María en la vida y espiritualidad de Germán Doig
María, “molde” de Germán

 

Lydia Jiménez González

 

1. Lo que Dios quería de Germán Doig

«Lo que Dios quiere de ti, alma, que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él, en la otra. Tu vocación cierta es adquirir la santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida a eso se deben dirigir; no resistas a Dios...»1.

Dios creó a Germán para que fuese santo. Para ello le concedió 43 años de vida y le dio a María como molde. No quiso darle otra Madre que la suya para esta labor sobrenatural. Ella, como hiciera con Jesús, con incansable y tierno amor, le fue modelando sin que él pusiera resistencia. Para ello, lo guardó celosamente en su corazón. Germán pudo, así, vivir «en compañía de María»2 toda su vida, y por la eternidad.

 

2. María, “molde” de Germán Doig

«María es el molde en el que se formó el Dios-Hombre; y sólo en este molde el hombre podrá formarse en Dios con la gracia de Cristo» (San Luis María Grignion de Montfort).

Con seguridad Germán había meditado en esta imagen de María —molde— que ofrece el Fundador del Sodalitium al comienzo de su libro En compañía de María, cuando nos habla del dinamismo del corazón de María, que desempeña en nosotros la misma función que en su Primogénito. Es entonces cuando cita la frase anterior de San Luis Grignion de Montfort y, comentándola, dice: «¡No habrá, pues, camino espiritual más rápido para santificarse que derramarse en tan fino y acabado molde, en aquel que es receptáculo, espejo, principio y dechado de toda santificación!»3.

Efectivamente, siempre es más rápido, más fácil y seguro, hacer una estatua al natural vaciándola en un molde, que a golpe de cincel, dice San Luis María, «con tal de que la materia de que nos servimos, sea manejable y de ningún modo resista a la mano... Así, el gran rasgo de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar al natural un Dios-Hombre, por la unión hipostática, y para formar un hombre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta en este molde: cualquiera que se meta en él y se deje manejar, recibe allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios; y esto de manera tan suave y proporcionada a la debilidad humana, sin grandes trabajos ni agonías, de manera segura y sin miedo de ilusiones, que no tiene aquí parte el demonio ni tendrá jamás entrada donde esté María...»4.

Pues bien, estamos seguros de que Germán aceptó gustoso «derramarse en tan fino y acabado molde», que no se resistió a dejarse formar y que, por ello, ha realizado la vocación para la que Dios le creó: la santidad.

 

En el corazón de María

«El cristiano no puede ni debe renunciar a la dulce tarea de escrutar la vida y el corazón de la Madre»5.

A los cinco años Germán Doig ingresa en el Colegio Inmaculado Corazón de María para estudiar. Allí, en su capilla, aprendió la devoción a Jesús sacramentado —María lleva a Jesús—. Sin duda fue en su corazón donde Ella le iba moldeando desde niño, sin, quizá, él mismo percatarse de ello, como no se percata el niño que se gesta en el seno de su madre; pero, dócilmente, fue adquiriendo sus rasgos.

Y los fue adquiriendo como lo hacen los niños y los santos: por imitación, a fuerza de contemplarlos —«nos hacemos a lo que contemplamos», decía el P. Tomás Morales, S.J.6—. Si Germán se detiene en estos rasgos de María, que a continuación detallamos, es porque le llaman la atención, y si le llaman la atención es porque los ama y desea adquirirlos. Amar algo es empezar a poseerlo.

Detenerse y degustar, como lo hace Germán, en el silencio de María, la reconciliación, su dinamismo apostólico, como laica, su integridad y plenitud humana, es señal de que ha empezado a vivir estos rasgos, es señal de que María va moldeándole en ellos. Nos vamos a centrar en dos: el silencio y el dinamismo apostólico. Es decir, su vida interior, y su obrar.

En armonía con ellos nos aparecerán los demás formando una unidad perfecta. Por ello, por su perfecta armonía, la Virgen es modelo y molde de vida humana integrada, plena. Es el canon, el ideal de belleza, la más perfecta semejanza a su imagen: Dios. Por ello es la que más le glorifica, y por ello, su vida es toda ella acción litúrgica, que deifica y consagra las más pequeñas acciones de la vida cotidiana.

Explicitemos estos dos rasgos: silencio y dinamismo, observemos en ellos el carácter de gesto litúrgico que encierran y veamos su maravillosa integración y armonía que posibilitan en María el rasgo quizás más apreciado por Germán: la reconciliación.

