La reconciliación en el pensamiento de Germán Doig
Gustavo Sánchez Rojas
Hace poco más de un año, un 13 de febrero de 2001, partió a la Casa del Padre nuestro querido Germán Doig Klinge. Su presencia, su testimonio de sodálite que vivió intensamente su vida cristiana mediante su consagración laical, sirviendo incansablemente a la comunidad y a la Iglesia, no se han ido con él. Permanecen con nosotros, avivando nuestro compromiso y nuestro espíritu apostólico. La amistad que nos brindó generosamente, su preocupación de hermano mayor, el ejemplo que siempre dio y que nunca dejó de dar, todo ello lo hace presente. Nos sigue enseñando mucho.
Vicario General del Sodalitium Christianae Vitae desde 1992, Germán colaboró muy cercanamente con Luis Fernando Figari, Fundador de dicha Sociedad de Vida Apostólica, en el despliegue de la comunidad. Fue también Coordinador General del Movimiento de Vida Cristiana, y un incansable promotor del apostolado. Más allá de su participación en la vida de la comunidad, tuvo también un activo papel en la vida de la Iglesia en el Perú y en América Latina.
Como parte de su destacada participación eclesial, Germán Doig ha tenido un valioso aporte en el plano intelectual. Convencido de la necesidad de conocer y difundir la fe de la Iglesia, que ilumina las diversas facetas de la existencia humana, y sabiendo que la evangelización de la cultura es una tarea prioritaria hoy en día, se dedicó al estudio y a la difusión de un pensamiento anclado en las fuentes de la fe, y al mismo tiempo muy vital, apelante, que supiese responder a las interrogantes de los hombres y de la cultura hodierna. Con mirada sodálite, en continuidad con el pensamiento de Luis Fernando Figari, profundizó en diversos temas de modo muy agudo y sugestivo. Así, cuestiones como la vida espiritual, el papel de Santa María en la vida cristiana, la Iglesia, y la historia de la espiritualidad son analizadas al mismo tiempo que la identidad cultural de América Latina, las ideologías, la tecnología y su influjo actual...1. Pienso que a él se le podrían aplicar aquellas palabras del poeta latino que sirvieran de inspiración para el Concilio: «Hombre soy, y nada de lo humano me puede ser ajeno»2.
De entre los muchos temas que Germán Doig trabajó, uno de los que más destaca es el de la reconciliación. Bajo diversos ángulos, enfocada de muchos modos, la reconciliación se presenta como una realidad central en su obra escrita y en su vida. El propósito de estas líneas es el de examinar el tema de la reconciliación en el pensamiento de Germán Doig, analizando sus contenidos, valorando sus acentos y perspectivas, y destacando lo que pueda ser más valioso en orden al esfuerzo por la evangelización de la cultura. Esto último, la contribución al apostolado de la Iglesia, y el esfuerzo evangelizador, así como responder al Plan de Dios en su propia vida, son cosas que con toda seguridad fueron la finalidad que Germán perseguía con su trabajo apostólico. Ello, junto con su experiencia espiritual de cercanía con el Señor Jesús y con la Madre, más el intenso amor que sentía por la Iglesia y el afán de servirla con todas sus fuerzas, constituyen las fuentes que alimentaron su reflexión sobre la reconciliación.
Importancia de la reconciliación
Profundizar en la reconciliación no obedece a una elección arbitraria ni tampoco a una opción de gusto particular. Se trata, más bien, de sintonizar con las inquietudes y anhelos más hondos del ser humano, y con lo que el Espíritu va suscitando en respuesta a dichas expectativas. El Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et spes, recordó la importancia de estar atentos a los signos de los tiempos3; y precisamente, una mirada sobre la actual situación de la humanidad muestra como característica dolorosa y lacerante la existencia de innumerables rupturas y divisiones. El Papa Juan Pablo II recordaba que al mirar al mundo contemporáneo se percibe una situación trágica, y describía las diversas rupturas de hoy, en la que la mirada del Pastor descubre la raíz de estas divisiones, que está en lo más íntimo del hombre. Se trata del pecado4, que proyecta y plasma sus negativas consecuencias en todos los niveles de relación humana: con Dios, consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda. Pero al mismo tiempo, junto con las rupturas que signan la experiencia del hombre hodierno, se percibe un intenso anhelo de unidad, de recomposición de lo que está roto, o, como lo denomina el Santo Padre, una «nostalgia de reconciliación»5. Y tanto más intensa será esta «nostalgia» cuanto más honda se experimente la ruptura. Por lo mismo, el remedio, para ser eficaz, debe llegar hasta la raíz que ha generado la fractura.
