Germán Doig, vino nuevo en odres nuevos

 

Mons. Julio Terán Dutari, S.J.
Obispo Auxiliar de Quito

 

A lo largo y ancho de nuestra América Latina, y por cierto más allá también, muchos amigos de luchas por la Iglesia hemos recordado conmovidos el primer aniversario de la muerte de este gran laico, Germán Doig, miembro sobresaliente del núcleo fundacional de jóvenes que iniciaron en Lima, por el año de 1971, bajo la dirección carismática de Luis Fernando Figari, lo que ha llegado a ser el Sodalicio de Vida Cristiana y el Movimiento del mismo nombre, extendidos a toda la Iglesia con rango de Derecho Pontificio. Nos hemos sentido urgidos por el deseo de expresar un testimonio, lleno de gratitud por la vida de Germán, de añoranza tras su ausencia, de comunión eclesial en su legado de amor a Cristo y a María.

Para presentar mi modesto aporte personal, no me bastaría entresacar ahora facetas brillantes de su rica trayectoria terrena, que a la distancia sentimos tan breve pero también inmensamente fecunda. Prefiero referirme a un aspecto suyo que considero primordial: su contribución al servicio del Cuerpo de Cristo y al crecimiento del Reino, en la acogida y desarrollo de un carisma nuevo, nacido en nuestras tierras suramericanas y aceptado por la Iglesia para su misión universal en estos tiempos. Es el carisma de la agrupación a la que él se sintió desde muy joven llamado, en la que alimentó su vida eclesial y a la que aportó hasta la muerte, en crecientes responsabilidades y desvelos, todos sus talentos humanos y gracias sobrenaturales.

Germán Doig es uno de esos odres nuevos que el Señor escogió y modeló para el vino nuevo de este tercer milenio, en cuyo umbral fue llamado al Padre; vino nuevo de Cristo, en esta porción americana de su Iglesia, llamada hoy a una presencia mayoritaria y a un servicio renovado de esperanza para el mundo.

A Germán, a su destino providencial, lo vemos siempre a la sombra del Sumo Pontífice, en torno a quien «se consolida la unidad de la Iglesia»1, al que tanto veneró «con filial adhesión y afecto»2 —como él mismo lo proclamó—. En su famoso mensaje del 27 de mayo de 1998 al Congreso Internacional sobre los Movimientos Eclesiales, Juan Pablo II había expresado una vez más, y de manera enfática, su aprecio inmenso por estas nuevas realidades de Iglesia viva: «Desde el comienzo de mi pontificado he atribuido especial importancia al camino de los movimientos eclesiales...»3.

Indica allí el Santo Padre, en primer lugar, algunas características comunes que tienen los movimientos, a pesar de la diversidad de sus formas. Por supuesto, éstas se encuentran también en la obra a la que Germán Doig se consagró: conciencia de la novedad que la gracia bautismal aporta a la vida; deseo de profundizar el misterio de la comunión con Cristo y con los hermanos; fidelidad al patrimonio de la fe trasmitida por la tradición; impulso misionero ante las necesidades concretas de nuestra época... Así también entiende Germán a los movimientos eclesiales, a los que concibe como «ámbitos para la formación de una vida cristiana consciente y apostólica, que ha de crecer en la comunión de la Iglesia, aportando su fervor y caridad en el esfuerzo cotidiano por vivir el Plan de Dios como contribución a la edificación de la Iglesia. Toda la vida cristiana, como despliegue del Bautismo y la Confirmación, toma fuerza y se dirige a la Eucaristía, el Sacrificio, memorial de la muerte y resurrección del Señor, por el que se significa y realiza la unidad del Pueblo de Dios. Queda así en evidencia su eclesialidad, inscrita en la rica tradición de la Iglesia, con dos mil años de historia»4.

