La participación y contribución de Germán Doig en el Pontificio Consejo para los Laicos
Mons. Stanislaw Rylko
Secretario del Pontificio Consejo para los Laicos
Memoria y testimonio
El 13 de febrero de 2001 el Pontificio Consejo para los Laicos recibió con consternación la repentina y tan dolorosa noticia del fallecimiento de Germán Doig Klinge, cuando estaba por concluir su mandato quinquenal como miembro del dicasterio. Para el Sodalicio de Vida Cristiana y el Movimiento de Vida Cristiana, también para el laicado peruano y latinoamericano e incluso para el Pontificio Consejo para los Laicos, se trató sin duda de una grave pérdida. ¡Pero todo es ganancia visto desde el designio misterioso, misericordioso, de Dios, lleno de gracia y esperanza! Quedó para todos, de modo significativamente edificante, el testimonio ejemplar de un laico católico llamado al seguimiento radical del Señor Jesús, de honda piedad mariana, con un amor fiel y fecundo al misterio de la Iglesia, de firme adhesión a la cátedra de Pedro, con un corazón agradecido y apasionado por el carisma que selló toda su vida cristiana, líder y educador en la fe para muchos, consagrado al apostolado de los laicos, movido por una solicitud católica de 360 grados, partícipe atento de las grandes transformaciones culturales que desafían la misión de la Iglesia en nuestro tiempo. Quedó para todos su compañía en la comunión de los santos.
Nombramiento como miembro del PCPL
Germán Doig había sido nombrado miembro del Pontificio Consejo para los Laicos por parte de S.S. Juan Pablo II el 18 de abril de 1996, para un mandato quinquenal. Comunicándole su nombramiento, las autoridades del dicasterio recordaban las palabras del mismo Papa en otra ocasión: «Os agradezco el que hayáis aceptado agregar a vuestras obligaciones la carga que representa esta colaboración con la Santa Sede. Vuestra disponibilidad... es preciosa, dado que permite a vuestro Consejo llevar a cabo su misión permaneciendo a la escucha de los laicos de todo el mundo y de todos los tipos de compromiso eclesial»1. «Acojo con alegría e ilusión —respondía Germán con carta del 22 de mayo de 1996— la posibilidad de colaborar con la Santa Sede, particularmente con el dicasterio bajo su responsabilidad, en la misión del Sucesor de San Pedro. Siempre ha sido para mí motivo de especial atención la persona y el magisterio del Romano Pontífice. Así lo aprendí en mi comunidad, y así lo he asumido en mi vida». Se trata para Germán Doig de «una responsabilidad edificante y fascinante». «Veo con expectativa y esperanza —proseguía en su carta— este tiempo de preparación del Gran Jubileo. Y considero que toca a los fieles laicos una enorme responsabilidad de cara a los desafíos de los nuevos tiempos advenientes».
La trayectoria cristiana, laical, apostólica, de Germán Doig era ya bien conocida y apreciada por nuestro dicasterio. Hacía más de 14 años que el Sodalicio y el Movimiento de Vida Cristiana mantenían activas relaciones de diálogo con el Pontificio Consejo. Su fundador, Luis Fernando Figari, fue invitado como uno de los catequistas para el acontecimiento del Jubileo de los jóvenes, en abril de 1984, culminado con el multitudinario, festivo y profético encuentro del Papa con la juventud en la Plaza de San Pedro con ocasión del Domingo de Ramos. Germán visitó en diversas oportunidades nuestro dicasterio, compartiendo experiencias y preocupaciones. Junto con Luis Fernando Figari habían solicitado y gestionado el reconocimiento canónico del Movimiento de Vida Cristiana, del que Germán era Coordinador General, y la aprobación de sus estatutos, cosa que concluye positivamente con el decreto del Pontificio Consejo para los Laicos del 23 de marzo de 1994, firmado conjuntamente por el Cardenal Eduardo Pironio y el Obispo Paul Cordes, entonces respectivamente Presidente y Secretario del dicasterio. Era también conocido y apreciado por las responsabilidades asumidas como miembro del Consejo Católico para la Cultura del Perú, miembro del equipo de reflexión de la Comisión de Apostolado Laical de la Conferencia Episcopal Peruana y asesor de la Oficina de Educación Católica de Lima. Su incansable trabajo por la extensión del Movimiento de Vida Cristiana en América Latina, su activa participación en numerosos congresos y seminarios a escala regional y continental, sus aportes y estudios relativos a las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, sus diversas publicaciones sobre temas espirituales, eclesiales y culturales habían hecho notoria y significativa su presencia laical.
