La educación en la fe, camino para la educación de la voluntad en Germán Doig

 

Lila B. Archideo

 

Con la connaturalidad con que vivió Germán Doig su entrega a Dios traducida en sus palabras, sus gestos, sus escritos, sus enseñanzas, su devoción, su amistad, con esa misma connaturalidad encaró el tema de la educación en la fe y en la libertad de la voluntad humana para adherirse a lo divino.

El gesto litúrgico fue punto de arranque tanto para considerar los contenidos de la fe, como para, al adherirse la voluntad a ellos, constituirse la fe en la conformadora de la propia interioridad natural y sobrenaturalmente.

Su visión, sin duda producto de su experiencia personal, mostró el Sacrificio Eucarístico no sólo como centro de la vida de todo cristiano donde se renueva la Vida, Pasión y Muerte de Jesucristo, nuestra Redención, sino el centro de la pedagogía de la Iglesia porque antes pedagogía divina.

Hizo patente cómo ese educar de Dios nace en la Iglesia doméstica: la familia, y es en el seno del hogar donde se comienza a educar en la fe en las Personas divinas a través de la señal de la cruz: gesto y palabras iniciales y a la vez esenciales del cristiano. Y luego la oración del Padre Nuestro y la invocación a María. Y de allí la primera visita de los niños al templo y el asomarlos al Sacrificio Eucarístico.

Cuántos de los gestos, palabras y silencios de la Misa ayudan al convivir familiar en el que el niño educa su voluntad a un actuar que va teniendo sentido. Aprende que el estar de pie y sentado no es lo mismo en la liturgia eucarística y tampoco lo es en la vida familiar; por lo tanto tiene un sentido tomar tal o cual postura, no es una opción sin razón.

El niño insensiblemente tiene un objeto de su voluntad que distingue de otro y lo hace valorándolo, y así la educación en la fe que le proporciona su Iglesia doméstica redunda en la conformación de la voluntad en toda su interioridad.

El ejemplo de los padres atrae a los niños: de lo que dicen y de lo que hacen sobre todo. En Germán y sus enseñanzas se cumple lo que tantas veces oí a nuestro Fundador: «Nuestra interioridad debe ser como una liturgia»1; no recuerdo si lo hacía parafraseando en parte a un Padre de la Iglesia.

Por ello su facilidad de unir la acción eclesial litúrgica como alabanza, oración de petición y comunidad de amor con la tarea de cada cristiano que inicia la familia cristiana al convertir la tarea de formación de la conciencia en un verdadero acto de fe. Acto cuyas raíces están puestas en los principios, bienes y valores que nos presenta la Iglesia: «La familia es pues santuario de vida divina... donde germina y se edifica la santidad»2.

Muestra también Germán cómo la Iglesia enseña a la madre el camino de esa pedagogía mostrándoselo en María, porque Ella es la Pedagoga «que nos educa en la fe y nos enseña a saciar nuestra hambre de Dios... y sacia todas nuestras necesidades»3.

En El silencio, una pedagogía de la voluntad4, además de hacer presente un trazado sintético de la necesidad del silencio para la vida del hombre contemporáneo, presenta las ventajas de la experiencia de la educación en la fe de otros siglos en la Iglesia y delinea los hitos que considera de particular interés. Destaca varios autores y sobre todo al hoy Beato Chaminade, cuyas intuiciones son potenciadas por la labor de D. Luis Fernando Figari, en quien en última instancia Germán apoya buena parte de su trabajo.

Se pregunta justamente en este trabajo cómo educar en la fe: ¿cómo vivir una fe intensa, cómo ser testimonio, cómo poder alcanzar nuestra propia realización, cómo vivir a Cristo, cómo vivir la propia misión, cómo ser auténtica respuesta?5.

Sin duda que aquí se conjuga la fe especialmente subrayada con la vida y la vida total interior y exterior que, como lo dice más adelante, la interioridad exige el control en el «uso de nuestras facultades»6 que deben estar «preparadas» y «dispuestas» y así el uso de la libertad. Facultades —y, como sabemos, sobre todo la voluntad libre— que por el pecado se desordenaron. Se requiere entonces una educación que supone una lucha y el consiguiente ordenamiento interior por el uso de esas capacidades que se armonizan, y donde el silencio juega su papel ya que se trataría de llegar al «estado armónico de las facultades humanas, un estilo interior y constante»7. Y esa armonía se basa en la fe y así con la gracia y una voluntad sumisa se podrán quitar los obstáculos a todo estado armónico con la divina voluntad.