El mismo Sumo Pontífice, cuando intenta explicar qué se entiende hoy en día por “movimiento”, propone una definición que no pretende delinear una configuración canónica, pero sí nos da una fenomenología muy precisa: es una «realidad eclesial concreta en la que participan principalmente laicos», con «un itinerario de fe y de testimonio cristiano que basa su método pedagógico en un carisma preciso otorgado a la persona del fundador en circunstancias y modos determinados»5. Aquí ya tenemos tres elementos constitutivos, que determinan mucho más lo que esas otras características dibujaban. En efecto, dedicarse a cultivar la novedad de la gracia bautismal, el misterio de la comunión y la fe trasmitida por la tradición, pueden ser también características de la renovación con que muchas comunidades religiosas tratan de actualizar su presencia en la Iglesia de hoy. Sin embargo, lo distintivo de los “nuevos movimientos eclesiales” está en estos tres elementos dinámicos: como base, una laicidad predominante entre sus miembros; como camino, la propuesta de un itinerario de fe y testimonio, con método pedagógico propio; como inspiración fundamental, un carisma preciso que, desde la persona del fundador, fluye hacia todo el cuerpo y lo sigue moviendo en el espacio y en el tiempo.

Es totalmente nueva esta definición, así como es nuevo el fenómeno de estos movimientos, obra evidente de la acción carismática del Espíritu Santo en la Iglesia. Ya declara allí mismo Juan Pablo II, con expresión nunca antes escuchada en la suprema cátedra de sus predecesores, que la dimensión institucional y la dimensión carismática, a la que pertenecen los movimientos, «son igualmente esenciales para la constitución divina de la Iglesia fundada por Jesús, porque contribuyen a hacer presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo»6.

De los tres elementos, el que aparece como principal, incluso por la atención que en este mensaje le da el mismo Papa, es el del carisma, un carisma —como precisa Germán Doig— que es «un don del Espíritu para el Pueblo de Dios en este tiempo», y que, si bien asume características particulares en cada caso, impostaciones propias en cada plasmación espiritual, ha de estar «siempre en función de todo el Cuerpo de Cristo, es decir dentro de la comunión de la Iglesia»7. Antes se menciona el elemento de la laicidad predominante, que responde a ese inédito protagonismo al que el Espíritu Santo está llamando hoy día a los laicos en la Iglesia. En el caso del Movimiento de Vida Cristiana, como en el de otros varios movimientos muy importantes, el carisma se ha concedido a un laico, Luis Fernando Figari, quien congregó desde el principio a otros laicos, como Germán, uno de los primeros. Ellos dos han permanecido laicos consagrados como columnas del movimiento.

Así describe el propio Germán los primeros pasos del camino sodálite, en unas palabras que transparentan rasgos autobiográficos y hambres personales, remarcando el elemento del carisma: se trataba de «una comunidad carismática reunida como compañeros y amigos en el Señor, don inmerecido del Espíritu. Todavía no se sabía bien qué quería Dios en su Plan. Era simplemente un grupo fraterno reunido en torno a María, con la mente siempre puesta en el Cenáculo de Pentecostés. Aspiraban a encontrar la verdad, a encontrarse con Aquel que buscaban desde su interior. Eran jóvenes que descubrían la necesidad del trabajo comunitario para compartir las vivencias de fe, y así ir recorriendo el camino hacia el encuentro pleno con Jesús... Todo este proceso se vive experimentando la acción del Espíritu, y la presencia maternal de María»8.

Del carisma brota un método pedagógico para un itinerario de fe y de testimonio cristiano, «dos conceptos muy importantes que indican un camino distintivo que recoge elementos de la rica tradición de la Iglesia y los ensaya con creatividad en función de los nuevos tiempos»9. Esto también puede considerarse una novedad definitoria, puesto que en las agrupaciones de Iglesia, sea dentro de la vida religiosa o de la vida laical —donde por cierto ha existido siempre la preparación de candidatos y la formación de los nuevos miembros (últimamente también la formación permanente)— no se había formalizado esta categoría de un itinerario, de un camino continuado para vivir la fe y el testimonio cristiano; la idea de que la vida cristiana debe estar toda siempre en movimiento. Y a esta categoría corresponde en nuestro caso el nombre mismo de Movimiento de Vida Cristiana, marcado claramente por «un estilo apostólico dinámico»10.

