte cisterciense en la forja de una espiritualidad nueva impregnada por la experiencia del propio caminar de cara al presente y al futuro. Fueron años de búsqueda en los que no faltaron dificultades ni obstáculos, como tampoco escasearon alientos y grandes esperanzas. En ese tiempo cala hondo en la joven comunidad la meditación del capítulo 10 del Evangelio según San Mateo. Fue un tiempo fecundo de crecimiento en la fe y en la propia experiencia eclesial.
El proceso de maduración de la comunidad se realiza bajo la atenta mirada de los Pastores y en comunión con ellos. El Cardenal Juan Landázuri Ricketts, O.F.M., entonces Arzobispo de Lima y Primado del Perú, alienta desde los comienzos a la joven comunidad. En un inolvidable encuentro con el MVC el Cardenal Landázuri recordaba esos primeros años. «En el 72 vino Mons. Schmitz, y dijo esa frase que es una gran realidad, una gran verdad: "Este movimiento es una plasmación del Concilio Vaticano II"». Será en 1973 cuando el entonces Obispo de Huaraz, Mons. Fernando Vargas, S.J., aplique al Sodalicio una histórica sentencia de bíblicos ecos: «El dedo de Dios está aquí».
Con el correr de los años las iniciativas apostólicas se multiplican. Se va perfilando más claramente un estilo apostólico dinámico, atento a los signos de los tiempos y a las características de la sociedad de hoy. Se trata claramente de una experiencia de fe situada en un contexto concreto pero claramente abierta a la dimensión universal. En esa época la plena adhesión a las enseñanzas sociales de la Iglesia, que acompaña desde los mismos inicios a sus integrantes, lleva a que se desarrolle en cada vez mayor profundidad el compromiso solidario con los pobres, siempre desde el Evangelio. La conciencia creciente de las rupturas entre fe y vida diaria, la amenaza del secularismo y de ideologías como el marxismo y el liberalismo, así como la convicción de la importancia de la cultura en la vida personal y social conducen a una creciente opción por la evangelización de la cultura. Irán así madurando algunas de las características centrales del peregrinar que se expresarán también en el MVC.
A partir de 1979 van tomando forma un conjunto de iniciativas que, sumadas a las ya organizadas, van constituyendo una familia espiritual con una identidad propia, expresada en diversas manifestaciones. Hasta entonces todo ello se centraba en el Sodalicio. En ese sentido fue muy significativa la celebración del 8 de diciembre de 1980, presidida por el Cardenal Landázuri en la capilla Inmaculado Corazón, en Lima. En aquella ocasión, entre otras palabras de aliento, declaró el Cardenal que «era un signo inequívoco de la acción del divino Espíritu ver en nuestro medio el surgimiento del Sodalicio de Vida Cristiana». En 1982 el Papa Juan Pablo II dirá: «Bendigo vuestro Sodalitium, bendigo vuestro Sodalitium... Os confirmo a vosotros y a vuestro Sodalitium».
En 1983 se profundiza con intensidad en el tema de la reconciliación. No sólo no se abandona el de la liberación cristiana, asumido desde 1971, sino que se busca prolongarlo y completarlo en la reconciliación: «Con ello se dota al impulso liberador de su justo horizonte: el marco de la reconciliación... Con ello se recobra el impulso liberador... El acento reconciliativo purifica a la liberación... y le devuelve su auténtico sentido de liberación en el Amor».
El Movimiento
Todo este proceso de experiencias de fe y apostolado lleva a que en 1985 se funde formalmente el Movimiento de Vida Cristiana. Se constituirá como una federación de asociaciones e iniciativas apostólicas. Como lo describe el Decreto de aprobación pontificia, el MVC se organiza «sobre la base de iniciativas y experiencias anteriores y confluyentes». En dicho año se realiza el I Congreso Internacional sobre la Reconciliación, en Arequipa, Perú, que constituirá una de las importantes ocasiones de encuentro eclesial y de reflexión en torno a la misión.
