Febrero 23
Por Virgilio Levaggi
(Publicado en el diario El Comercio de Lima-Perú)Hace pocas horas he recibido la noticia del sensible fallecimiento de Germán Doig, responsable del Movimiento de Vida Cristiana, fundado en el Perú por Luis Fernando Figari.
El impacto es muy grande. Saber de la muerte repentina de una persona relativamente joven (43 años) siempre es doloroso. Más aun cuando con esa persona se ha compartido sueños y esperanzas durante los años primeros de la juventud.
En un mundo como el que nos ha tocado vivir, personas como Germán, que pudo descubrir y seguir una vocación de entrega al Evangelio, son admirables. Entiendo que su servicio apostólico lo desplegaba con inmensa dedicación. Lamentablemente, durante los últimos años no tuve ocasión de frecuentarlo; pero aún recuerdo sus firmes convicciones, su voluntad y su compromiso, así como su pasión por el fulbito y -en aquel entonces- por la música de José Alfredo Jiménez, y también las conversaciones en su amplia casa de Naplo.
Fue un joven que optó, con absoluta normalidad, por consagrarse como laico y dedicarse al servicio de la Iglesia. Probablemente su opción fue poco comprendida por su entorno; pero me imagino que su perseverancia debe haber sido un signo inequívoco de lo correcto de su decisión; así como lo deben haber sido los frutos positivos de ese compromiso.
La calidad de su vida lo llevó a ser convocado para participar en importantes actividades eclesiales a nivel latinoamericano y mundial.
Su obra intelectual es importante y está fresca en mi recuerdo su particular preocupación por la evangelización de la cultura a la cual, en cierto sentido, dedicó el libro que publicara hace seis meses. Cabe destacar el testimonio de vida de Germán. La coherencia es una virtud escasa y difícil de ejercitar. Los años de fructificación de su existencia los vivió desde una sociedad herida por el terrorismo, la corrupción y la pobreza.
Se trata de una vida que ha de ser ejemplo para quienes quieran -desde el Evangelio- comprometerse con la paz, la honradez y la promoción del desarrollo integral de la persona humana. También es muy importante tener en cuenta que Germán Doig ayudó a formar un estilo de compromiso cristiano que, desde el Perú, se ha proyectado a diferentes partes del planeta y que la Santa Sede ha reconocido como válido para el mundo actual.
Estoy seguro de que la familia de Germán y su extendida familia espiritual sabrán comprender, desde la fe, el sentido pleno de la circunstancia dolorosa que atraviesan. A veces, cuando muere una persona joven, se piensa en lo que pudo hacer, en la promesa que era su vida. Creo que en el caso de Germán, no obstante su relativa juventud, es mucho lo que hizo y muchas las promesas que cumplió en su corta existencia.
Me apena que el Perú haya perdido a uno de sus mejores hijos en las actuales circunstancias en las que se necesita de las mejores mujeres y de los mejores hombres para ver si, de una vez por todas, nos encaminamos por un sendero que permita la construcción de una sociedad más humana.
La noticia la he recibido apenas llegado, por razones de trabajo, a una ciudad a orillas del Mar Rojo. Aquí el sol es fuerte, el paisaje austero, el viento fuerte. Uno puede imaginar que no fue fácil la tarea de Moisés al liderar el tránsito de todo un pueblo hacia la tierra prometida.
Germán debe estar ya en esa "tierra prometida", que buscó durante su existencia; en un tránsito que para nadie es fácil. Quedan su obra y sus esfuerzos que espero alienten a muchos en el ensayo de la verdad.
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