El Santo Padre llega a contemplar a la Iglesia misma como movimiento y asegura que por esta razón los movimientos eclesiales tienden a «renovar, según sus modos propios, la autoconciencia de la Iglesia que, en cierto sentido, puede definirse “movimiento”, pues es la realización en el tiempo y en el espacio de la misión del Hijo por obra del Padre con la fuerza del Espíritu Santo»11. Por eso también, explica el Papa, «la originalidad propia del carisma que da vida a un movimiento... constituye un fuerte apoyo, una llamada sugestiva y convincente a vivir en plenitud, con inteligencia y creatividad, la experiencia cristiana»12.

¿Y en qué podríamos concretar esta originalidad propia del carisma que ha puesto en marcha al Movimiento de Vida Cristiana, como lo vivió Germán Doig? No debería ninguno atreverse a responder desde fuera a esta pregunta. Pero acaso sea permitido expresar aquí una opinión, desde la experiencia del amigo, madurada en reflexiones comunes.

Orientadora de esta opinión es también la palabra del Papa en el mensaje que se ha venido comentando: «Los carismas reconocidos por la Iglesia —dice— representan caminos para profundizar en el conocimiento de Cristo y entregarse más generosamente a Él, arraigándose, al mismo tiempo, cada vez más en la comunión con todo el pueblo cristiano». Y añade más adelante: «Los movimientos pueden dar, de este modo, una valiosa contribución a la dinámica vital de la única Iglesia, fundada sobre Pedro, en las diversas situaciones locales, sobre todo en las regiones donde la implantatio Ecclesiae está aún en ciernes o afronta muchas dificultades». Así se podrán «encontrar respuestas adecuadas a los desafíos y urgencias de los tiempos y de las circunstancias históricas siempre diversas»13.

El carisma fundacional, pues, lo percibe el Papa en una perspectiva de íntima comunión cristocéntrica con el pueblo cristiano, dentro de la dinámica vital (local e histórica) de la Iglesia, sobre todo en regiones y momentos de dificultad especial para que la implantación de la Iglesia se realice o se mantenga. Así lo comprendió también Germán, quien destaca como un rasgo propio de los movimientos su «ardor misionero singular por anunciar al Señor Jesús en medio del mundo actual, con sus características particulares y los enormes desafíos que trae». Por ello, hace notar inmediatamente, «se les llama también movimientos apostólicos»14. Y todo ello se debe plasmar en el tiempo en que vivimos, que es, según anota en otro de sus escritos, «un tiempo de nueva evangelización. Toca ahora asumir y vivir, con la humildad del esfuerzo cotidiano, esta rica perspectiva que el Espíritu ha señalado para este tiempo... Ése es el desafío y la tarea en el empeño de testimoniar al Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre, al hombre de hoy y que se prepara para vivir el mañana»15.

Bajo esta luz puede adelantarse la idea de que el Espíritu Santo ha hecho surgir en nuestra América del Sur, como motor del Movimiento de Vida Cristiana, un nuevo carisma eclesial que tiene que ver con la defensa y robustecimiento de aquel “sustrato católico” de “comunión y participación” dado por la Iglesia a nuestra cultura como fruto de la evangelización fundante (que “implantó” la Iglesia en nuestro pueblo), y amenazado hoy por los rasgos de corte secularista y disociador de la “cultura adveniente”, pero recuperado ya en esperanza por la “nueva evangelización”, una “evangelización reconciliadora” en todas las dimensiones de nuestra cultura, para usar los términos de las Conferencias del Episcopado Latinoamericano, tan caras a Germán Doig16.

Este carisma podría apreciarse mejor a través de varias líneas principales, que podríamos analizar con más detalle dentro de los escritos y de la vida de Germán, y que se integran en un solo gran impulso: ese impulso que lo arrastró a él con fuerza contagiosa, y que él a su vez contribuyó a promover decisivamente en nuestro pueblo. Algunas de esas líneas podrían ser: la santidad laical comprometida, el cristocentrismo, la espiritualidad mariana, la eclesialidad primordial, la religiosidad popular, el diálogo cultural... Se podría buscar una documentación sobre estos y otros puntos en los textos mismos de Germán, dentro de su riquísima producción siempre inspirada por ese carisma del Sodalicio, pero no es el caso en esta contribución necesariamente breve. Quizá, a manera de ejemplo, valga referirme solamente a su profunda devoción mariana, de la que fui testigo en los encuentros, en las vivencias y en los diálogos que sostuve con él, y que se evidencia a cada paso en sus obras...