La Iglesia, atenta a los signos de los tiempos, los interpreta para proponer, desde la Revelación, una respuesta que colme las expectativas y anhelos humanos, y los lleve a un encuentro con el Señor Jesús, en sintonía con sus necesidades concretas. Ante la ruptura generalizada, cuya raíz última está en el pecado, la Iglesia ofrece una respuesta de reconciliación. Así, Juan Pablo II dice: «Mis Predecesores no han cesado de predicar la reconciliación, de invitar hacia ella a la humanidad entera, así como a todo grupo o porción de la comunidad humana que veían lacerada y dividida. Y yo mismo, por un impulso interior que —estoy seguro— obedecía a la vez a la inspiración de lo alto y a las llamadas de la humanidad, he querido... someter a serio examen el tema de la reconciliación»6. En otro momento proclama enérgicamente, con una fuerza que podría denominarse profética: «Poniéndome a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo mismo y con el prójimo, he pensado, por gracia e inspiración del Señor, proponer con fuerza ese don original de la Iglesia que es la reconciliación»7.
Sí, Dios sana las rupturas y divisiones mediante la reconciliación. Se trata de un gran tema bíblico, que aparece ya desde el Antiguo Testamento y que encuentra en la persona del Señor Jesús su realización histórica. San Pablo, el gran teólogo de la reconciliación en el Nuevo Testamento, nos dice que Dios Padre ha realizado la reconciliación por medio de Jesucristo, y ha conferido el ministerio de la reconciliación (ver 2Cor 5,18-20). Más aún, Jesucristo mismo es nuestra paz, el que ha obrado la reconciliación, eliminando el odio y uniendo a los hombres que estaban enemistados (ver Ef 2,14-16), y llevándonos nuevamente hasta Dios, de quien por el pecado estábamos separados (ver Col 1,20-22). Siendo una categoría de síntesis, la reconciliación abarca y engloba otras perspectivas bíblicas que dan cuenta de la obra salvífica del Señor Jesús, y constituye así un criterio privilegiado para explicar y vivir el don que Dios Padre nos ha otorgado por Jesucristo en el Espíritu Santo8. Por lo demás, la reconciliación ha sido profundizada en el pensamiento de los Padres de la Iglesia, y la Tradición da testimonio de su presencia a lo largo de la historia.
En el pensamiento de Germán Doig
Es en esta perspectiva que se sitúa la reflexión de Germán Doig sobre la reconciliación. Se trata de una realidad muy propia de la espiritualidad sodálite, desarrollada y promovida asimismo a nivel eclesial. En estrecha comunión con el pensamiento de Luis Fernando Figari9, Germán puso manos a la obra y dedicó una parte importante de su pensamiento y de sus escritos al análisis y difusión de este tema. Animado por las enseñanzas magisteriales, que afirmaban que «es legítimo hacer converger las reflexiones acerca de todo el misterio de Cristo en torno a su misión de reconciliador»10, Germán destacó la importancia de la reconciliación en las diversas expresiones de la vida de la Iglesia, en la cultura, en la vida cristiana, en la historia de la espiritualidad, en la experiencia cotidiana anhelante de unidad y de paz. En lo personal, puedo afirmar que su obra escrita es fiel reflejo de su propia vivencia de reconciliación, y que lo que pone en letra tiene el fundamento de su experiencia vital. Si, por ejemplo, destacaba algún aspecto del Magisterio sobre la reconciliación, era porque lo había interiorizado, pensado, rezado y puesto en práctica, de manera tal que lo que escribía y compartía a nivel intelectual venía respaldado por lo que él vivía, que, por lo demás, no quería ser otra cosa que lo que la Iglesia enseñaba.
Toca ahora revisar algunos puntos que acerca de la reconciliación ha desarrollado Germán Doig. Su obra escrita al respecto —decíamos— es considerable, y de ella tomaremos solamente algunas referencias que nos ilustren sobre su aporte en esta temática. Son muchos los aspectos de la vida cristiana que Germán enfoca desde esta perspectiva. Quizá sea oportuno destacar, además, que no solamente se trata de una profundización de la reconciliación en sí misma, sino que, en cierto modo, toda la realidad es “leída” en clave de reconciliación, como procuraremos mostrar en los siguientes párrafos.
a) El Magisterio
En 1989 Germán publicó un libro sobre la reconciliación en el magisterio de Pablo VI. La propuesta hecha por Juan Pablo II, que encontró un momento particularmente fuerte con la promulgación de la exhortación apostólica post-sinodal Reconciliación y penitencia, propició la búsqueda de anteriores enseñanzas pontificias sobre esta cuestión, encontrando en el pensamiento del Papa Montini interesantísimas propuestas. El libro, titulado Reconciliación en Pablo VI, describe lo enseñado por este Pontífice durante el Año Santo de la Redención, desde 1973 hasta el 25 de diciembre de 1975, última ocasión en la que el Papa Montini se pronunció sobre la reconciliación en este período jubilar. Destacaba allí Germán que «Pablo VI evidencia un convencimiento profundo en la importancia de la reconciliación para la Iglesia y la sociedad contemporáneas. Ve en ella el camino para llevar adelante, y hacer concreta la renovación del Concilio Vaticano II. Predica con elocuencia, insiste con paternal entusiasmo y contagioso convencimiento»11.