En 1986 el MVC dará sus primeros pasos fuera de tierras peruanas, donde por gracia de Dios había surgido. Se trata de un país hermano, Brasil. Se lleva a cabo la primera fundación en la ciudad de San Sebastián de Río de Janeiro, por invitación y con el aliento y la bendición de su Pastor, el Cardenal Eugênio de Araújo Sales. En pocos años se va llegando a otras diócesis de Brasil. En junio de 1987 se inaugura el primero de los centros pastorales: «Santa María de la Evangelización», en Lima. Se trata de una nueva modalidad de apostolado en respuesta a los desafíos de las ciudades. En los siguientes años el MVC se extiende a otras diócesis, ampliando su servicio a la misión de la Iglesia. En 1990 iniciará su presencia en Colombia. Así llegará también a otros países hermanos.
Surge por esta época en el seno del MVC un grupo de mujeres que sienten el llamado a la vida de plena disponibilidad apostólica. Después de un proceso de discernimiento Luis Fernando funda la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, obteniendo la aprobación del Cardenal Augusto Vargas Alzamora, S.J., sucesor del Cardenal Landázuri como Arzobispo de Lima.
En todo este tiempo se ha participado en la vida de diversas diócesis y arquidiócesis con solicitud y fervor. El aliento de los Pastores ha sido constante y fundamental. El Cardenal Vargas Alzamora, en un mensaje enviado al MVC en diciembre de 1990, manifestaba: «Sé bien la dedicación y el entusiasmo con que viene trabajando el Movimiento de Vida Cristiana. Conozco de cerca el amor que ponen en el servicio apostólico y solidario: amor que los ha llevado a emprender diversas obras para provecho de nuestra Iglesia, en diversos ambientes de nuestra sociedad, con los jóvenes, las familias, los pobres (...) Como Pastor les quiero decir que el Movimiento de Vida Cristiana es una bendición para la Iglesia del Señor».
Junto a la escucha atenta al Magisterio Pontificio, el caminar del MVC ha estado sellado también con una especial atención a las enseñanzas del Episcopado latinoamericano en las Conferencias Generales de Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992).
Aprobación pontificia
Con el paso del tiempo, la maduración y el crecimiento del Movimiento, la Santa Sede lo reconoce como Asociación Internacional Privada de Fieles de Derecho Pontificio. Eso ocurría el 23 de marzo de 1994, en la fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, segundo Arzobispo de Lima y Patrono de los Obispos de América Latina. El MVC recibió dicho reconocimiento de la Sede Apostólica mediante un Decreto del Pontificio Consejo para los Laicos, presidido entonces por el Cardenal Eduardo Pironio y acompañado como Vicepresidente por Mons. Paul Joseph Cordes. Mediante el mismo Decreto se aprobaba el texto de sus Estatutos.
Al servicio de las Iglesias particulares
En su vida apostólica los miembros del Movimiento han venido sirviendo a las Iglesias particulares en distintos campos, en diversas circunscripciones eclesiásticas buscando siempre la orientación de sus Pastores. Han tratado de que su acción se oriente por la fe y la caridad teniendo como base una auténtica actitud de servicio ante la realidad y necesidades de la comunidad eclesial toda, y en disposición de diálogo y colaboración con otras instituciones y asociaciones eclesiales. Muy sensibles a la pluralidad de dones y carismas que el Espíritu derrama en su Iglesia, la conciencia de la pluralidad en la comunión de la Iglesia ha sido y es una característica de la eclesialidad del MVC.
Las comunidades y los miembros del Movimiento van extendiéndose por distintos países. A partir de su reconocimiento pontificio la expansión del MVC se va haciendo cada vez mayor, pudiéndose distinguir dos tipos de presencia. Una es "institucional". Esto quiere decir que el Movimiento está organizado en una determinada circunscripción eclesiástica. En ese sentido el MVC viene sirviendo en varias diócesis y arquidiócesis de países como: Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Paraguay, Perú, e Italia. La otra es una presencia de personas vinculadas al Movimiento que están o se han establecido en algún país o lugar distintos de aquellos en que se encuentra el MVC como tal. Allí establecen uno o más grupos de alguna de las asociaciones emevecistas y tienen sus reuniones fraternas y sus celebraciones de fe.
Notas
[1]Harold Griffiths, Peregrinar de una comunidad. Un movimiento joven como respuesta para los jóvenes, entrevista a Luis Fernando Figari, en revista católica internacional «Communio», edición en lengua castellana para América Latina, año II, n. 8, 1984, p. 47.
©1998, Movimiento de Vida Cristiana
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