Sabemos, porque conocemos algo de su vida, que la vida de Germán fue esta silenciosa y dinámica “acción litúrgica” y que, por ello, fue un hombre reconciliador.

 

El silencio de María como acto litúrgico

«Por sus frutos los conoceréis». No puede escribir unas páginas como las del libro El silencio y la liturgia, sino una persona silenciosa y que intente hacer de su vida un «gesto litúrgico»7. No puede escribir el capítulo «María, el silencio y la liturgia» (pp. 65ss) sino una persona profundamente mariana, que haya contemplado amorosamente a María y se haya esforzado por imitarla. Si el lector lee despacio, meditando, estas páginas, comprenderá algo también del talante de su autor, Germán. Y sentirá, sin duda, una fuerte atracción hacia un alma tan profunda como la suya, imagen de la de María.

«Es muy provechoso —dice— aproximarnos a la mujer del silencio, para indagar en esa manera suya de hacer silencio, de vivir en una liturgia continua, de disponerse reverente a la posesión de sí, de disponerse para amar al Señor, de acogerlo, de escucharlo, buscando claves que nos permitan comprender mejor la dinámica por la que se hace amor en el Amor, en el esfuerzo por ser fieles, como Ella, al Plan divino. María aprendió el silencio en la escuela de la liturgia de la vida diaria, haciendo de su vida un “gesto litúrgico”. Ella, la pedagoga del Evangelio, nos enseña con su vida silenciosa el camino de la conformación con su Hijo, el camino de la liturgia continua y del pleno encuentro y significación. En Ella podremos comprender mejor cómo vivir el silencio y valorar más y mejor la pedagogía de la liturgia. Bajo su guía podremos convertir nuestra vida y sus hechos cotidianos en un “gesto litúrgico”. Viviremos así, como dice San Pablo: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31)» (p. 67).

Está claro: si queremos hacer de nuestra vida permanente liturgia —que es lo que debe ser y lo que fue María—, hemos de imitarla en su silencio. Es un silencio «activo e integral» (p. 67). Es el trasfondo de su «vida hecha plegaria, hecha ofrenda a Dios... Este silencio, hecho liturgia en la vida cotidiana, teñirá todo su quehacer» (pp. 67-68). Pero su silencio «no es de ninguna manera mutismo... La mesura y el justo sentido en el uso de las palabras es sólo un aspecto... Debemos entender el silencio de María no como mera ausencia, sino como presencia plena, como dominio de sí, como sobriedad, es decir, ante todo como ejemplar armonía y equilibrio, como posesión donal. Esto se ve con toda claridad tanto en su exterior como en su interior.

»Como se puede ver, en nuestra Madre se manifiesta un auténtico silencio de palabra, corporal, de mente, de memoria y de pasiones. En María el silencio se hace acción, se torna elocuencia plena, se convierte en instrumento para glorificar a Dios, se hace “gesto litúrgico”.

»Todo en ese silencio de la mujer habla de dominio, de madurez, de fortaleza interior, de apertura serena a la gracia desde una libertad poseída realmente. De allí brota la paz que traslucen todos sus gestos. Allí se nutre su fidelidad y su humildad. Allí, en el sosegado espíritu interior, se gestaron las grandes victorias de María» (p. 68).

Así pues, el silencio es la fuente de donde todo brota. Es negación de sí misma y de todo lo que no es Dios para acogerle sólo a Él. Por ello, del silencio, que es humildad y anonadamiento, brota la entrega, y con ella, la recepción del Todo y, por ello, su plenitud y su grandeza interior, su paz. Es, por ello, la «mujer reconciliada» (p. 69), sin conflictos interiores. Por ello puede ser la gran reconciliadora de la humanidad con Dios.

Así contempla Germán a María viviendo su silencio en las distintas actitudes de su vida y haciendo de ellas un acto litúrgico:

Silencio de palabra

«Ella es la serenidad profunda donde resuena la Palabra eterna. La Palabra eterna reclama un silencio infinito, inabarcable, para resonar potente y obrar la reconciliación. Eso es María, el remanso silencioso, sosegado, donde acampó la Palabra... He ahí la sonoridad inconmensurable del silencio de María» (pp. 75-76), como tierra que recoge la semilla y hace brotar la salvación. Gracias al silencio de María, la palabra no regresó vacía (ver Is 55,10-11).