También Juan Pablo II ha hablado muchísimo de reconciliación. Además de las referencias ya señaladas en la exhortación Reconciliación y penitencia, el Santo Padre ha destacado esta cuestión, entre otras muchas ocasiones, al hablar a los movimientos eclesiales, señalando que éstos tienen un papel en la misión reconciliadora de la Iglesia. Al respecto, y comentando las muy recordadas jornadas de Pentecostés de 1998, en las que se produjo el Encuentro de Juan Pablo II con los movimientos eclesiales, Germán Doig escribía: «En un mundo lleno de rupturas y de conflictos, los movimientos eclesiales pueden ser testimonio del amor reconciliador del Padre, quien en el Señor Jesús ofreció la reconciliación que restableció la comunión perdida y derrumbó los muros que separaban a los pueblos. En medio de las rupturas y divisiones los movimientos están invitados a predicar la Palabra de la reconciliación, que es el fundamento de una sociedad más justa, fraterna, solidaria y reconciliada»12. Además, fue muy importante la propuesta de reconciliación hecha por Juan Pablo II con ocasión de la realización del Sínodo de América, en 1997, reunión en la que Germán Doig participó. Con ocasión del Sínodo, y comentando la enseñanza del Santo Padre para América, Germán escribía: «El llamado a esta evangelización viene acompañado de una enérgica invitación a caminar por el camino de la reconciliación. La Iglesia es por naturaleza evangelizadora, y como tal es en sí misma esencialmente reconciliadora... De esta manera el Vicario de Cristo propone una suerte de binomio que enmarca toda su propuesta: evangelización y reconciliación. Fue así como lo planteó en el discurso con el que cerró los trabajos sinodales: “A lo largo de este Sínodo hemos podido reflexionar juntos en los caminos de la nueva evangelización, buscando respuestas de vida, de reconciliación y de paz para ofrecerlas a todo el continente americano”13»14. Fruto de su experiencia en esta Asamblea, y de sus propias reflexiones, es la convicción de la centralidad de la reconciliación para nuestro continente: «Esta llamada a la reconciliación, que constituyó uno de los temas de interés en el aula sinodal, debe tener un lugar central en el proyecto de la Nueva Evangelización en el continente americano. Es más, encierra todo un programa afincado en la realidad americana —surcada por tantas diferencias y no pocas rupturas—, que a la vez exige de la misma Iglesia un esfuerzo por recorrer el camino de la reconciliación al interior de su mismo seno»15.
Son numerosas las ocasiones en que Germán Doig ha citado y profundizado en la enseñanza magisterial sobre la reconciliación, y por eso los textos citados no quieren ser más que una pequeña muestra, no una presentación global ni mucho menos completa.
b) La Iglesia
La reflexión sobre la realidad eclesial en América Latina fue el marco en el que Germán vinculó el tema de la reconciliación con el de la Iglesia. Al respecto, las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, particularmente la de Santo Domingo (1992), le proporcionaron la ocasión para presentar a la Iglesia como sacramento de comunión y de reconciliación.
Fruto de un minucioso trabajo de recolección y de síntesis, Germán publicó en 1990 su Diccionario: Río, Medellín, Puebla16, actualizado y ampliado en 1994 en el Diccionario Río - Medellín - Puebla - Santo Domingo17, en el que recogía los términos más significativos e importantes propuestos en las Conferencias Generales latinoamericanas. Ya allí la palabra reconciliación tiene un lugar importante. En la introducción a este libro escribía Germán: «Resulta consecuencia natural del dinamismo de Medellín y Puebla el énfasis que se le ha venido dando en todo el continente al tema de la reconciliación y que ahora recoge con tanta fuerza el documento de Santo Domingo»18. Precisamente, en esta última Conferencia General latinoamericana encuentra Germán Doig una eclesiología propuesta en perspectiva de reconciliación. En la obra conjunta Santo Domingo. Análisis y comentarios19, su artículo La Iglesia, sacramento de comunión y reconciliación recordaba que «Santo Domingo plantea también el tema de la misión de la Iglesia en términos de reconciliación... La Iglesia debe anunciar esta verdad al mundo de hoy y mostrarle que la reconciliación llevada a cabo por medio de la Cruz le ha devuelto al hombre el sentido de su existencia y de su dignidad... La Iglesia como signo de reconciliación debe animar e inspirar la construcción de una cultura cada vez más solidaria y reconciliada»20. Veía en la propuesta eclesiológica del documento dominicano una continuidad con la enseñanza del Vaticano II y un recordatorio de lo que debe ser la tarea de la Iglesia para los tiempos actuales. Por eso concluía su artículo señalando: «El documento de Santo Domingo al presentar a la Iglesia como sacramento de comunión y reconciliación nos sitúa de una manera fecunda ante el misterio del Verbo hecho Hijo de Mujer para nuestra salvación. En ella, como nos enseña la Lumen gentium, resplandece la luz de Cristo a quien el documento de Santo Domingo nos invita a dirigir la mirada y el corazón en este tiempo de nueva evangelización»21.