La piedad mariana de Germán está sólidamente fundada en la cristología. Para Germán es evidente que «es Cristo mismo quien nos remite a su Madre. La aproximación a María exige un encuentro previo con el Señor Jesús. Es Él quien nos la señala al pie de la Cruz. Cristo nos lleva hacia Ella, pero una vez en presencia de la Madre descubrimos su precioso papel para comprender y amar más profundamente al Hijo. La espiritualidad mariana es ante todo cristocéntrica. La relación con María será, pues, consecuencia y no premisa del misterio de Cristo. Así se puede comprender mejor la insistencia a lo largo de la historia del Pueblo de Dios de María como camino hacia el Hijo. Hoy por hoy, buscando una inserción más orgánica de la dimensión mariana de la fe, podemos decir: por Cristo llegamos a María y por María más plenamente al Señor Jesús»17.

La devoción a María está llamada a ser una vez más la que impulse el esfuerzo evangelizador del milenio adveniente. Hoy, en vistas a la Nueva Evangelización, es a María a quien «debemos volver la mirada para no perder el rumbo hacia su Hijo Jesús»18. Su presencia maternal, tan palpable en la primera evangelización, marcará, según Germán, también nuestra labor apostólica: «Qué duda cabe que la Santísima Virgen María debe ser, como lo fue en los primeros tiempos, Estrella de la gesta evangelizadora. Su presencia a través de la hermosa geografía de santuarios a lo largo y ancho del Pueblo Continente que es América Latina es signo visible del amor de Dios por sus hijos. Su presencia ha sido fundamental en la vida de los pueblos latinoamericanos... Como señaló el Papa Juan Pablo II, María de Guadalupe, “reconciliadora Ella misma para crear el mestizaje de dos pueblos y dos culturas”19, debe ser la constante inspiración de los nuevos rumbos evangelizadores. Ella que fue la “primera evangelizadora de América” y se constituyó en la madre común de los pueblos, debe guiarnos con su ternura maternal hacia su Hijo Jesús, educándonos en el amor filial»20.

Para terminar, quisiera ofrecer como testimonio personal un recuerdo íntimo de esos encuentros privilegiados que compartí con Germán. Tuvieron lugar primero en Arequipa y Lima, desde el momento en que la gentileza de ese laico visionario, Luis Fernando Figari, me invitara a participar en los Congresos sobre la Reconciliación organizados por el Sodalicio y me permitiera ir conociendo las comunidades del mismo; estos encuentros se concentraron después en Santo Domingo, durante la Conferencia General del Episcopado, cuando los auditores y peritos (laicos, diáconos y sacerdotes) estábamos alojados juntos en una casa de retiros a la orilla del mar, que propiciaba paseos meditativos por las noches tibias, después de las intensas jornadas de trabajo. Nos fuimos encontrando finalmente a lo largo de nuestra geografía teológica latinoamericana, cada vez que a cualquier sitio de ella nos llevaban nuestras actividades académicas o pastorales, en las que era frecuente encontrarse además con amigos comunes.

En esos encuentros iba robusteciéndose aquella amistad espiritual que considero un precioso regalo del Señor. Respetuoso y atento hasta el extremo, humilde y franco, desbordando ese vino nuevo del carisma “sodálite”, Germán era capaz de establecer aun con personas que lo superábamos mucho en edad, una relación fraterna en la que el enriquecimiento podía ser mutuo. Para mí resultaba particularmente fuerte su testimonio de vida consagrada en una nueva comunidad laical que asumía compromisos tan serios como el pensar nuestra “Iglesia en América”, mucho antes de que Juan Pablo II consagrara ese nombre programático, pero ya desde siempre en la línea esclarecida y militante del Pontífice.