La participación de algunos jóvenes del Movimiento de Vida Cristiana en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Denver, presidida por el Papa en 1993, había sido ocasión de una presencia estable del Movimiento en esa diócesis, acogidos paternal y alentadoramente por quien era entonces su Pastor, Mons. J. Francis Stafford, luego Presidente (actual) del Pontificio Consejo y Cardenal. ¡La Providencia anuda los caminos en formas imprevisibles!
Actividades como miembro del PCPL
Como miembro del Pontificio Consejo para los Laicos, Germán Doig participó en tres de sus Asambleas plenarias en el Vaticano. Estuvo presente en la XVII Asamblea (27-31/10/1997) que tuvo como tema: «Ser cristianos en el umbral del tercer milenio»; en la XVIII Asamblea (27/2-2/3/1999) con el tema: «Los fieles laicos, confesores de la fe en el mundo de hoy»; y en la XIX Asamblea (1/12/2000) de «balance de actividades de un quinquenio y perspectivas de futuro». Tuvo un papel propulsor y de intensa participación en el Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales que el dicasterio llevó a cabo, en Roma, del 26 al 29 de mayo de 1998, culminado con el Encuentro mundial de movimientos y nuevas comunidades eclesiales, presidido por el Santo Padre en la Plaza de San Pedro, en aquel memorable 30 de mayo de 1998. Alentó y organizó la participación de grupos de jóvenes del Movimiento de Vida Cristiana en las Jornadas Mundiales de la Juventud que tuvieron lugar en París (1997) y en la Roma del Gran Jubileo (2000), interesándose por esos grandes eventos promovidos por el dicasterio. Participó, en fin, en el Congreso del Laicado Católico (Roma, 25-30/11/2000) y en el inmediato Jubileo del apostolado de los laicos, presidido por S.S. Juan Pablo II, en la Plaza de San Pedro con ocasión de la Solemnidad de Cristo Rey (26/11/2000). Fueron varias sus visitas a Roma, sus sesiones de trabajo en el dicasterio.
Germán Doig siguió con fiel admiración los pasos y enseñanzas de Juan Pablo II. Tuvo ocasión de participar en audiencias pontificias concedidas a los miembros y consultores del PCPL. Colaboró con dirigentes de muchas otras asociaciones de fieles y movimientos eclesiales. Se interesó por las Asambleas generales y continentales del Sínodo de los Obispos. Su solicitud por la vida de la Iglesia fue auténticamente católica.
Vocación y misión de los christifideles laici
Son variadas las intervenciones orales y los escritos de Germán Doig durante ese mandato quinquenal de colaborador del Sucesor de Pedro en cuanto miembro del PCPL.
«El Concilio Vaticano II —escribía en uno de sus textos— ha abierto un nuevo horizonte de comprensión de la identidad de los fieles laicos y de valoración de su participación en la misión de la Iglesia». Tres fundamentos teológicos debían, a su parecer, ser mayormente profundizados en esa perspectiva. En primer lugar, «la eclesiología de comunión, que está en la base de la renovación conciliar y es tema central del magisterio del Papa Juan Pablo II, como marco para comprender el lugar del fiel laico en el Pueblo de Dios, así como para una aproximación dinámica e integral a su participación, tanto a nivel personal, como a nivel asociado». En ese sentido, Germán Doig consideraba fundamental «la aproximación conciliar al misterio de la Iglesia, como sacramento del Señor Jesús, es decir como signo e instrumento de comunión y reconciliación». En segundo lugar, Germán recomendaba la profundización teológica, pastoral y pedagógica sobre «las características de la nueva evangelización, teniendo en cuenta cuál debería ser el papel del fiel laico en este horizonte al que el Santo Padre viene convocando», desde la iluminación de una «teología de la evangelización». En tercer lugar, proponía como necesario y oportuno profundizar aún «en la identidad del fiel laico» desde la enseñanza conciliar y los diversos documentos pontificios, considerando también «los ámbitos propiamente laicales de participación eclesial», especialmente «relacionados con su inserción en la temporalidad». Entre éstos, le parecían prioritarios «la defensa de la vida, la promoción de la familia, la participación en la vida política pública», así como la evangelización de la cultura y demás “areópagos” indicados por el Papa.