La importancia de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano fue siempre muy destacada por Germán, quien valoraba muchísimo el contenido doctrinal de sus documentos. Sobre el mismo tema escribió un libro que revisaba con mayor detenimiento el aporte de las Conferencias y su creciente profundidad teológica. Allí, hablando de lo que Santo Domingo, en continuidad con las asambleas anteriores, ha dicho sobre la Iglesia, recalcaba: «La Iglesia tiene ante el clamor por la reconciliación un papel muy claro. Es ella la portadora de la reconciliación, pues, como ya se ha dicho, ella es sacramento de comunión y reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Como afirma el documento: “Las situaciones trágicas de injusticia y sufrimiento de nuestra América, que se han agudizado más después de Puebla, piden respuestas que sólo podrá dar una Iglesia, signo de reconciliación y portadora de la vida y la esperanza que brotan del Evangelio”22. Pero para que ello pueda ser hecho con toda la radicalidad y transparencia que pide el Señor hace falta fortalecer la vivencia de la comunión y reconciliación al interior de la misma comunidad eclesial... Sólo así como comunidad reconciliada, será la Iglesia verdaderamente signo e instrumento de reconciliación para los hombres. Ésa es una de las exigencias de la nueva evangelización»23.
c) María
Continuamos este breve e incompleto recorrido destacando algunos puntos del pensamiento de Germán sobre Santa María, Madre del Señor Jesús y nuestra, en relación con la reconciliación. El intenso amor a la Virgen María fue una de las características más marcadas en la experiencia de fe de Germán, y esta devoción filial se ve reflejada en sus escritos. Sea que hable de María en el Magisterio del Papa Juan Pablo II, sea que la comprenda como modelo incomparable de silencio o la presente como figura viva de la síntesis cultural de América Latina, María ocupa un lugar privilegiado en su pensamiento, así como lo ocupaba en su corazón. Al ingresar a la Capilla que soñó y diseño, uno halla como una plasmación de su amor filial: se encuentra con un bello icono de María, cuya mano extendida invita al encuentro con el Señor presente realmente en el Sagrario.
Comentando las enseñanzas mariológicas de Juan Pablo II en su segunda visita al Perú (1988), Germán mencionaba lo siguiente: «Quizá lo que más conmueva del mensaje limeño del Papa es la filial ternura con la que se dirige a la Virgen María, llamándola permanentemente Madre. Su amor filial se puso constantemente de manifiesto en la profunda devoción y recogimiento con el que se arrodilló frente a su imagen para situarse en reverente silencio en un diálogo íntimo con Ella, la Madre... Si hay un calificativo que se reitere ése es el de Madre. Quizá debamos, pues, buscar allí el núcleo de la aproximación del Vicario de Cristo a la Virgen María y a su papel en el misterio de la reconciliación»24.
Precisamente ese papel de María en la economía de la reconciliación tiene para Germán una importancia fundamental. En efecto, Dios mismo ha querido la cooperación de la Virgen Santísima en la obra reconciliadora, no sólo en aquella que posibilita la venida del Hijo a nuestro mundo, sino también en la conformación de cada creyente con Jesús. En una ocasión decía: «La clave de la senda de la reconciliación que nos vino a traer Jesucristo está en la fidelidad al divino Plan para con nosotros. Y quién mejor que la Madre para enseñarnos esa senda. ¡Quién mejor que María, la Madre de la Reconciliación, para mostrarnos el sendero que nos devuelve al amor del Padre, a la comunión y participación!»25. Así, Ella es modelo, intercesora, mediadora y protectora de los que, en Jesús y por Jesús, han sido hechos hijos suyos (ver Jn 19,25-27).
María es la mujer del silencio. Ella es modelo incomparable de señorío de sí misma, de autoposesión, que le permite donarse en obediencia amorosa y perfecta al Plan de Dios. En Ella se ve la concreción de la reconciliación: «María es todo un prodigio de equilibrio personal donde se conjugan maravillosamente la acción de la gracia y la respuesta humana desde una libertad plenamente poseída. Este equilibrio, presente en todo su ser, es expresado en su capacidad de escucha, en su capacidad de recogimiento, en su reverencia, en su paz interior, en su sobriedad corporal, en su discreción, en su reconciliación total. Ella es un signo existencial de unidad»26. Ella es la Mujer reconciliada, y por eso, porque vive intensamente la santidad plena que es fruto de la acción de la gracia y de la cooperación activa con el don de Dios, es que puede ayudar a la reconciliación: «Todos los aspectos de su vida están unificados y se expresan en su madurez personal, en aquella posesión que le permitirá, desde su libertad, donarse en amor y servicio y ser así colaboradora activa de su hijo en la obra de la reconciliación»27.
