Marzo 14 de 2001

Apóstol laico de nuestro tiempo

por Andrés Cardó Franco
(publicado en el diario El Comercio de Lima-Perú)

Hace unas semanas que nos dejó Germán Doig Klinge. Toda partida resulta sensible, pero cuando se trata de una persona que en la plenitud de su vida era a la vez fértil exponente de pensamiento, de intensa acción y gran esperanza, el misterio de la muerte resulta más difícil de aceptar. Claro, la luz de la fe ayuda.

El tiempo transcurrido desde el día de su despedida me ha permitido reflexionar algo sobre la fecunda vida y obra de Germán, sobre todo, en lo que él consideraba su misión, personal y comunitaria, en el Plan de Dios.

Quisiera compartir algunas facetas de la vida de este peruano que tanto hizo en relativamente tan pocos años. Empezó destacando su práctica de la caridad como vida y servicio apostólico. Para él esto constituía, sin falsas posturas, una expresión de vivir identificado con el mensaje central del cristianismo, el mensaje del amor, que en palabras de San Pablo: "Es bondadoso, no tiene envidia, no es presumido, no se alegra de las injusticias, sino de la verdad" (1Cor. 13).

¿Pero de qué verdad hablamos? Pues, de la verdad proclamada por Cristo: "He venido al mundo para dar testimonio de la verdad" (Jn. 18,37). Cuando un cristiano trata de vivir su fe, la de la Iglesia, con la autenticidad con que la trató de vivir Germán Doig, asume la exigencia de adecuar su vida, su palabra y su acción a la de ser testigo del evangelio de la verdad.

En estos tiempos, este compromiso en la fe, que va hasta la raíz de la persona, se enmarca en lo que Su Santidad llama nueva evangelización.

Germán comprendió tempranamente que debía ser un cristiano coherente y evangelizador. Tuvo antes la conciencia de que debía ser y permanecer discípulo de Jesús: Compartir con el maestro su vida y servicio, siguiéndolo en todo, sufriendo con su pasión y alegrándose con su resurrección y ascensión.

Con estos sentimientos, Germán Doig, como infatigable sembrador de esperanza, se volcó a trabajar intensamente en la nueva evangelización. Lo hizo en los diversos campos que le ofreció su comunidad del Sodalitium, el Movimiento de Vida Cristiana, del cual fue su coordinador general, y otros más, como el laicado nacional. Sobresalió en trabajar por la reconciliación, en el anuncio espiritual, y en la evangelización de la cultura, a través de la cual alcanzó amplio reconocimiento internacional.

Siendo siempre fiel al magisterio eclesial, Germán Doig se multiplicaba en sus reflexiones, clases, conferencias y contactos directos con innumerables personas presentando la buena nueva de Cristo, vivo entre nosotros, y hablando a los hombres y mujeres de hoy. En esta misma línea de preocupación es que publicó una serie de libros: "El silencio: una pedagogía de la voluntad", "Juan Pablo II y la cultura en América Latina", "María y los laicos", "Diccionario de Río, Medellín, Puebla y Santo Domingo", "Esperanza y reconciliación", "Juan Pablo II y los movimientos eclesiales: don del Espíritu" y entre otras obras más, su último libro: "El desafío de la tecnología. Más allá de Ícaro y Dédalo", que constituye una seria reflexión sobre las tecnologías y su relación con el hombre.

Los que conocimos a Germán Doig Klinge, laico consagrado, vicario general del Sodalitium Christianae Vitae, apóstol convencido, extrañando su presencia física, lo seguiremos sintiendo espiritualmente presente en su legado, que fue el anhelo de su vida: la santidad en la vida cotidiana, aspirando a comportarse como el obrero de la viña del Señor, en la que aspiró humildemente a ser "sal de la tierra" y "luz del mundo" (Mt. 5,13-14).

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