Es silencio sobre todo interior, como ha aclarado Germán, pero repara también en el silencio exterior que lo acompaña: «No pasan desapercibidos su sobriedad y dominio en el uso de la palabra» (p. 77). Debemos imitarla en ello, llenando nuestra acción litúrgica de silencio «en el hablar y en la actitud de escucha» (p. 77).

En el hablar: La Escritura no registra apenas palabras suyas, sólo las necesarias. Pero están llenas de sentido, pronunciadas con tino y oportunidad. «Su plegaria combina la profundidad con la claridad» (p. 78).

Recientemente el Cardenal Ratzinger, en un documento sobre la nueva evangelización y en su libro Introducción al espíritu de la liturgia, afirma que es un error, litúrgico y pastoral, el empeño de racionalizar el lenguaje litúrgico, pretendiendo explicarlo todo con palabras propias, al margen de los textos canónicos, olvidando que el celebrante «no habla de sí y por sí» sino «in persona Christi». Insiste en que el hombre actual tiene necesidad y busca el silencio y el misterio8.

Fijémonos, como modelo, en el lenguaje de la Virgen, en su «Hágase». Con esta palabra María «dice lo que debe, ni más ni menos» (p. 79). Es la misma palabra de su Hijo, la única, la que mantendrá desde la Encarnación a la Cruz. Igualmente, es lo único que dice María. Por «este Fiat de María —“hágase en mí”— ha decidido, desde el punto de vista humano, la realización del misterio divino»9.

La sencillez, sobriedad y profundidad expresiva se conjugan siempre que habla María. Así lo observamos en el saludo a Isabel, en el Magníficat, en las palabras de las bodas de Caná... Y siempre se trata de hacer presente el misterio para hacer posible la salvación. María reparte gracias, lleva a Dios, su acción es salvadora, mediadora de gracias, reconciliadora...

Se evidencia también «la manera como María nos educa en nuestra relación con el Señor. Como en toda acción litúrgica somos invitados a ir más allá de lo visible o lo evidente. El misterio sólo se revela para quien tiene los ojos para ver tras el velo de los gestos o palabras. Hay pues un necesario silencio que nos permite introducirnos en esta dinámica que María vive de manera tan natural» (p. 85).

En la escucha: «Debemos aprender de Ella esa profunda capacidad de escucha para que nuestro encuentro con la Palabra no encuentre unos oídos endurecidos» (p. 85). En el anuncio de Gabriel, escucha y acogida a las palabras del ángel, seguidas por la acogida de la Palabra, el Niño, en su seno. Esta actitud de escucha no cesará jamás, ni la respuesta que brota de ella. Es escucha activa, seguida de respuesta.

En la vida pública apenas se menciona a María, y en dos de las ocasiones podría parecer que Jesús la pospone a los «que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra». Más bien ocurre todo lo contrario: Ella es más que nadie «dichosa» porque es la que más ha escuchado y obrado Su palabra. La escucha y la «guarda en su corazón». No la deshecha por incomprensible sino que la va gestando, «descubre la invitación a ir más lejos» (p. 91). Ella va progresando en la comprensión del misterio, peregrina en la fe. Germán cita a Luis Fernando Figari: «La educación de la Madre sigue su desarrollo, su progreso, siempre al ritmo madurante que va dejando la lección: alegría-dolor; dolor-alegría»10.

El silencio corporal de María

Sus gestos siempre son discretos: en Belén, Caná, vida pública, al pie de la Cruz. Nos hablan de la liturgia del movimiento y de las posturas.

Los movimientos de María eran prontos, pero no apresurados. Nos muestran cuál era su disposición interior: siempre activa. Sus posturas manifiestan también «su profundo dominio y equilibrio corporal» (p. 95). El Evangelio nos dice, a propósito de la adoración de pastores y magos, que «encontraron al Niño con María». Sin duda, adorando siempre. Fuese cual fuese su labor, estaba “con Él”. A sus pies, adorando, seguía “estando” al pie de la Cruz.

Toda María es, pues, un gesto litúrgico: un acto de alabanza, entrega, adoración, impetración, reconciliación... Es —cita al Cardenal Ratzinger— «el ideal de la auténtica vida litúrgica»11 (p. 101). En perfecta sintonía con su Hijo, moldeado uno en el otro.