María tiene también un importantísimo papel en la configuración de la identidad cultural latinoamericana. Recordando las palabras que Juan Pablo II dirigiera a los obispos mexicanos —«que María de Guadalupe, reconciliadora Ella misma para crear el mestizaje de dos pueblos y dos culturas, sea la constante inspiración de vuestra pastoral»28—, Germán escribía: «A partir de estas afirmaciones resulta lógico concluir que el culto a María, tan arraigado en el pueblo, puede ser considerado como el lugar de síntesis vital entre las dos tradiciones culturales principales que configuran el continente. En María se encontró el gozne que une las historias de estas dos corrientes culturales»29. Reflexionando sobre la importancia de la Virgen de Guadalupe para la historia no sólo de México, sino de toda América Latina, comenta Germán: «María de Guadalupe fue un instrumento particularmente eficaz para que el Señor congregara a los pobladores de las nuevas tierras a formar parte del Pueblo de Dios. Ella propulsó el nacimiento de un nuevo pueblo, en donde convivían indios, españoles, negros, mulatos, criollos y mestizos. La Iglesia fue una vez más sacramento de unión con Dios y de unidad de los seres humanos, es decir, signo e instrumento de comunión y reconciliación, con visibles manifestaciones entre los hombres y mujeres del Nuevo Mundo»30. Y lo que ha sido Ella para nuestra historia, debe ser también inspiración para nuestro presente: «Nuestra historia de fe ha sido recorrida de la mano de nuestra Madre María. Ella ha sido en ese caminar fecundo “Pedagoga del Evangelio”, lugar de enlace entre Dios y los hombres. Madre común de los pueblos y como tal generadora de la nueva síntesis que es América Latina. María, señalada por el Señor Jesús en el altar del Gólgota, recibe de Él la misión de ser nuestra Madre y guiarnos hacia el encuentro con Dios. Ella es Madre y tipo de la Iglesia. Ella como mujer que acoge y vive la reconciliación es ejemplo para nosotros de docilidad y de fidelidad para con el Plan de Dios. La evangelización renovada de América Latina no puede dejar de mirarla en esta nueva etapa de su peregrinar»31.
d) La vida espiritual
Bajo este título tan genérico indicamos algunos aspectos de la vida cristiana que Germán profundizó, y sobre los cuales ofreció valiosos aportes, enfocando su realidad desde una dinámica reconciliadora. Reflexionando sobre la esperanza cristiana, por ejemplo, Germán vinculó esta virtud teologal con la reconciliación. Su trabajo Esperanza y reconciliación32 buscaba mostrar cómo una esperanza activa impulsa a vivir la reconciliación y a hacerla presente en el mundo: «Esperanza y reconciliación están íntimamente unidas. No es posible pensar la una sin la otra. Pues la esperanza es, en última instancia, esperanza de la reconciliación traída por Cristo. Y la reconciliación nutre su fundamento en la esperanza y crece en el corazón humano impulsándolo hacia la conformación definitiva con Jesús, Hijo de María. El cristiano es un peregrino que aspira a la reconciliación y se pone en marcha poniendo su confianza en el cumplimiento de las promesas del Señor»33.
En la vida cristiana es importante alcanzar el señorío sobre sí, que permita la plena posesión de sí mismo para la entrega al Señor, en la obediencia a su Plan. Este señorío, entendido como virtud a ser alcanzada mediante el ejercicio ascético, recibe el nombre de “silencio”. Así entendido, supone siempre la cooperación con la gracia de Dios. Germán escribió dos obras muy valiosas sobre este tema: El silencio, una pedagogía de la voluntad34 y El silencio y la liturgia35, una profundización y aplicación a la liturgia de la temática desarrollada en el primer libro. Sobre el silencio como virtud, según lo ya dicho, señala Germán: «Este silencio le abre al ser humano las puertas de la comprensión de sí mismo y lo dispone para acoger el don de la reconciliación que nos trajo la palabra encarnada»36. Más adelante, detallando la virtud del silencio como camino que lleva a la reconciliación, dice: «Con la sensibilidad de este silencio podrá [el ser humano] adquirir conciencia del impulso de la gracia que lo mueve y estará mejor preparado para brindarle su cooperación... En un espacio de silencio así, el hombre podrá encontrar el sentido de su propio ser. Porque le hará consciente de sus propios límites como creatura y porque le devolverá la posibilidad de entrar en sí mismo, condición indispensable para el cambio y la reconciliación plena, para la posesión de sí mismo en libertad y para la donación de sí como servidor de la reconciliación... El misterio de nuestra reconciliación —y por ende de nuestra plenitud humana— sigue necesitando el silencio para ser acogido plenamente»37.