Por ello califica al silencio como el cumplimiento de la voluntad divina con la propia voluntad libre, un querer lo que Dios quiere, adherirse al Plan divino en un ejercicio que implica el hábito complementario del silencio y de la palabra. Y así «este silencio es un camino de educación de la voluntad que se ubica muy bien en el apostolado»8.

Los silencios son una pedagogía de la voluntad —vuelve a insistir Germán— y nos indica algunos pasos para educar la voluntad cuya síntesis muestra su riqueza:

«1. Educar nuestra atención (autoconciencia en primer lugar).

»2. Concretar lo que voy a querer. La voluntad no se lanza a la ventura, a lo desconocido: se pone en movimiento cuando ve su objeto.

»3. Sentir la meta como “posible” verdaderamente. Si creo que no es posible, ni siquiera intentaré hacerlo.

»4. Motivar adecuadamente mi querer. Hay que presentar adecuadamente el bien, como algo que realmente se desea, por su conveniencia, necesidad, utilidad, etc., excluyendo todo motivo opuesto.

»5. En el mismo campo motivacional, ahondar en la vinculación de la meta propuesta con el Plan de Dios para cada cual. Éste es siempre un buen criterio.

»6. Querer con toda sinceridad, sin reservas. Una decisión a medias no mueve a nadie.

»Otros elementos útiles para el correcto uso de la voluntad pueden ser: a) No caer en indecisiones sobre lo que voy a hacer una vez que decidí hacerlo; b) No recordar lo difícil que es —o puede ser— la meta propuesta; c) No caer en añoranzas de lo negativo —v.gr. un placer ilícito; apartar de él la mente—; d) Recordar sí, lo bueno y verdadero del bien elegido»9.

Aquí se muestra la unión del orden de la naturaleza con el orden sobrenatural como fondo necesario: «Ahondar en la vinculación de la meta propuesta con el Plan de Dios para cada cual».

Busca el educar la voluntad libre porque la libertad en su ejercicio requiere no sólo que sea llevada a un fin bueno, pues libremente podemos llegar al mal, sino que se habitúe a ello y logre fuerza en su debilidad y decisión en sus interrogantes.

A propósito del silencio sigue con el ejercicio de la prudencia en el hablar y así va desgranando facultades y virtudes que las acompañan.

No me detengo sino en la voluntad libre porque entiendo ver en el pensamiento y en la vida de Germán una adhesión muy particular a la voluntad divina para hacer posible la educación de la voluntad que redobla en María cuando sintetiza el actuar silencioso de la Madre de Jesucristo y nuestra. Entonces resalta: «Y en todo esto, María cumple con absoluta fidelidad la voluntad del Padre (ver Mt 12,50) como fiel reflejo de su Hijo Jesucristo»10.

Y al tratar del silencio del cuerpo afirma que todos los silencios son auténticos ejercicios de la voluntad en la aspiración de encuentro con el Señor, y, como el de palabra, todo silencio es «un ejercicio, una educación de la voluntad, una verdadera pedagogía de la voluntad orientada al cumplimiento del Plan de Dios en el ser humano»11. Aquí hay una explicitación bien clara de lo que entiendo ver en la obra de Germán.

El gesto litúrgico, decíamos al principio de nuestro escrito, fue el punto de partida para la consideración de la educación en la fe y por consiguiente en la voluntad. Y la Iglesia nos dice en el Concilio Vaticano II que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza (SC 10). La liturgia, en efecto, como cumbre y fuente de todo el quehacer cristiano, es el medio pedagógico supremo... Obra maestra de la Iglesia, la liturgia es escuela de disciplina espiritual, síntesis vital de doctrina y ámbito de encuentro con Dios y los hermanos»12.

En el acto litúrgico por excelencia: la Santa Misa, muestra con claridad aludiendo al lenguaje, la voz, el canto y la disciplina, cómo la voluntad del fiel debe adherirse a la de la Iglesia y expresarla desde la interioridad. Por otra parte también importa la decisión de la Iglesia sobre la liturgia en el movimiento, la postura, el tiempo y la participación comunitaria que nos une para vivir el amor fraterno.