Nada de ello pasaría por el corazón, la inteligencia y la vida de las personas si no se partiera de su vocación. «Los Evangelios nos dan testimonio —escribe en otra ocasión al PCPL— de cómo, durante su vida pública, el Señor Jesús invitó a numerosas personas a seguirlo. Esta invitación al seguimiento, además de implicar una auténtica conversión (metanoia), conlleva también un llamado a anunciar a Aquel con quien uno se ha encontrado. El encuentro con Cristo lleva consigo no sólo seguirlo con prontitud sino también dar testimonio de que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”. El Señor sigue llamando hoy, como lo hizo hace 2000 años, a seguirlo y anunciarlo». Esa vocación a la vida cristiana tiene su fundamento en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación2. Por eso Germán amaba destacar cómo «la gracia recibida a través de estos sacramentos configura al fiel ontológicamente como hijo de Dios y enviado a anunciar al Señor». Lo que era experiencia capital de su vida estaba en correspondencia y sintonía con una profunda inteligencia de la fe de la Iglesia y un apasionado y lúcido servicio a la vocación y misión de los fieles laicos.
Dificultades y desafíos
Atento protagonista de la misión de la Iglesia en nuestro tiempo, Germán Doig advertía con lucidez y valentía diversas dificultades que tenía que asumir y que le exigían particular reflexión y discernimiento. En su contribución a la preparación del Sínodo para América —del que sería luego nombrado auditor—, pero coincidentemente desarrollado en otras intervenciones, Germán destaca especialmente algunos «desafíos ad intra Ecclesiae» y «ad extra Ecclesiae». Entre los primeros, enunciaba la falta de comunión, la escasez de clero, la crisis de la vida consagrada, la pobre formación y participación de los laicos, deficiencias en la recepción e integración de las nuevas formas asociativas en la Iglesia, la falta de referencia al Magisterio de la Iglesia, el divorcio entre la fe y la vida y el influjo del relativismo e ideologías incluso en campos como la Sagrada Escritura, la teología, la moral y la liturgia. En cuanto a los desafíos ad extra señalaba especialmente el avance del secularismo, el crecimiento de las sectas, el proceso de globalización, el desarrollo tecnológico y sus consecuencias ético-antropológicas, la situación de pobreza que afecta a millones de personas, los problemas del desarrollo y de los intercambios económicos, la delincuencia y el terrorismo, la descomposición de la familia y la falta de valoración de la vida, la plaga de las drogas y las relaciones a niveles éticos, económicos y políticos entre el Norte y el Sur. En sus escritos se encuentran referencias y desarrollos de muchos de estos temas.
Una de sus mayores preocupaciones era la del «cambio de los paradigmas culturales» de nuestro tiempo, que ponen en jaque a la tradición cristiana, debilitan su fuerza de “transmisión” y requieren respuestas adecuadas de “nueva evangelización”. Son numerosas y agudas sus anotaciones sobre la nueva cultura adveniente a inicios del tercer milenio. Quizás su desarrollo más orgánico e incisivo fue elaborado y propuesto en su libro El desafío de la tecnología. Más allá de Ícaro y Dédalo, que envió al PCPL en el mes de junio de 2000. La autorregulación de la tecnología desde su mera factibilidad empírica, sus profundas implicaciones y consecuencias en la existencia de las personas y la convivencia social, el relativismo —¡crisis del sentido de la verdad!— que difunde como atmósfera intelectual y espiritual de nuestro tiempo, la configuración de una sociedad tecnológica de lo audio-visivo, del entretenimiento, de la banalización de la vida, pero también de fuerzas incontrolables disociadas de toda finalidad y gobierno humanos, son temas que trata con mucha competencia. Se demostraba lector vivamente interesado, y a la vez provisto de fino discernimiento crítico, de los pensadores de la actualidad que proponen caminos para la humanidad del futuro. Sin embargo, no había en Germán nada de academicismo ornamental, superfluo, sino ante todo pasión por una inteligencia cristiana de la realidad contemporánea y por la misión de la Iglesia en cuanto sacramento de comunión, reconciliación y salvación de los hombres en los actuales contextos y circunstancias.