Nos unió una profunda y recatada devoción a la Virgen María, devoción que en nuestros diálogos caminaba por cauces teológicos: yo admiraba la forma en que el vino nuevo del Sodalicio, custodiado en los jóvenes odres de Germán, iba relanzando hacia la problemática del momento antiguas tradiciones marianas de nuestro pueblo y de las escuelas de espiritualidad que nos habían formado. De este modo, María de la Reconciliación, frente a las ambigüedades de los discursos liberadores, aparecía con luz esplendorosa. Por otra parte, María Guardiana de la Fe, la advocación que venía de mi país y que él me pidió le presentase, resultaba una magnífica versión actual de esa mariología inculturada que comenzó a manifestarse a Juan Diego en el Tepeyac, de la que Germán escribió páginas tan inspiradoras. Él se llegó a interesar más todavía por esas manifestaciones marianas en los montes de “El Cajas” (cerca de Cuenca, en el sur del Ecuador, a donde se sentían atraídos muchos peregrinos también del Perú), cuando conoció ese dato relevante que nadie recordaba entonces y que yo mismo no había conocido sino tardíamente: Guardiana de la Fe era el mismo nombre que daba a María San Pedro Canisio, el teólogo y místico holandés que tanto luchó por la fe católica ante el desafío de la reforma protestante. Hasta ahora se conserva bajo ese nombre, en Friburgo de Suiza, la capilla que en su vejez visitaba el santo jesuita, rosario en mano. Yo también la he visitado, así le contaba a Germán con emoción; y en el rezo del rosario nos uníamos a la Madre presente. Ahora es Ella quien para siempre lo hace presente a su Hijo, el que es nuestra Reconciliación y el Adalid de nuestra fe.

 

Mons. Julio Terán Dutari, S.J., Obispo Auxiliar de Quito, es consultor de la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia y lo ha sido también de la Congregación para la Educación Católica. Fue durante muchos años Rector de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Presidente de la Federación Internacional de Universidades Católicas. Antiguo miembro del Equipo Teológico-Pastoral del CELAM, participó como perito en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla y, después, en la IV Conferencia celebrada en Santo Domingo. Actualmente es asimismo miembro del Departamento de Educación del CELAM.

 

Notas

1 Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, en revista «VE», setiembre-diciembre 1997, año 13, n. 38, p. 14.

2 Germán Doig K., Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, Vida y Espiritualidad, Lima 1998, p. 5.

3 Juan Pablo II, Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales, 27/5/1998, 2.

4 Germán Doig K., Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, ob. cit., p. 40.

5 Juan Pablo II, Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales, 27/5/1998, 4. El subrayado es nuestro.

6 Allí mismo, 5.

7 Germán Doig K., Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, ob. cit., p. 45.

8 Germán Doig K., María en el corazón de la comunidad sodálite, en Boletín «Vida Cristiana», Lima, octubre-noviembre de 2001, pp. 1-2.

9 Germán Doig K., Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, ob. cit., p. 44.

10 Movimiento de Vida Cristiana. ¿Qué es?, Fondo Editorial, Lima 32000, p. 20.

11 Juan Pablo II, Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales, 27/5/1998, 5. Ver también Homilía en la Misa para los participantes en el Congreso internacional de los movimientos en la Iglesia, Castelgandolfo, 27/9/1981, 2.

12 Juan Pablo II, Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales, 27/5/1998, 4.

13 Lug. cit. El subrayado es nuestro.

14 Germán Doig K., Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, ob. cit., p. 56.

15 Germán Doig K., Guía para leer Santo Domingo, Oficina de Educación Católica de Lima (ODEC-Lima), Lima 1993, p. 9.

16 Ver Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, Oficina de Educación Católica de Lima (ODEC-Lima), Lima 1992, pp. 33ss.

17 Germán Doig K., María y los laicos, Comisión Episcopal de Apostolado Laical (CEAL), Lima 1990, pp. 16-17.

18 Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, ob. cit., p. 64.

19 Juan Pablo II, Discurso a los obispos mexicanos en visita ad Limina, 28/10/1983, 7.

20 Germán Doig K., Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano: Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Claves de interpretación, en AA.VV., Los últimos cien años de la evangelización en América Latina. Centenario del Concilio Plenario de América Latina. Simposio histórico. Actas, Pontificia Comisión para América Latina, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2000, pp. 403-404.

 

[Subir][Regresar]

 


Derechos reservados sobre toda la información de esta página. © 2001-