«Por eso —nos aconseja Germán lo que sin duda él vivía—, es muy provechoso aproximarnos a la mujer del silencio, para indagar en esa manera suya de hacer silencio, de vivir en una liturgia continua, de disponerse reverente a la posesión de sí, de disponerse para amar al Señor, de acogerlo, de escucharlo» (p. 67).

Y es modelo —añade— en especial «hoy, cuando el mundo pierde el silencio, y pierde capacidad para percibir el misterio» (p. 100). Hoy, el mundo alejado de Dios necesita más que nunca el puente reconciliador. Eso es la liturgia, nexo entre Dios y el hombre, a través de los signos sensibles. María, Madre, «nos abre un sendero muy concreto para caminar hacia el encuentro del Padre», un camino «cercano, transitable» (p. 100), el camino del «silencio profundo y comunicativo en la escuela de la liturgia cotidiana» (p. 101).

 

Dinamismo y servicio. María, Madre de la Iglesia

«Desde este silencio interior y profundo se proyectó una vida al servicio de los demás» (p. 72).

Su silencio no es pasivo, a pesar de lo mucho que tiene de aceptación y abandono; es un silencio dinámico y activo, como el silencio creador del Padre. Sólo una palabra: «Hágase», lo hizo todo. Palabra que en María es creadora precisamente porque se deja hacer. Desde su silencio engendra a su Hijo y a toda la Iglesia, guiándola en su peregrinar hacia el Cielo, conformándola con su Hijo. En definitiva, es Madre.

Dice Germán en el mismo capítulo que estamos comentando, «María, el silencio y la liturgia»: «Como señala Puebla: “Silencio, contemplación y adoración, que originan la más generosa respuesta al envío, la más fecunda evangelización de los pueblos”... Toda su persona, desde ese equilibrio tan singular que pone de manifiesto un silencio de expresividad, irradia la presencia de su Hijo. Ése es el principal y más grande servicio que presta a los seres humanos. Ella es “toda de Cristo” y por ser tal puede con Él ser “toda servidora de los hombres”» (pp. 72-73).

Comienza llamándose «la sierva» del Señor, y a continuación la Escritura nos la presenta yendo presurosa a ayudar a Isabel. Después, Caná... siempre diciendo a los discípulos de su Hijo: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Por eso ha sido llamada la «pedagoga del Evangelio»12.

«Pero este servicio —continúa Germán— no concluye con su vida terrena. María asunta a los cielos sigue sirviendo al designio divino a través de su mediación maternal hasta la consumación de los tiempos. Como Madre nuestra, nos guía y acompaña en el peregrinaje de fe y nos va educando a semejanza de como educó a su Hijo Jesús... enseñándonos a vivir glorificando a Dios en todo, en un esfuerzo de conversión permanente» (pp. 73-74).

María es modelo, molde de evangelizadores, pues es la evangelizadora por excelencia. Es la “Estrella de la evangelización”, como repetidas veces la ha proclamado el Santo Padre, es “Nuestra Señora de la Evangelización”, como se la invoca en Perú.

En un texto escrito por Germán con ocasión de la visita que Juan Pablo II realizó por segunda vez al Perú, en 198813, se detiene en este rasgo mariano, que considera paralelamente al estudio de la mariología del Santo Padre. Podemos apreciar en este artículo una de las constantes de su vida: su amor a la Iglesia y a María. En ello Germán se nos muestra una vez más en la línea del Vaticano II (ver Lumen gentium) y de Juan Pablo II14, consagrado por entero a María y a su grey. A María ha consagrado todo el mundo y, en concreto, consagra al Perú en este viaje que estamos comentando. También Germán se ha consagrado a Ella a perpetuidad, haciéndose “plenamente disponible” para el apostolado15.

Pues bien, comienza este texto con las palabras del Papa en el Acto de Consagración a Nuestra Señora de la Evangelización (Lima, 14/5/1988) —el día siguiente al 13 de mayo: Fátima—. «Significativo momento —dice Germán— que recoge y sintetiza la importancia que tiene María en la enseñanza de la Iglesia y que pone de manifiesto la centralidad de su presencia maternal en el peregrinar del Pueblo de Dios» (p. 144).