Se proyecta esa liturgia en la propia interioridad educándola y así la voluntad se fortalece con una gracia mayor.

En la liturgia se da «la más plena presencia de Cristo en la humanidad»13, nos enseña a abrirnos a la acción del Espíritu, o sea a la voluntad divina.

Transcurre en los primeros siglos de la Iglesia y llega hasta nuestros días. Entretanto desgrana los nombres y el meollo de los grandes educadores en la fe que fueron conformando la liturgia.

La acción litúrgica va sellando desde los principios los valores del cristianismo, la acción exterior que nos conduce al gran misterio de la Redención que se repite día a día, y desde afuera no sólo educa la comunicación ante todo con lo divino y a la vez con los hombres nuestros hermanos, sino que en cada uno equilibra su interioridad. Y desde la pedagogía de la acción litúrgica que toma todas nuestras facultades nos disciplina las mismas facultades que permiten la unificación de la persona y por ende el ejercicio de la libertad con una voluntad equilibrada ella misma y que recibe la fuerza que el alimento divino —la Eucaristía— brinda a toda la asamblea.

La voluntad por propia decisión participa en la acción litúrgica y lo hace conscientemente, es decir, permitiendo al hombre dar respuesta por su actuar. Se manifiesta en el acto litúrgico la interioridad educada por la liturgia misma que abre a la persona a la gracia. Germán insiste en el silencio apto para ser educado, pero ve sin duda detrás la voluntad de Dios que mueve la voluntad humana y la dilata en su capacidad de acogida a la gracia. Por ello requiere el silencio que admira y que alaba ese divino “querer”.

Por ello también podrá hablar de «hacer de la propia vida un gesto litúrgico»14, como nos lo enseña María. Aprender de Ella, «Pedagoga del Evangelio», el gesto cotidiano como gesto litúrgico, «desde una libertad poseída realmente»15 porque apoyada en la voluntad de Dios. Y así «María es todo un prodigio de equilibrio personal donde se conjugan maravillosamente la acción de la gracia y la respuesta humana desde una libertad plenamente poseída»16.

Es la razón por la cual Germán describe la vida de la Virgen-Madre como la de quien constantemente tiene su voluntad atenta para cumplir el Plan divino, la voluntad de Dios.

En el vivir mariano, nos dice, «se prefiguran ya las notas centrales de la acción litúrgica que su Hijo, como Cabeza del Cuerpo místico, ofrecerá al Padre. Y es que María aprendió de su Hijo este vivir glorificando a Dios con toda su vida»17.

La Vida de la Virgen, Servidora del Señor, es un canto a Dios como la liturgia misma, y a la vez no cesa en su función de pedagoga, función que se prolonga en su vida eterna.

Y esa vida de liturgia continua, como advierte Germán, nos enseña a nosotros mismos a lograr que nuestra vida sea un gesto litúrgico y así con Ella aprendiendo el ser discípulos de Jesús, que le enseñaba a su Madre a oír y contestar; y Ella le respondía en su actuar cotidiano: «Todo gira en torno al cumplimiento del Plan de Dios»18, de su divina voluntad; por ello la voluntad de Ella se une a la de su Hijo y podemos, contemplando a María, alabar, profundizar el misterio de Dios y el misterio mismo de nuestra interioridad que se centra en el misterio de la libertad de la voluntad de María que se une totalmente a la acción de Dios.

Por ello, si bien ya antes de la Encarnación Ella alababa, con la Encarnación del Hijo divino la liturgia va gestándose en el mundo y María es su primera pedagoga. Su acción apostólica que se concreta en primer lugar con la visita a Santa Isabel, también es un arte litúrgico que centra su alabanza a Dios en el Magníficat. Y en las Bodas de Caná, Ella también cumple una acción litúrgica que descubrimos más allá del diálogo explícito: nos enseña misteriosamente a acatar la voluntad de Jesucristo y así templar la nuestra.

Y de ese modo la fe otra vez guía, orienta, enseña a la voluntad humana. Y nos lo muestra María.

El dominio de sí, a través de una voluntad libre, es pleno en María. Germán, basándose en un pequeño texto de Luis Fernando, sintetiza un antecedente de su pensamiento: «Portadora de la Palabra, viviendo intensamente un misterioso y único proceso configurativo, su persona toda, gestos y palabras, son irradiación de la presencia singular acogida en su seno»19.