La importancia de los movimientos eclesiales
Hito decisivo de su vocación, de su camino de conversión, de su crecimiento en la fe y de su consagración en el seguimiento del Señor y el servicio de la Iglesia fue, sin duda, su encuentro y amistad con Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio de Vida Cristiana. De ese ímpetu carismático, pedagógico y misionero brotaría luego el Movimiento de Vida Cristiana. Germán Doig vivió en primera persona, ante todo, esa experiencia capital de pertenencia a un “movimiento eclesial”, casa y escuela de comunión, signo concreto de humanidad reconciliada, compañía de amigos que abrazó toda su vida, lugar de realización de la vocación a la santidad, sostén de ímpetu misionero. Porque fue experiencia iluminante y decisiva, se sintió llamado a consagrarle toda su vida. Fue su camino de rendir gloria a Dios, de obedecer a la moción del Espíritu Santo y de identificarse con Cristo.
Lo que Germán vivía en primera persona irrumpía como hecho histórico, novedad imprevisible y sorprendente, en la diversidad de movimientos eclesiales que imprimían un singular dinamismo espiritual, pedagógico y misionero a «un nuevo período asociativo de los fieles laicos en la Iglesia»3, manifestando su santidad y desatando sus energías apostólicas. Ya en su primera comunicación como miembro del dicasterio, escribía: «Miro con especial interés el aporte que los movimientos eclesiales pueden hacer en este tiempo de cambio de paradigmas culturales que por momentos parece tan alejado de Dios. Estoy convencido de que vivimos, después del Concilio Vaticano II, una nueva etapa de la vida asociativa de la Iglesia. Es una etapa fecunda, que llena de esperanza, que hace avizorar una nueva primavera de la Iglesia, como anhela el Santo Padre». Meses después, el 12 de octubre de 1996, volvía sobre el mismo tema: «Como ha señalado el Santo Padre, hace falta todavía comprenderlos y valorarlos en toda su positiva eficacia para el Reino teniendo en cuenta su actuación en el hoy de la Iglesia. Uno de los aspectos a profundizar es su articulación e inserción en las Iglesias particulares. Otro es su condición jurídica». Y concluía preguntándose: «¿No sería conveniente que el Pontificio Consejo para los Laicos prepare un documento para la Iglesia universal que ofrezca orientaciones sobre lo que son los movimientos eclesiales?».
El Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y el Encuentro con el Papa el 30 de mayo de 1998 fueron como la respuesta a aquella pregunta, luego proseguida por el sucesivo Encuentro con un centenar de obispos de todo el mundo, también organizado por el PCPL, sobre «los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades en la solicitud pastoral de los obispos» (16-18/6/1999). Germán supo captar inmediatamente todo lo que implicaba, significaba y comprometía esa “respuesta”, sobre todo dada por el magisterio pontificio. De allí proviene su libro Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, publicado en español, italiano y portugués, dedicado «al Santo Padre Juan Pablo II, que ha alentado incansablemente a los movimientos eclesiales. Con filial adhesión y afecto», y cuyo prólogo tiene como autor al Cardenal J. Francis Stafford, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos.
Desde el silencio orante
En la lectura de los títulos de las numerosas publicaciones de Germán Doig, sobre temas muy variados, sorprenden en especial tres diversos escritos sobre “el silencio”. Una persona tan activa y comprometida, protagonista de la “buena batalla”, absorbido con tan numerosas responsabilidades y actividades, interesado en todo en la vida de la Iglesia, actualizado con lecturas y formación cultural... que sabe proponer el silencio. Quizás ésa sea la clave más profunda de su vida: el don de acoger como prioridad, como fuente y sostén, como el gozo mayor, como alma de todo compromiso, ese cara a cara ante la presencia de Dios, que es silencio orante, contemplativo. Son los tiempos de silencio en su comunidad sodálite, allí donde se va fraguando y a la vez templando la disciplina interior de la vida comunitaria. Es sobre todo el silencio maravillado y agradecido ante la irrupción de la gracia de Dios en la vida litúrgico-sacramental y en la efusión carismática de la Iglesia.
Germán Doig había confiado todo a la intercesión materna de la Santísima Virgen María. «A Ella, que es la Madre de la Reconciliación y la Estrella de la Nueva Evangelización me encomiendo en este nuevo servicio», escribe al conocer la noticia de su nombramiento como miembro del Pontificio Consejo para los Laicos. María y los laicos será luego un precioso folleto de meditación. Sin duda, Germán ha tenido siempre muy presente esa compañía materna y su suave pero decisiva invitación, indicando a Jesús, de “hacer todo lo que Él os diga”.
Mons. Stanislaw Rylko, Obispo titular de Novica, es Secretario del Pontificio Consejo para los Laicos.
Notas
1 Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la XIII Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, 23/11/1990, 1.
2 Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1212.
3 Juan Pablo II, Christifideles laici, 29.
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