Es verdad —apunta— que esta presencia es una constante y es constante también su alusión a ella en la enseñanza y en la vida peregrina de Juan Pablo, lo cual pone de manifiesto el carácter dinámico de María en la Iglesia, pero este acto de Consagración a Nuestra Señora de la Evangelización «puede ser destacado de manera singular... El Papa recorre allí uno a uno los diversos estamentos de la sociedad peruana planteando un programa renovador de vida cristiana, el mismo que quiso poner “cerca” del “corazón de Madre” de María. No estamos, pues, ante un hecho aislado o meramente devocional. Con toda claridad se puede descubrir en el acto de Consagración a María todo un programa para la Iglesia en el Perú que pone en evidencia el papel dinámico de la maternidad de la Virgen» (pp. 144-145).

Ahondando en el dinamismo de María, insiste Germán en el rasgo peregrino de María, guiando y acompañando a la Iglesia peregrina, y pone de relieve la identidad del mensaje dirigido al pueblo peruano con la encíclica Redemptoris Mater y la Lumen gentium. En todos esos mensajes se nos presenta a María como “Estrella del mar”16. «Palabras como “camino”, “caminar”, “peregrinaje”, “guía”, que aparecen constantemente a lo largo de sus mensajes en el Perú, ponen de manifiesto este carácter dinámico de la Virgen María en la vida de la Iglesia» (p. 147).

El dinamismo de María —sigue diciendo Germán en este comentario del mensaje del Santo Padre al pueblo peruano— se manifiesta, sobre todo, en ser para nosotros «guía» y «modelo de cómo acercarnos a Jesús» Eucaristía (p. 153). No en vano, esta segunda visita fue motivada por la Clausura del V Congreso Eucarístico y Mariano de los Países Bolivarianos. «El Papa —señala Germán— pone constantemente de manifiesto esta profunda relación de María con su Hijo Jesús, destacando así el carácter netamente cristológico de la piedad mariana» (p. 152). «Toda la vida de María, toda su acción apunta en una dirección: su Hijo... “María guía a los fieles a la Eucaristía”17... La misma vida de María puede ser considerada como una auténtica “eucaristía”, es decir como una acción de gracias... María es una escuela viva, un canal abierto para penetrar en las profundidades de este inefable misterio de vida» (p. 153).

No puede ser mayor el dinamismo de María, su acción regeneradora. Todo él es un dinamismo maternal, derivado de su condición de Madre de Dios. Y en esa medida «nos invita a entrar en la dinámica del amor materno... Por ello, los cristianos no podemos dejar de “reconocer su presencia de Madre” en nuestro caminar. Ni tampoco debemos dejar de colocar “en sus manos maternales” y “cerca de su Corazón de Madre” nuestras intenciones» (pp. 155-156).

En conclusión, María nos lleva a Jesús y a los hermanos. De ahí se deriva:

—La comunión eclesial.

—La evangelización.

—El servicio a los hermanos.

«Se trata, como se puede ver —afirma Germán—, de una fe dinámica, que tiene consecuencias inmediatas tanto en lo personal como en lo social» (p. 158).

Así como María comenzó su dinamismo con su vida y terminó en el altar del Gólgota, al pie de la Cruz; así debe ser el dinamismo del cristiano, un dinamismo que nos compromete «en la tarea de la Nueva Evangelización..., de la que María es la Estrella que deberá guiarnos; evangelización que debe venir acompañada por el compromiso solidario con el hombre concreto que sufre y está en necesidad» (p. 162).

 

Conclusión: Compromiso apostólico y evangelizador. María y los laicos

Somos hijos de María. Nuestro amor filial nos conducirá a la conformación con Jesús (es Ella el mismo molde de ambos) y, por ello, nos ha de impulsar a nuestros hermanos.

La Comisión Episcopal de Apostolado Laical publicó en 1990 un folleto de Germán: María y los laicos18. En este breve pero profundo y precioso texto, insiste en el carácter dinámico de María (peregrino y de guía), haciendo siempre referencia a Juan Pablo II y a la Redemptoris Mater, pero ahora destaca Germán tres aspectos muy interesantes: su actualidad y su condición de laica y de mujer.

María es actual —dice, coincidiendo en ello también con el más hondo sentir de la Iglesia y del Papa—, hasta el punto de que no duda en hablar de que estamos en una «era mariana» (p. 6). Y es actual María porque es la única solución al hombre actual, que se siente, más que nunca, inseguro. Ella se le ofrece como “estrella”, guía, esperanza, seguridad, alegría, belleza. Ante el hombre desgajado que no quiere reconocer su culpa, «Ella, desde su valiente aceptación del Plan de Dios, le muestra al hombre cómo ser más plenamente humano, evidenciándole su profunda necesidad de Dios, su nostalgia de reconciliación, y abriéndole el horizonte de constructor del mundo y de la vida social en términos más humanos» (p. 9).