María madura constantemente el misterio de la fe profundizando así su interioridad entregada como una liturgia. Pero no sólo el misterio de la fe se hace presente en su interior expresándose sacramentalmente, sino que con todo su ser «se pone en movimiento» no sólo para ir a visitar a Isabel —a propósito de lo cual afirma su movilidad— sino en toda su vida temporal. «Ella es toda adoración. Todo su cuerpo, en atenta disposición, expresa la profunda humildad y el inmenso amor que experimenta. Toda Ella glorifica y da culto al Señor»20. Nos enseña a hacer de nuestra vida una liturgia santa. A propósito del nacimiento nos dice Germán: «María está como arrobada contemplando al Niño Jesús, su hijo. Se desarrolla entonces una hermosa liturgia que va involucrándola totalmente desde las manifestaciones corporales hasta los sentimientos más profundos»21.

Entre los sentimientos de María no está ausente el dolor: en el sacrificio de la Cruz culmina ese dolor, «sacrificio redentor del Señor en la Cruz que actualizamos en la liturgia eucarística»22. Sigue su labor de Pedagoga de la fe desde el Gólgota y nos enseña a asumir la Cruz y a centrarnos en la Eucaristía. Así culmina el sacrificio redentor con el dolor de la Madre y se abre a la redención subjetiva de cada cristiano que debe responder con su voluntad libre a la salvación que Jesucristo nos entrega.

Otra vez la fe de María mueve ordenadamente su voluntad, esta vez ante el dolor para que la gama de sentimientos humanos esté presente y Ella nos muestre cómo llevarlos y cómo aquí llevar la Cruz, participar de ella, participar de la fortaleza de su voluntad y a la vez de la esperanza que mueve a su meta todo actuar volitivo. Por ello dirá Germán: «Las posturas de María, hechas “gesto litúrgico”, nos dan ejemplo, abriéndonos un rico horizonte de comprensión del misterio»23, y luego nos hace presente que Ella «vivió su vida terrena en una liturgia continua»24, e insiste que «siendo su vida un “gesto litúrgico” llevado a cabo en la vida cotidiana»25 nos toca a los cristianos tenerla de ejemplo.

Germán muestra en María a la educadora de la fe y con ella la que educa a la persona del cristiano en su camino de la gracia sin dejar de pasar por la necesidad de ordenar la naturaleza.

De allí que el misterio de la libertad, esa «gestación de lo infinito en lo finito» —diría Kierkegaard—, se abre en María con un fuerte dinamismo hacia la voluntad divina —como vimos— y centra en lo divino el comienzo y la tendencia hacia el fin de su actuar humano.

La liturgia, que sintetiza la enseñanza eclesial y por ende las verdades de la fe, nos ofrece la oración a la que María nos conduce con facilidad.

El primer paso en la educación de la fe y la consecuente educación de la voluntad libre es la oración: piden nuestros padrinos o pide el cristiano adulto el don de la fe que desde el Bautismo nos conforma. El ser cristiano configura en las virtudes teologales que son nuestra vida divina. Así la sobrenaturaleza redime del primer pecado.

La fe necesita constante requerimiento a Jesucristo para conservarla; sobre todo en un mundo ateo positivamente, que no quiere creer en Dios y así involucra su voluntad libre.

La voluntad pierde una primer fuerza que recibiría de la fe y un primer ordenamiento hacia su fin último, su objetivo definitivo.

La Virgen con su oración inició la educación paradígmica en la fe y a la vez recibió sus principios que todos valoraríamos tomados de su mano. Por ello Germán ve en María a quien escuchó de verdad y acogió la Palabra de Dios con sinceridad y entrega: imaginemos cómo desde niña recitaba orando los Salmos y cómo rezaba el Padre Nuestro. La Virgen alabó y suplicó y así inició su camino de fe y así nos lo transmite.

La voluntad libre recibe y acoge ese don de la oración y así también inicia su ordenamiento luego que el pecado original golpeó sobre ella. Y luego: el ejercicio de la fe. Sin abandonar el diálogo con Dios que sigue firme y exigente, porque la oración siempre tiene que hablarnos y pide a la fe ejercerla y a la voluntad su primer movimiento: la atención. Atención para escuchar al Señor que es la mejor oración y para constituirnos en reales acogedores de su Voz.