La liturgia es un ámbito privilegiado en el que se vive el misterio de nuestra reconciliación. «Si consideramos que el centro de la obra de la reconciliación es el misterio de la Encarnación del Verbo, Jesucristo muerto y resucitado para salvación de los hombres, anunciado en la antigua alianza y realizado en la plenitud de los tiempos, la Iglesia no puede dejar de celebrarlo. Y lo hace en y a través de la acción litúrgica haciéndolo presente a través de los signos y símbolos sagrados para los hombres de todos los tiempos»38.
e) Cultura e identidad cultural latinoamericana
Para terminar abordamos dos temas muy cercanos y vinculados, aunque de suyo distintos. Uno es general (la cultura), el otro particular (la identidad cultural de América Latina). Pero en ambos se halla presente la categoría “reconciliación” como un elemento configurante. Germán consideraba que el tema de la cultura era fundamental, y que los esfuerzos por la evangelización de la cultura, propuesta por el Papa Juan Pablo II, eran una de las tareas centrales de la Iglesia en el presente39. Pues la cultura, que viene a ser el ámbito dinámico en el que vive el ser humano, o en palabras de Puebla, el modo particular como en un pueblo los hombres cultivan su relación con la naturaleza, con los demás hombres y con Dios40 para llegar a un nivel de vida plenamente humano, supone también un campo donde debe hacerse presente el mensaje evangelizador, y por ende, la reconciliación obrada y proclamada por el Señor Jesús. Es de capital importancia precisar bien en qué consiste la cultura. Por eso la enseñanza del Magisterio, tanto conciliar como pontificio, han ofrecido importantes pronunciamientos sobre la cultura41. Lo mismo se puede decir de las orientaciones de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, especialmente Puebla y Santo Domingo.
En su último libro —seguramente una de sus creaciones más profundas— Germán Doig proponía una visión de conjunto de la cultura, y destacaba un aspecto peculiar que la constituye, el de su relacionalidad: «La cultura es también expresión de la relacionalidad en cuanto dimensión intrínseca del ser humano, y por lo tanto de las relaciones concretas que establece en busca de su despliegue y plena realización: consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios»42. Son los mismos niveles en los que se plasma la reconciliación. De aquí podríamos deducir que una cultura auténticamente humana ha de reflejar la unidad y la armonía en sus diversos niveles, y así podrá alcanzar su cometido de ser ámbito de personalización para el ser humano. Por lo mismo, la cultura que vive la ruptura y la desarmonía en sus niveles relacionales, atenta contra el hombre. Una cultura así entendida no ayuda a la persona, antes bien, la lleva a la desgracia. Es lo que el Papa Juan Pablo II llama “cultura de muerte”, y que podría ser denominada también “anticultura”43. De allí que la reconciliación deba ser aplicada también a la cultura, tanto más necesario cuanto que, históricamente, la cultura en la que vivimos refleja una serie de rupturas, la más grave de las cuales se da en la relación fundamental, la relación con Dios. Describiendo los rasgos de esta “anticultura”, señala también Germán lo que es propio de una cultura de reconciliación: «Una cultura verdaderamente inspirada en la verdad que nos ha revelado el Señor Jesús tiene su fundamento en que las cuatro relaciones básicas del ser humano se ordenen y recompongan según sus dinamismos fundamentales de acuerdo al designio divino. Y la primera y fundamental relación que debe sanarse es la relación con Dios... Si, como hemos venido sosteniendo, la gran crisis que produjo la modernidad tuvo como sustrato la ruptura entre la fe y la cultura, el camino para superar dicha crisis, ahora que las ruedas de la historia están dejando atrás antiguos paradigmas, debe ser volver la mirada hacia el núcleo mismo de esa ruptura... Frente a una sociedad marcada por la ruptura entre la fe y la vida, la reconciliación se alza como el gran horizonte de esperanza. Así, pues, una cultura verdaderamente al servicio del ser humano, una cultura cristiana, tiene en la reconciliación una clave fundamental para poner cimientos sólidos»44.
Lo que venimos diciendo hasta aquí de la cultura en general, encuentra una aplicación concreta en el caso de América Latina y su identidad cultural. Y es que América Latina es un continente cuya identidad se forjó al calor de la fe católica, correspondiéndole en la forja de esta identidad un papel protagónico a la Iglesia. Más allá de polémicas y discusiones teóricas, la realidad es clara: lo católico es parte constitutiva de lo que somos como latinoamericanos. Negarlo sería rechazar nuestra identidad, vivir en una alienación, y tal vez en este rechazo se halle una de las razones de la crisis por la que atraviesa América Latina. Germán era un profundo convencido de la necesidad de resaltar y rescatar lo constitutivo de la cultura de América Latina, y en ese sentido subrayaba que «esta identidad cultural tiene como elemento nuclear la presencia de la fe. América Latina es una realidad humana que ha hecho de la fe parte de su propio ser»45. El radical sustrato católico que destacaba la Conferencia de Puebla46 es como la base desde la que se desarrolla el ser propio de nuestra cultura, base que ciertamente subsiste y se manifiesta desde lo más profundo de nuestros pueblos.