Respecto al papel de la mujer, Germán hace suyas las afirmaciones de Pablo VI y Juan Pablo II acerca de la condición femenina y afirma que «la figura de María arroja luz sobre la identidad de la mujer elevándola a dimensiones insospechadas» (p. 11).

Por último, como laica que es, su vida es modelo en especial para los laicos. Su vida nos habla, desde el silencio, del carácter redentor de los pequeños actos de la vida cotidiana, que quedan sublimados por el amor. En este sentido hablábamos anteriormente de su vida como «gesto litúrgico». Así concluye este profundo y sencillo escrito: «María es ejemplo de vida cristiana como mujer sencilla, servicial, reverente, comprometida con su familia, con su casto esposo José y su Hijo Jesús. Fue por sobre todas las cosas madre amorosa, reverente servidora de su familia, y descubrió en todo este acontecer cotidiano el camino para consagrarse plena y totalmente a Dios. Por ello es camino para el seglar» (p. 19).

María reconciliadora

He querido dejar para el final este rasgo de María porque, quizá, es la síntesis de todo lo anterior. Mujer plenamente realizada porque integra, a imagen de su Hijo, la vida interior más profunda con la actividad más intensa y prolongada; el silencio y la palabra. Por ello es el molde perfecto del apóstol.

Pero estos rasgos sólo se entienden de cara a su misión, que no es otra que la de su Hijo: reconciliar al mundo con Dios, salvarlo. Este misterio de la reconciliación comienza con el Fiat y termina en la Cruz. A este misterio estamos asociados todos. Germán lo sabía y lo vivía. Fue obediente al Plan de Dios sobre él, que le quería “reconciliador”, según el molde de María, y según el molde del Sodalitium, el lugar que Él le escogió para cumplir su misión cotidiana. Obediente a su carisma y a su Fundador, vivió «en compañía de María» toda su vida, haciendo suyas las palabras con que Luis Fernando termina su libro: «Al recorrer el propio camino junto con la Madre querida se presenta con acentos de urgencia la tarea de la propia santidad. María no deja de recordarnos que hay una misión para cada uno de sus hijos: colaborar con Ella para que, por medio de los seres humanos que aceptan a Jesús en su corazón, todo el mundo y la convivencia social sean reordenados según el Plan de Dios»19.

 

3. El “Hágase” dinámico de Germán

Este artículo ha sido sólo un breve análisis y comentario de los escritos de Germán sobre María a la luz de la idea montfortiana: “María, molde”. No entramos a examinar su vida, de lo cual ya se ocupan otros trabajos, pero sí que podemos decir, como conclusión, que efectivamente María fue su molde y Germán se dejó moldear. Sus obras lo muestran. Coherente hasta que Dios lo llamó con su compromiso perpetuo en 1981 de plena disponibilidad apostólica, gastó su vida al servicio de la Iglesia y de los hombres. Fue, como María, hombre silencioso, sencillo, orante... y muy, muy dinámico. Agitado por la urgencia de evangelizar, secundó diligentemente los planes de Dios sobre él, en el Sodalitium y fuera. Dirigió, escribió, guió, fundó y promovió obras importantes en el terreno cultural, social, religioso... Hombre de confianza del Papa y obispos, era cercano a los pobres y a los hombres sencillos, no pudiendo ver injusticia o pobreza que no intentase remediar. Fue un hombre íntegro, como María, plenamente humano y realizado, como Ella, reconciliador.

Que desde el Cielo siga, como María, cumpliendo su misión, guiándonos en nuestra peregrinación. Que siga siendo “puente”, que su acción siga siendo silenciosa liturgia.

Terminamos con la primera estrofa de una poesía de Germán a María. Como Ella llevaba a Jesús, llevaba también a Germán, “entre los pliegues de su corazón”. Y él, a su imagen, también caminó, iluminado, portando el “candelabro oculto” de la fe.

«Iluminada
caminas
llevando el candelabro oculto
entre los pliegues
de tu corazón».

