IN MEMORIAM
Germán Doig Klinge(1957-2001)

Febrero 18

Columna editorial
PATENTE DE CORSO

"Germán Doig"

Por Pedro Salinas
(Publicado en el diario Correo de Lima-Perú)

La muerte de alguien a quien se le guarda aprecio y respeto debe ser una de las cosas más espantosas e incomprensibles para el ser humano. ¿Por qué él y no otro?, se pregunta uno.

Sin embargo, la muerte es ineludible. En algún momento, también tocará nuestra puerta. ¿De qué manera? ¿En qué momento? Quién sabe. Nunca podremos conocer ni el día ni la hora.

Pero lo cierto es que, el impacto de la muerte de un conocido siempre es doloroso, intenso, profundo, deja huella.

La primera vez que la sentí fue cuando falleció mi abuelo. Un infarto inesperado se lo llevó a los 60 años. Luego siguió la muerte de mi primo Sandor, de apenas 24 años. Un accidente automovilístico lo mató instantáneamente. Robert, un amigo de la Marina, murió envenenado en Ayacucho en los tiempos duros del terrorismo. Más tarde, la volví a sentir cuando me arrebató a mi padre, luego de una reconciliación que esperó cerca de 14 años. Un cáncer generalizado se lo llevó.

La muerte de Sergio Ferreyros, que apenas frisaba la edad de 30 años, un amigo con el cual compartí muchas cosas, y del que aprendí muchas otras durante su agonía, también víctima de un cáncer sumamente agresivo, vino después.

Hace escasos meses, la volví a sentir con mayor brutalidad, cuando otro cáncer arrastró a la muerte a Miklos, otro primo muy cercano. Ahí sentí como si se hubiese muerto mi hermano.

Pero así es la vida. Esta se reconoce y aprecia cuando la muerte nos roza. Unos mueren, otros todavía formamos parte del mundo de los vivos. Con tantas muertes, a veces creemos que ya estamos curtidos, pero no es verdad. La muerte siempre nos marca y de diferentes maneras.

Soldado de Cristo

El pasado 13 de febrero murió sorpresivamente, a los 43 años, Germán Doig, Vicario del Sodalitium Christianae Vitae, organización católica a la que pertenecí con ardor alguna vez, y a la que le agradezco parte de mi formación.

Su muerte también me ha estremecido. La última vez que lo vi fue hace varios meses. Lo entrevisté en mi programa de radio en 1160, a propósito de la publicación de su último libro. No lo veía después de varios años. Con menos pelo y una barba que yo no conocí tan canosa, el reencuentro fue sumamente reconfortante.

Germán era un ser humano completo. Disciplinado, de ésos que trabajan por convicción, cuya oratoria se basaba en la acción. De aquéllos que caminan siempre por la senda del honor. Brillante en lo intelectual, sólido en sus afectos, consecuente con sus creencias. Germán era, en buen romance, un soldado de Dios, un guerrero de Cristo. Me enteré el día de su entierro, por otro amigo del Sodalitium, que Germán quería verme por estos días. Nunca sabré para qué. Ya no importa. Cuando le dieron sepultura a Germán, con el himno sodálite replicando en mi interior, descubrí el sentido de los entierros: que un hombre demuestra con su vida que era digno de morir, que sus pensamientos y acciones lo hacen merecedor de la inmortalidad.

La muerte tiene, además, la virtud de preservar y fijar en nuestras mentes la memoria de quienes, como Germán, tuvieron una vida ejemplar. Y si, al final, se sigue viviendo en la memoria de quienes se dejó atrás, entonces, eso no es morir.

[Subir][Regresar]

 


Derechos reservados sobre toda la información de esta página. © 2001