Ahora bien, esta cultura latinoamericana es fruto de una síntesis de lo hispánico y de lo indígena, que se encontraron a finales del siglo XV y dieron lugar a una nueva realidad, cuyo “sujeto biológico” es el mestizo, y cuyo rasgo distintivo es el catolicismo. Analizando esta realidad, escribe Germán: «El primer fruto importante que se debe destacar es la misma configuración de un nuevo pueblo, de una nueva cultura, forjada al calor del Evangelio. Es lo que Juan Pablo II ha llamado una “nueva síntesis cultural mestiza”. Del choque y encuentro de razas y culturas surgirá, teniendo como crisol y elemento aglutinante la fe, una nueva expresión cultural que recogiendo elementos de las culturas en contacto se desarrollará como algo nuevo y distinto. Eso es lo que hoy conocemos como América Latina. La forja de esta síntesis cultural es un proceso de integración y reconciliación. Como todo encuentro tuvo en sus orígenes elementos en contradicción que fueron siendo integrados y reconciliados»47. En ese sentido, para Germán Doig, la reconciliación es una clave que permite comprender lo que fue la primera evangelización, y debe ser también el criterio que guíe la Nueva Evangelización que ha de realizarse aquí en América Latina. Al mismo tiempo la reconciliación resulta indispensable en la autocomprensión de la identidad latinoamericana: «La fe permitió el encuentro de las dos tradiciones culturales a partir de que ofreció una historia común. En esto hay que destacar el dinamismo reconciliador que porta la fe. ¿Cómo integrar en una síntesis superior elementos disímiles? ¿Cómo darle unidad a dos historias distintas y ajenas? En el Señor Jesús, don reconciliador del Padre, dos pueblos se encontraron y desde el dinamismo de la reconciliación superaron las distancias y diferencias para constituir una nueva realidad»48.
Testigo de la reconciliación
Quedan muchos otros aspectos del pensamiento de Germán sobre la reconciliación que las limitaciones de espacio y la amplitud de sus ideas no permiten apreciar por el momento. Quisiera terminar diciendo que, en relación con el tema de la reconciliación, Germán no sólo fue un pensador que iluminó —como de hecho lo hizo— la reflexión eclesial sobre este punto. Él fue también un testigo de la reconciliación, en el sentido de que su propia vida expresaba lo que significa la cercanía y unión con Dios y con los hermanos, el sanar las rupturas fruto del pecado, la búsqueda de unidad y de síntesis, en última instancia, el amor que vincula y atrae a los que están alejados. Pienso que si escribió tanto sobre este tema desde tan diversos aspectos, es porque él vivía la reconciliación en todas las facetas y ámbitos que su pluma iba describiendo y de los que su mente se iba ocupando. Y todo ello desde una profunda conciencia eclesial. Hijo de la Iglesia, no pensaba de otro modo que como la Iglesia piensa. Al recordarlo, y recordar lo que aprendí de él y con él, me viene a la mente aquella expresión de la época patrística que retrata al creyente que hace suya la vida de la Iglesia, sus pensamientos, y también sus trabajos, penas y alegrías: anima ecclesiastica. Así es como Germán Doig vivía y pensaba la reconciliación.
Gustavo Sánchez Rojas, sodálite peruano, teólogo, es director del Centro de Investigaciones Teológicas de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, en la que también es catedrático, así como en la Universidad Marcelino Champagnat. Es asimismo director de la «Revista Teológica Limense». Entre sus obras se pueden mencionar: Catequesis, santidad, misión; Jesucristo Reconciliador. La reconciliación por Jesucristo en La Ciudad de Dios de San Agustín.
Notas
1 Ver Juan Carlos Len A., Breve bio-bibliografía de Germán Doig Klinge, en revista «VE», enero-abril 2001, año 17, n. 48, pp. 25-34.
2 Terencio, Heautontimorumenos, I,1,75-77. Ver Gaudium et spes, 1: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo... son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón».
3 Ver Gaudium et spes, 4.
4 «Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan aparecer tales laceraciones, sólo observando en profundidad se logra individuar su raíz: ésta se halla en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado...» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 2).
5 Allí mismo, 3.
6 Allí mismo, 4.
7 Juan Pablo II, Homilía durante la Misa celebrada en la plaza de Téramo, Italia, 30/6/1985, 6.
8 Ver Luis Fernando Figari, ¿Por qué una teología de la reconciliación?, Fondo Editorial, Lima 1985, pp. 16-19. También Bernard Sesboüe, S.J., Jesucristo el único mediador. Ensayo sobre la redención y la salvación, Secretariado Trinitario, Salamanca 1990, t. I, p. 407.