 

Lydia Jiménez González, española, es co-Fundadora y Directora General del Instituto secular Cruzadas de Santa María. Es también consultora del Pontificio Consejo para la Familia y miembro del Consejo Directivo de la Sociedad Internacional Tomista, así como directora del Instituto Berit de la Familia. Entre sus obras se encuentran: Pedagogía del silencio; Mística de interioridad y mística de exterioridad; Un movimiento, unas obras, una misión. El P. Morales Fundador.

 

Notas

1 San Luis María Grignion de Montfort, El secreto de María, 1ª parte, comienzo. ESINSA, Sociedad Internacional Grignion de Montfort, Barcelona 1993, 22ª ed. española, p. 27.

2 Título del libro del Fundador del Sodalitium, Luis Fernando Figari (Vida y Espiritualidad, Lima 41995). Sin duda que Germán leyó y releyó este libro porque refleja su impronta: profunda vida interior y decidido empeño evangelizador, en perfecta unidad y en plena comunión con el Magisterio de la Iglesia; asumiendo, bajo la guía de María, el compromiso apostólico en su realidad concreta de América Latina.

3 Allí mismo, pp. 18-19.

4 San Luis María Grignion de Montfort, El secreto de María, pp. 35-36.

5 Germán Doig K., El silencio y la liturgia, Paulinas, Bogotá 1992, p. 66. El número entre paréntesis que aparecerá a partir de ahora detrás de las siguientes citas hace referencia a la página de esta publicación.

6 El siervo de Dios, P. Tomás Morales, S.J. († 1994) es el Fundador de los Institutos seculares Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María, así como de otros movimientos laicos de apostolado, nacidos y con sede central en España, aunque extendidos por diversas partes del mundo.

7 Germán Doig analiza detenidamente esta expresión puesta de relieve en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla (n. 213). Como sabemos, Germán es un hombre “de Iglesia”, estrechamente vinculado a su Iglesia particular y a la Iglesia universal, inserto en los problemas históricos, fidelísimo al Magisterio. De ahí su constante alusión a los documentos magisteriales. En virtud de ello, sería llamado expresamente por el Santo Padre a participar en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Santo Domingo (1992), y más tarde, como auditor, en el Sínodo de América (1997).

8 Ver Card. Joseph Ratzinger, La nueva evangelización, en «L’Osservatore Romano», edición semanal en lengua española, 19/1/2001, p. 8; Introducción al espíritu de la liturgia, Cristiandad, Madrid 2001, pp. 241-242.

9 Redemptoris Mater, 13.

10 Luis Fernando Figari, ob. cit., p. 76.

11 Card. Joseph Ratzinger, Informe sobre la fe, BAC, Madrid 21985, p. 148.

12 Puebla, 290.

13 María en el mensaje limeño de Juan Pablo II, publicado originalmente en revista «Vida y Espiritualidad», mayo-agosto 1988, año 4, n. 10, pp. 41-64, y luego en «Revista Teológica Limense», mayo-agosto 2001, vol. XXXV, n. 2, pp. 143-162. Como en el caso anterior, el número entre paréntesis detrás de las siguientes citas hace referencia a la página de esta última edición.

14 Nos dice Germán en este artículo: «Ningún Papa, hasta ahora, ha dado más espacio en sus escritos y prédica al misterio y a la persona de María. Toda su propia vida ha estado marcada por un profundo amor a la Virgen. No es casualidad que en su escudo pontificio, al pie de la Cruz, no figure más que una “M” simbolizando a María, y tenga por lema y programa la frase “Totus Tuus”, todo de María; frase en la que se descubre la influencia de aquel gran apóstol mariano Luis María Grignion de Montfort... [La presencia maternal de María] recorre su pensamiento como un hilo conductor que lo enhebra todo. En todas sus exhortaciones sobre María se trasluce siempre ese amor profundo que hace sentir la cercanía de la Madre, quien con infinita ternura, silenciosamente, nos conduce a su Hijo Jesús. “Nuestra Señora de la Evangelización”, la “Madre de la Buena Nueva”, preside discretamente toda su enseñanza» (p. 144).

15 Fue en el año 1981 cuando realizó sus compromisos perpetuos de plena disponibilidad apostólica.

16 Ver Redemptoris Mater, 2, 3.

17 Redemptoris Mater, 44.

18 Posteriormente, en 2001, ese mismo texto ha sido publicado también por Vida y Espiritualidad. Las citas siguientes corresponden a dicha edición. Nos referiremos a ellas en adelante, como anteriormente, con el número de página entre paréntesis.

19 Luis Fernando Figari, ob. cit., pp. 130-131

 

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