Delimitar el mensaje de la fe con fidelidad y perseguir su objetivo sin prisa y sin pausa, nos enseña María. Y la voluntad libre conforma su objeto y el modo de alcanzarlo.

Cuando «la disciplina y el orden que exige la participación en la sagrada liturgia nos va educando en ese camino de fidelidad, de obediencia, de autoexigencia, de renuncia, del que es ejemplo María» — dice Germán—, «la estructura de la liturgia, lejos de constreñirnos, nos libera y nos ayuda a educarnos en la autoexigencia»26. Y aquí otra vez la voluntad recibe de la educación a la fe una enseñanza para el ritmo de su actuar disciplinado.

La fe que se hace acción es — decíamos— del cotidiano vivir mariano. Tampoco nuestra fe se paraliza sino que actúa de Dios a los hombres y de los hombres a Dios en nuestro ser de apóstoles como lo fue María. Y sólo si antes la oración con atención movió nuestro ser con disciplina, podremos actuar según lo que creemos. Y al actuar según nuestra fe movemos nuestra voluntad libre con el único sentido que tiene el hacerlo en la tierra: creyendo en el orden sobrenatural que da razón de ser a nuestra vida.

Y allí no sólo una visión cristiana del mundo asegura nuestra actitud permanente de acción sino que la fortaleza de la gracia asegura la constancia en la voluntad.

Otra vez María se nos presenta como quien supo mantenerse siempre incólume en su fe porque ya su voluntad estaba confirmada en gracia.

Para nosotros se tratará de lograr el hábito de la fe como virtud teologal que se pide en la oración y se vive en su ejercicio siempre más adecuado al misterio.

Así nuestra voluntad podrá más fácilmente dirigirse al bien y al Bien Supremo.

Y habremos cumplido las etapas de la educación en la fe y su consecuente influencia en la educación de la voluntad. Y María, como siempre, será el Faro que ilumina, el Fuego que acoge con calor y la Mano pronta para acompañarnos en el camino hacia la eternidad asumiendo el tiempo.

 

Lila Blanca Archideo, filósofa argentina, es presidenta de la Asociación de Derecho Pontificio Vírgenes Consagradas “Servidoras”. Es también presidenta de la Asociación Argentina de Cultura y directora del Centro de Investigaciones en Antropología Filosófica y Cultural. Es asimismo miembro de la Academia Pontificia Santo Tomás de Aquino. Autora de numerosos artículos y trabajos, entre sus libros se encuentran: Normatividad del valor en la educación; Visión cristiana del mundo y educación.

 

Notas

1 Se trata del Siervo de Dios Cgo. Luis María Etcheverry Boneo que fundó en 1952 la Institución de las Servidoras en Buenos Aires, Argentina.

2 Germán Doig K., La familia, santuario de la vida. Una mirada desde Santo Domingo, Comisión Episcopal de Familia - Vida y Espiritualidad, Lima 1997, p. 32.

3 Germán Doig K., María en el mensaje limeño de Juan Pablo II, en revista «VE», mayo-agosto 1988, año 4, n. 10, pp. 56-57.

4 Ver Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la voluntad, Lima 21987.

5 Ver allí mismo, p. 21.

6 Lug. cit.

7 Allí mismo, p. 24.

8 Allí mismo, p. 33.

9 Allí mismo, pp. 35-36.

10 Allí mismo, p. 51. El subrayado es nuestro.

11 Allí mismo, p. 67. El subrayado es nuestro.

12 Allí mismo, pp. 111-112.

13 Puebla, 923, citado en Germán Doig K., El silencio y la liturgia, Paulinas, Bogotá 1992, p. 27.

14 Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 66.

15 Allí mismo, p. 68.

16 Allí mismo, p. 70.

17 Allí mismo, p. 72.

18 Allí mismo, p. 78.

19 Luis Fernando Figari, En compañía de María, Fondo Editorial, Lima 31990, p. 51, citado en Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 94.

20 Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 96. El subrayado es nuestro.

21 Allí mismo, pp. 96-97. El subrayado es nuestro.

22 Allí mismo, p. 98.

23 Allí mismo, p. 99.

24 Lug. cit.

25 Allí mismo, p. 100.

26 Allí mismo, p. 129.

 

[Subir][Regresar]

 


Derechos reservados sobre toda la información de esta página. © 2001-