9 De su numerosa obra escrita sobre este tema, puede verse, además de ¿Por qué una teología de la reconciliación?, ya citada: Aportes para una teología de la reconciliación, Fondo Editorial, Lima 22000; Horizontes de reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima 1996; Enseñanza social de la Iglesia, camino de reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima 1990, entre otros.
10 Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 7.
11 Germán Doig K., Reconciliación en Pablo VI, Vida y Espiritualidad, Lima 1989, p. 33.
12 Germán Doig K., Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, Vida y Espiritualidad, Lima 1998, pp. 120-121.
13 Juan Pablo II, Discurso en la XXV Congregación General de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 11/12/1997, 3.
14 Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, en revista «VE», setiembre-diciembre 1997, año 13, n. 38, p. 21.
15 Allí mismo, p. 22. Recordemos que en la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in America (1999) el Papa Juan Pablo II destaca el tema de la reconciliación con una referencia muy profunda: «En efecto, “el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado (ver Heb 4,11), manifiesta el Plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación... Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza”. Con estas palabras los Padres sinodales, en la línea del Concilio Vaticano II, han reafirmado que Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios» (n. 10).
16 Germán Doig K., Diccionario: Río, Medellín, Puebla, Vida y Espiritualidad, Lima 1990, 611 pp.
17 Germán Doig K., Diccionario Río - Medellín - Puebla - Santo Domingo, San Pablo, Bogotá 1994, 765 pp.
18 Allí mismo, p. 19.
19 Publicada por Vida y Espiritualidad, Lima 1994. Escriben allí el Cardenal Lucas Moreira Neves, el entonces Mons. y luego Cardenal Augusto Vargas Alzamora, Mons. Fernando Figueiredo, Mons. Alberto Brazzini, el padre Joaquín Alliende, el mismo Germán Doig, entre otros.
20 Germán Doig K., La Iglesia, sacramento de comunión y reconciliación. Aproximación a la eclesiología de Santo Domingo, en AA.VV., Santo Domingo. Análisis y comentarios, Vida y Espiritualidad, Lima 1994, pp. 132-133.
21 Allí mismo, pp. 135-136.
22 Santo Domingo, 23.
23 Germán Doig K., De Río a Santo Domingo, Vida y Espiritualidad, Lima 21993, pp. 236-237.
24 Germán Doig K., María en el mensaje limeño de Juan Pablo II, en revista «VE», mayo-agosto 1988, año 4, n. 10, p. 63.
25 Germán Doig K., Quinto panel, en AA.VV., El desafío de la reconciliación. Intervenciones durante el Congreso Internacional sobre la Reconciliación en el Pensamiento de Juan Pablo II, Fondo Editorial, Lima 1985, pp. 267-268.
26 Germán Doig K., María, la mujer del silencio, en revista «VE», setiembre-diciembre 1987, año 3, n. 8, p. 58.
27 Germán Doig K., El silencio y la liturgia, Paulinas, Bogotá 1992, p. 70.
28 Juan Pablo II, Discurso a los obispos de México en visita ad Limina, 28/10/1983.
29 Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, Oficina de Educación Católica de Lima (ODEC-Lima), Lima 1992, p. 13.
30 Germán Doig K., América Latina, identidad y destino, en revista «VE», setiembre-diciembre 1999, año 15, n. 44, p. 40.
31 Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, ob. cit., pp. 63-64.
32 Este trabajo apareció primero como artículo en revista católica internacional «Communio» de lengua hispana para América Latina, Santiago de Chile, año 3, n. 11, 1984, pp. 17-31. Utilizamos la edición publicada posteriormente por Vida y Espiritualidad, Lima 1988.
33 Allí mismo, pp. 20-21.
34 Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la voluntad, Lima 21987, 135 pp.
35 Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., 166 pp.
36 Allí mismo, p. 9.
37 Allí mismo, pp. 17 y 20.
38 Allí mismo, p. 25.
39 Sobre el tema de la cultura en Juan Pablo II Germán escribió un libro notable, Juan Pablo II y la cultura en América Latina, CELAM, Bogotá 1991, 203 pp.
40 Ver Puebla, 386ss; Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura. En clave de reconciliación, en V Congreso Internacional de la Reconciliación, Nueva Evangelización rumbo al tercer milenio, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, pp. 249-264.
41 Así por ejemplo, el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et spes, 54-62; también Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, y Juan Pablo II. Germán, en sus diversos libros y artículos sobre el tema, revisó y analizó estos textos magisteriales.
42 Germán Doig K., El desafío de la tecnología. Más allá de Ícaro y Dédalo, Vida y Espiritualidad, Lima 2000, p. 117.
43 Ver Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura, ob. cit., pp. 250-257.
44 Allí mismo, pp. 263-264.
45 Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, ob. cit., p. 13.
46 Ver Puebla, 4ss.
47 Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, ob. cit., p. 44.
48 Germán Doig K., América Latina, identidad y destino, ob. cit., p. 36
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